Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

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Lucas 7: La Fe de un soldado

Cuando Jesús acabó de decirle al pueblo todo lo que quería enseñarle, se fue a Capernaum. Había allí un centurión romano que tenía un esclavo al que quería mucho, que estaba gravemente enfermo y a punto de morir. Cuando oyó hablar de Jesús, le envió un grupo de judíos respetables para pedirle a Jesús que fuera a su casa y le salvara la vida a su esclavo. Ellos se dirigieron a Jesús sin pérdida de tiempo para transmitirle el ruego del centurión, y añadieron:

-Se merece que le hagas este favor, porque nos tiene afecto a los judíos y nos ha construido una sinagoga.

Jesús se puso en camino con ellos, y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le mandó a unos amigos suyos con otro recado:

-Señor, no te molestes en venir, porque no me merezco que entres en mi casa; y si no me he puesto en contacto contigo personalmente ha sido porque no me considero digno. Lo único que te ruego es que des la orden para que mi esclavo se ponga bien. Yo también sé lo que es la disciplina militar, y tengo soldados a mis órdenes. Si le digo a uno que vaya, va; y a otro que venga, y viene; y a un esclavo que haga algo, y lo hace.

Jesús se llenó de admiración cuando oyó aquello, y se volvió a la gente que le seguía para decirles:

-¡Os aseguro que no he encontrado a nadie que tuviera tanta fe en el pueblo de Israel!

Cuando los mensajeros llegaron a la casa se encontraron con que el esclavo ya estaba completamente restablecido.

El personaje central de este historia es un centurión romano. No era un hombre cualquiera.

(i) El mero hecho de que fuera un centurión indica que no era un cualquiera. El centurión equivalía entonces al coronel de ahora; los centuriones eran la columna vertebral del ejército romano. Todos los centuriones que aparecen en el Nuevo Testamento eran personas respetables (cp. Luk_23:47 ; Act_10:22 ; Act_22:26 ; Act_23:17; Act_23:23-24 ; Act_24:23 ; Act_27:43 ). El historiador Polibio nos describe las cualidades de un centurión: «Debe ser, más que un militar temerario, uno que es capaz de mandar a la tropa, firme en la acción y de confianza; no demasiado dispuesto a entrar en combate, pero cuando es necesario debe estarlo a defender su posición y a morir en su puesto.» El centurión tenía que ser un hombre especial, o no habría podido conservar su puesto.

(ii) Tenía una actitud muy poco corriente con su esclavo. Amaba a su esclavo, y habría hecho lo que fuera necesario para salvarle la vida. La ley romana definía al esclavo como una herramienta viva; no tenía derechos; su amo le podía maltratar y matar si quería. Un escritor romano recomienda a los terratenientes que pasen revista a sus aperos todos los años, y que tiren los que ya están, rotos o inservibles, y que hagan lo mismo con los esclavos. Era corriente abandonar a los esclavos para que se murieran cuando ya no rendían en el trabajo. Pero la actitud de este centurión era fuera de lo corriente.

(iii) Era un hombre profundamente religioso. Tiene que haber tenido más que un interés superficial para construir una sinagoga. Es verdad que los Romanos consideraban que la religión era buena para mantener a la gente en orden; la consideraban como el opio del pueblo. Augusto recomendaba que se construyeran sinagogas por esa razón. El historiador Gibbon dice en una frase famosa: « Todas las formas de religión que existían en el Imperio Romano, la gente las consideraba como igualmente verdaderas; los filósofos, como igualmente falsas, y los magistrados como igualmente útiles.» Pero este centurión no era un administrador cínico, sino un hombre sinceramente religioso.

(iv) Tenía una actitud muy poco corriente hacia los judíos.

