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Lucas 2: El viaje a Belén

Lecciones de su vida :

— Dios no olvida a quienes le son fieles

— Los métodos y el tiempo de Dios no tienen que ser los que esperamos

Datos generales :

— Ocupación: ama de casa

— Familiares: Esposo: Zacarías. Hijo: Juan el Bautista. Parienta: María

— Contemporáneos: José, Herodes el Grande

Versículos clave :

«¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor» (Luk_1:43-45).

La historia de Elisabet se narra en Luk_1:5-80.

La maternidad es un privilegio doloroso. La joven María tuvo el privilegio único de ser madre del mismo Hijo de Dios. Aun así, los dolores y el placer de su maternidad los comprenden cualquier madre. María fue el único ser humano presente en el nacimiento de Jesús que también actuó como testigo de su muerte. Lo vio llegar como su bebé y lo vio morir como su Salvador.

Hasta la sorpresiva visita de Gabriel, la vida de María se desarrollaba tan bien como ella esperaba. Hacía poco se había comprometido con un carpintero de la localidad, José, y esperaba la vida de casada. Sin embargo, la vida de María cambiaría para siempre.

Los ángeles no suelen concertar citas antes de su visita. Como si la felicitaran como la ganadora de un concurso en el que nunca participó, María encontró el saludo del ángel intrigante y su presencia estremecedora. Lo que escuchó de inmediato fueron las noticias que casi cada mujer en Israel esperaba oír: su hijo sería el Mesías, el Salvador prometido. María no dudó del mensaje, pero preguntó cómo sería posible la concepción. Gabriel le respondió que el bebé sería el Hijo de Dios. Su respuesta era una que Dios espera pero no recibe de muchas personas: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Luk_1:38). Más adelante, su cántico de gozo a Elisabet muestra lo mucho que conocía a Dios, sus pensamientos estaban llenos con las palabras del Antiguo Testamento.

Pocas semanas después de su nacimiento, llevaron a Jesús al templo para dedicarlo a Dios. Allí José y María se encontraron con dos profetas, Simeón y Ana, que reconocieron en el niño al Mesías y alabaron a Dios. Simeón mencionó a María algunas palabras que quizás esta recordó muchas veces en los años siguientes: «Una espada traspasará tu misma alma» (Luk_2:35). Gran parte del doloroso privilegio de la maternidad sería ver a su Hijo rechazado y crucificado por la gente que vino a salvar.

Podemos imaginar que aunque hubiera sabido lo que sufriría al ser la madre de Jesús, hubiera respondido lo mismo. ¿Está usted, como María, dispuesto a que Dios lo use?

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