Estas tres ceremonias nos parecerán extrañas y antiguas; pero las tres expresaban la convicción de que un hijo es un don de Dios. Los estoicos solían decir que los niños no se les dan a los padres, sino se les prestan. De todos los dones de Dios, del que más se nos van a pedir cuentas es del de un hijo.
UN SUEÑO QUE SE HACE REALIDAD
Había en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Cumplía meticulosamente la Ley de Dios y era profundamente piadoso. Esperaba las bendiciones que traería la venida del Mesías, y el Espíritu Santo dirigía su vida. El Espíritu Santo le había revelado que no se moriría sin haber visto al Mesías prometido por Dios.
Aquel día, cuando los padres del niño Jesús le trajeron al templo para cumplir todo lo que mandaba la ley, el Espíritu Santo había movido a Simeón a ir al templo, y se dirigió a ellos y tomó a Jesús en sus brazos y dio gracias a Dios diciendo: -Señor, ya puedes dar a este tu siervo el saludo de despedida, acabando de cumplir lo que me has prometido, porque ya he visto con mis propios ojos la salvación que tenías preparada para todos los pueblos: es una luz que te revelará a todos los gentiles y la gloria de tu pueblo Israel.
Los padres de Jesús estaban maravillados de oír todo lo que se decía de su hijo. Simeón los bendijo, y dijo a María:
-En cuanto a este niño, Dios le ha puesto para que muchos de Israel caigan, y muchos se levanten, y para ser el mensaje de Dios que rechazarán los hombres, y que hará que salgan a la luz los anhelos de muchos corazones. Y en cuanto a ti, una espada te atravesará el alma…
No había judío que no creyera que su nación era el pueblo escogido de Dios. Pero los judíos no podían por menos de darse cuenta de que no sería por medios humanos por los que su nación llegara a alcanzar la suprema grandeza que creían que le estaba reservada. Con mucho la mayoría de ellos creía que, como los judíos eran el pueblo escogido, estaban destinados a llegar a ser algún día los amos del mundo y los señores de todas las naciones. Para traer ese día, algunos creían que vendría del Cielo algún gran campeón; otros creían que surgiría otro rey de la dinastía de David que devolvería al pueblo toda su antigua grandeza, y otros creían que Dios mismo intervendría directamente en la historia de manera sobrenatural. En contraste con todos esos había unos pocos a los que llamaban los reposados de la tierra: no tenían sueños de grandeza, violencia o poder de ejércitos con banderas; creían en una vida de constante oración y de reposada pero vigilante espera hasta que Dios interviniera. Pasaban la vida esperando tranquila y pacientemente en Dios. Así era Simeón: en oración, en adoración, en humilde y fiel expectación, esperaba el día en que Dios había de consolar a su pueblo. Dios le había prometido por medio del Espíritu Santo que no llegaría al final de su vida sin haber visto al ungido Rey de Dios. En el niño Jesús reconoció al Rey prometido, y se sintió feliz. Ahora estaba preparado para partir de esta vida en paz, y su cántico se conoce como el Nunc Dimittis, por sus dos primeras palabras en latín, y es otro de los grandes himnos de la Iglesia Cristiana.
En el versículo 34 Simeón da una especie de resumen de la obra y el destino de Jesús:
(i) Será la causa de que muchos caigan. Este es un dicho duro y extraño, pero cierto. No es tanto Dios el que juzga a un hombre, sino que es el hombre el que se juzga a sí mismo; y su juicio es su reacción a Jesucristo. Si cuando se encuentra ante esa bondad y esa maravilla su corazón reacciona con una respuesta de amor, está dentro del Reino. Si ante ese encuentro continúa fríamente insensible o se vuelve activamente hostil, queda excluido. Hay un gran rechazo, lo mismo que una gran aceptación.