Si los judíos despreciaban a los gentiles, los gentiles odiaban a los judíos. El antisemitismo no es nada nuevo. Los Romanos decían que los judíos eran una raza asquerosa, y consideraban su religión como una superstición bárbara; hablaban del odio que tenían los judíos a toda la raza humana; acusaban a los judíos de adorar a una cabeza de burro y de sacrificarle todos los añosa un gentil. Es verdad que muchos gentiles, cansados de los muchos dioses y de la baja moralidad del paganismo, habían aceptado la doctrina judía de un solo Dios y la ética judía austera; pero el trasfondo de este relato implica un sincero lazo de amistad entre el centurión y los judíos.

(v) Era un hombre humilde. Sabía muy bien que a un judío estricto le prohibía su ley entrar en la casa de un gentil Act_10:28 ), de la misma manera que le estaba prohibido dejar entrar a un gentil en su casa o tener ningún trato con él. Por eso no fue directamente a Jesús, sino que les pidió ese favor a sus amigos judíos. Este hombre tan acostumbrado a mandar era sorprendentemente humilde en presencia de la verdadera grandeza.

(vi) Era un hombre de fe. Y su fe estaba basada en los argumentos más sanos. Razonaba del aquí y ahora al allí y entonces, de su propia experiencia a Dios. Si su autoridad producía resultados, ¡cuánto más los produciría la de Jesús! Tenía la perfecta confianza del que mira hacia arriba y dice: «Señor, yo sé que puedes hacerlo.» Si tuviéramos una fe así, nos sucederían milagros y la vida sería nueva.

LA COMPASIÓN DE JESÚS

Poco después, Jesús fue a un pueblo que se llamaba Naín, en compañía de muchos de sus discípulos y de una gran cantidad de seguidores.

Cuando ya estaba cerca de la entrada del pueblo -¡fijaos!- se encontró con una comitiva de entierro; el que había muerto era el hijo único de una mujer viuda, a la que acompañaban muchos del pueblo.

Al Señor le dio mucha pena verla así, y le dijo:

No llores más.

Y entonces se puso delante de la comitiva, y puso la mano en el féretro, de forma que los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:

-¡Joven, te estoy hablando a ti, levántate!

Al instante, el que había estado muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo devolvió a su madre. Todos los presentes estaban llenos de santo temor, y se pusieron a dar gracias a Dios y a decir:

-¡Ha aparecido entre nosotros un gran profeta como los antiguos! ¡Dios ha intervenido en ayuda de su pueblo!

La noticia de lo que había sucedido se fue extendiendo por toda Judasa y por las tierras de alrededor.

En este pasaje, como en el inmediatamente anterior, el que hace el relato es el médico Lucas. En el versículo 10 nos había aparecido un término médico que tradujimos como completamente restablecido, que indica una total curación de la cabeza a los pies. En el versículo 15, la palabra para sentarse corresponde al término médico que se usa para estar sentado en la cama. Naín estaba a un día de camino de Cafamaún, entre Endor y Sunén, donde Eliseo había resucitado al hijo de otra madre (2Ki_4:18-37 ). Hasta el día de hoy, a diez minutos andando desde Endor hay un cementerio de tumbas hechas en la roca.

En muchos sentidos ésta es la historia más bonita de los evangelios.

(i) Nos habla del dolor y de la angustia de la vida humana. La procesión fúnebre iría precedida por una banda de plañideros profesionales, con flautas y címbalos, lanzando sus gritos y lamentos en un verdadero frenesí; pero todo el dolor inmemorial del mundo se encierra en la austera frase «hijo único de una mujer viuda.» «Nunca se pasa del crepúsculo matutino al vespertino sin que se quiebre de dolor algún corazón.» Como dice Shelley en su lamento por Keats,

Mientras los cielos estén azules y los campos verdes,
la tarde introduzca a la noche, y la noche espere al mañana;
un mes seguirá a otro con dolor
y un año a otro año con duelo.

El poeta latino Virgilio dedica una frase inmortal a «las lágrimas de las cosas» -sunt lacrimae rerum. Vivimos en un mundo de corazones rotos.

(ii) A lo patético de la vida Lucas superpone la compasión de Cristo. A Jesús se le conmovió el corazón. No hay una palabra más fuerte en griego para la compasión que la que una y otra vez se aplica en los evangelios a Jesús (Mat_14:14 ; Mat_15:32 ; Mat_20:34 ; Mar_1:41 ; Mar_8:2 ).

Para el mundo antiguo esto tiene que haber sido sumamente sorprendente. La filosofía más noble de la antigüedad era el estoicismo, y los estoicos creían que la característica principal de Dios era la apatía, la incapacidad para sentir. Y lo razonaban diciendo que, si alguien puede hacer que otro esté triste o apesadumbrado, alegre o gozoso, eso quiere decir que, al menos por un momento, puede influir en el otro, es mayor que él. Ahora bien, nadie puede ser mayor que Dios; por tanto, nadie puede producirle a Dios un sentimiento; por tanto, Dios es incapaz de sentir.

Pero aquí se le presentaba al hombre antiguo la sorprendente idea de Uno que era el Hijo de Dios, cuyo corazón se conmovía de piedad. La frase del profeta de que «en toda angustia de ellos Él fue angustiado» se cumple en el Hijo de Dios hecho «Varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isa_63:9 ; Isa_53:3 ). Para muchos de nosotros esa es la Revelación más preciosa del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

(iii) A la compasión de Jesús añade Lucas el poder de Jesús. Jesús fue y tocó el féretro. No sería un ataúd, porque no se usaban entonces, sino una especie de espuerta suficientemente grande para llevar el cadáver a la tumba. Fue un momento dramático; como dice un gran comentarista, «Jesús reclamó para sí al que la muerte había asido como su presa.» Jesús no es sólo el Señor de la vida; es también el Señor de la muerte, porque la ha vencido y ha triunfado del sepulcro, y ha prometido que, porque Él vive, los suyos vivirán también (Joh_14:19 ).

LA PRUEBA FINAL

 

Los discípulos de Juan el Bautista le llevaban noticias a Jesús de todo lo que iba sucediendo. Una vez, Juan llamó a dos de sus discípulos y se los envió a Jesús para que le preguntaran: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?» Y cuando ellos llegaron adonde estaba Jesús, le dijeron:

Juan el Bautista nos ha mandado para que te preguntemos: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?»

En aquel momento-Jesús curó a muchos que padecían enfermedades o dolencias o bajo la influencia de malos espíritus, y les devolvió la vista a muchos que estaban ciegos.

-¡Id a contarle a Juan todo lo que habéis oído y visto! Decidle que los ciegos, ven; los cojos, andan; los leprosos vuelven a estar limpios; los sordos, oyen; los muertos, resucitan, y los pobres escuchan la Buena Noticia. ¡Bendito sea el que no se escandaliza de mí!

Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a los muchos que estaban escuchándole:

-¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Era lo que se ve en el desierto todos los días, las hierbas altas que se doblan con el viento? Si no era eso, ¿qué es lo que fuisteis a ver? ¿A uno que iba vestido de ropas delicadas y distinguidas? ¡Los que visten así, y viven en lujos, están en los palacios reales! Pues entonces, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Era un profeta? ¡Sí, os lo digo yo, y más que un profeta! Él era el que estaba anunciado en las Escrituras: «¡Atención! Te mando mi mensajero por delante para que te vaya preparando el camino por donde has de pasar.» Os aseguro que no ha surgido nadie entre los mortales en la Historia de la Humanidad que haya sido una figura más importante que Juan el Bautista; pero también os digo que el más pequeñito en el Reino de Dios es más que él. Y toda la gente, y hasta los publicanos que le oyeron, le dieron la razón a Dios y se bautizaron con el bautismo de Juan; pero los fariseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos.

Juan le envió mensajeros a Jesús para preguntarle si era Él el Mesías o si tenían que seguir esperando a otro.

(i) Este episodio ha preocupado a muchos, que se han sorprendido de que pareciera que Juan dudaba de Jesús. Se han propuesto varias soluciones.

(a) Se ha sugerido que Juan dio ese paso, no para sí mismo, sino por causa de sus discípulos. Él estaba suficientemente seguro; pero tal vez ellos no lo estaban tanto, y necesitaban una prueba irrefutable.

(b) Se ha sugerido que lo que quería Juan era animar a Jesús, porque creía que era el momento de que entrara en acción de una manera definitiva.

(c) La explicación más sencilla es la mejor. Figuraos cómo se encontraba Juan: era un hombre del desierto y de los espacios abiertos, y estaba encerrado en una mazmorra del castillo de Maqueronte. Una vez, uno de los Macdonald, los jefes del Norte de Escocia, estaba preso en una celda del castillo de Carlisle en la que no había más que una ventana pequeña. Hasta ahora se pueden ver en la roca arenisca las marcas de las manos y los pies que dejó el prisionero al encaramarse y colgarse del alféizar de la ventana día tras día para mirar, con una nostalgia infinita, las colinas y los valles que no habría de recorrer nunca más. Encerrado en una celda entre estrechas paredes, Juan se hacía muchas preguntas porque el cruel cautiverio le ahogaba el corazón.

(ii) Fijémonos en la prueba que Jesús le ofreció. Le indicó Hechos. Los enfermos, los dolientes y los pobres humildes estaban experimentando el poder de Dios y escuchando la Buena Noticia. Esa no era la respuesta que muchos judíos habrían esperado. Si Jesús era el Mesías, el Rey ungido de Dios, habrían esperado: « Mis ejércitos están en marcha. Cesarea, el cuartel general de los Romanos, está a punto de caer. Se están borrando del mapa los pecadores. El juicio ha comenzado.» Pero lo que le dijo Jesús fue: « La misericordia de Dios está aquí.» Esa era la respuesta a Juan, que tal vez otros no habrían sabido comprender. Era más clara que un « sí» rotundo. Está claro que Juan conocía las Escrituras, y esperaba y anunciaba a un Mesías que cumpliría las profecías del « Siervo de Jehová», y que seria «El Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo.» Y Jesús le dice que se están cumpliendo las señales por las que los profetas habían anunciado que se reconocería al Mesías. Donde se mitiga el dolor y la tristeza se cambia en gozo, donde se destierran el sufrimiento y la muerte, allí está manifestándose el Reino de Dios. La respuesta de Jesús fue: «¡Volved a Juan a decirle que el amor de Dios está aquí!»

(iii) Cuando ya se habían ido los mensajeros de Juan, Jesús le dedicó el mayor elogio imaginable. Las multitudes habían salido al desierto para ver y oír a Juan, que no era precisamente una caña que se meciera al viento. Eso podía querer decir una de dos cosas.

(a) Nada era más corriente a orillas del Jordán que un junco que se doblara por la fuerza del viento. Era una frase proverbial que indicaba las cosas normales. Puede querer decir que la gente no fue al desierto para ver algo vulgar y corriente.

(b) Puede querer decir algo vacilante. Juan no era un hombre que se plegara ante las circunstancias o los poderosos de este mundo como un junco, sino inamovible como un árbol recio y fuerte.

Tampoco habían salido al desierto a ver a un tipo delicado y vestido de seda como los cortesanos de los palacios.

Entonces, ¿qué era lo que salieron a ver?

(a) El primer lugar, Jesús hace el más grande elogio de Juan. Los judíos esperaban que apareciera un gran profeta del pasado, Elías, para preparar el camino y anunciar la llegada del Rey ungido de Dios (Mal_4:5 ). Juan fue ese heraldo del Altísimo. Jesús le coloca por encima de todas las grandes figuras de la historia de Israel y del mundo, entre los que se encuentran hombres como Abraham y Moisés, que los judíos consideraban insuperables y aun incomparables.

(b) En segundo lugar, Jesús reconoce claramente las limitaciones de Juan al decir que el más pequeñito en el Reino de Dios es mayor que él. ¿Por qué? Algunos han dicho que porque Juan dudó en su fe, aunque fuera sólo por un momento. Pero no es por eso, sino porque Juan estaba antes de la línea divisoria de la Historia. Desde que Juan hizo su proclamación, Jesús había venido; la eternidad había invadido el tiempo, y el Cielo la Tierra; Dios había venido en la persona de su Hijo, y la vida ya no podía ser la misma. Ponemos la fecha de todo lo que ha sucedido diciendo antes de Cristo (a C.) o después de Cristo (d C.). Jesús es el que divide la Historia. Por tanto, a todos los que vivimos después de su venida y le recibimos se nos ha concedido una bendición mayor que a los que vivieron antes. La entrada de Jesús en el mundo divide en dos el tiempo y toda la vida. Si alguno está en Cristo, es una nueva creación (2Co_5:17 ).

Como dijo el mártir cristiano Bilney: «Cuando leí que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, fue como si la oscuridad de la noche se hubiera convertido de pronto en luz del día.»

LA PERVERSIDAD DE LOS HOMBRES

-Pero los fariseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos -siguió diciendo Jesús-. ¿Con quién se podrían comparar los de estos tiempos? ¿A quién se parecen? Yo diría que son como los chiquillos que se ponen a jugar en la plaza del pueblo, y que se chillan unos a otros: «¡Nos pusimos a tocar la flauta, y no quisisteis bailar; y luego empezamos a jugar a entierros, y tampoco os dio la gana de poneros de duelo!» Vino Juan el Bautista, que llevaba una vida ascética, y dijisteis: «¡Está endemoniado!» Y vengo yo, que disfruto de la vida como otro cualquiera, y decís: «¡Vaya comilón y borrachín que nos ha caído! Y encima, amigo de publicanos renegados y de otra gente de mal vivir con la que no se relacionaría ningún judío decente. Pero los sabios reconocen ,a la sabiduría.

Este pasaje contiene dos grandes advertencias.

(i) Nos expone los peligros del libre albedrío. Los escribas y los fariseos habían conseguido hacer fracasar el plan que Dios tenía para ellos. La maravillosa verdad del Evangelio es que Dios no se impone por fuerza, sino que se ofrece por amor.

Ahí es donde podemos vislumbrar el dolor de Dios. Siempre es la gran tragedia del amor el ver a una persona amada que ha escogido el mal camino, y ver lo que hubiera podido ser. Es el mayor dolor de la vida. Como ha dicho alguien: « De todas las palabras tristes que captan el ojo o el oído, las más tristes de todas son «pudiera haber sido».»

La tragedia de Dios también es el « pudiera haber sido» de la vida. Como dice G. K. Chesterton: « Dios había escrito, no tanto un poema, como una comedia; una comedia que había concebido perfecta, pero que tuvo que dejar por necesidad a directores y actores humanos, que la han convertido en una tragedia.» Que Dios nos libre de hacer de la vida un naufragio y producirle dolor de corazón al usar nuestra libertad para frustrar sus propósitos.

(ii) Nos expone la perversidad humana. Juan había venido, viviendo con la austeridad de un ermitaño, y los escribas y los fariseos habían dicho que era un loco excéntrico, y que algún demonio le había sorbido el coco. Jesús había venido, viviendo la vida de la gente y participando de sus actividades, y se burlaban de Él diciendo que le gustaban demasiado los placeres terrenales. Todos tenemos una idea de cómo se comportan los niños cuando todo les parece mal y nada les interesa. El corazón humano se puede perder en una perversidad tal que todas las llamadas de Dios le producirán un descontento pueril.

(iii) Pero hay unos pocos que responden; y «los hijos de la sabiduría» le dan la razón a la sabiduría de Dios. Los hombres pueden usar mal su libertad para frustrar los propósitos de Dios; o, en su perversidad, hacerse ciegos y sordos a todas sus llamadas. Si Dios hubiera usado una fuerza coercitiva y encadenado al hombre a una voluntad a la que no pudiera resistirse, el mundo estaría poblado por autómatas, y tal vez todo estaría en perfecto orden; pero Dios escogió el peligroso camino del amor, y el amor acabará triunfando.

EL AMOR DE UNA PECADORA

Uno de los fariseos invitó a Jesús a una comida, y Él fue a la casa y se acomodó a la mesa.

Había en aquel pueblo una mujer de mala vida que, cuando se enteró de que Jesús estaba invitado a comer en casa del fariseo, tomó un frasquito de alabastro lleno de esencia y se puso a los pies de Jesús, que estaba reclinado en el sofá. En seguida se puso a llorar de tal manera que le corrían las lágrimas por los pies de Jesús, y ella se los secaba con los cabellos mientras se los cubría de besos y con el perfume que había traído.

Cuando vio aquello el fariseo que había invitado a Jesús, se dijo para sus adentros:

-Este ni es profeta ni es nada, porque ni siquiera se ha dado cuenta de la clase de mujer que le está tocando, que es una de ésas.

-Simón -le dijo Jesús-, te quiero decir una cosa.

-Di todo lo que quieras, Maestro -le contestó Simón.

-Había una vez un acreedor al que dos hombres le debían dinero -empezó a contar Jesús-. El uno le debía quinientas mil pesetas, y el otro, cincuenta mil; y como ninguno de los dos tenía para devolvérselo, les perdonó la deuda a los dos. Dime, Simón: ¿Cuál de los dos crees tú que le amará más?

-Pues, supongo que el que debía más y se le perdonó.

-Eso es lo más razonable -dijo Jesús; y añadió, volviéndose a la mujer-: ¡Fíjate en esta mujer! Cuando entré en tu casa, tú no me ofreciste agua para lavarme los pies; pero esta mujer me ha regado los pies con lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú tampoco me diste el beso de bienvenida; pero esta mujer, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú tampoco me diste nada para el pelo; pero esta mujer me ha perfumado los pies con esencia. Por todo lo cual te digo que tienen que haber sido muchos los pecados que se le han perdonado, porque da muestras de un gran amor. Pero está claro que el que cree que no necesita gran cosa de perdón, no ama gran cosa.

Y entonces se dirigió a la mujer y le dijo:

-Tus pecados se te han perdonado.

-¿Quién se ha creído que es éste, que hasta perdona los pecados? -empezaron a decirse los otros invitados unos a otros. Pero Jesús le dijo a la mujer:

-La fe ha sido tu salvación. ¡Vete, y que Dios te bendiga!

Esta escena es tan real, que le hace pensar a uno que Lucas tiene que haber sido un artista.

(i) La escena tiene lugar en el patio de la casa del fariseo Simón. Las casas de la gente acomodada se levantaban alrededor de un patio abierto que parecía una placita. A menudo había en el patio un jardín y una fuente; y allí era donde se comía en los días de calor. Era costumbre que, cuando se había invitado a un rabino, viniera toda clase de gente, nadie se lo impedía, para escuchar las perlas de sabiduría que salían de sus labios. Así se explica la presencia de la mujer.

Cuando entraba un invitado en una casa así, era comente que se hicieran tres cosas. (a) El anfitrión le ponía la mano en el hombro al huésped y le daba un beso de paz. Esa era una señal de respeto que jamás se omitía en el caso de un rabino distinguido. (b) Los caninos eran de tierra, polvorientos, y el calzado no era más que suelas sujetas al pie con correas, y por eso se le echaba agua en los pies al huésped para limpiárselos y refrescárselos. (c) O bien se quemaba un poquito de incienso, o se le echaba un poco de esencia de rosas al invitado en la cabeza. Eran cosas que exigían los buenos modales, pero que no se cumplieron en este caso.

‹En el Oriente, los comensales no se sentaban, sino- se reclinaban ante la mesa, en sofás bajos, apoyándose en el brazo izquierdo para dejar libre el derecho para comer. Tenían los pies extendidos hacia fuera, y se quitaban las sandalias durante la comida. Así se comprende cómo llegó la mujer a los pies de Jesús.

(ii) Simón era fariseo, es decir, uno de los separados. ¿Por qué invitó a Jesús a comer en su casa? Hay tres posibles razones.

(a) Es posible que fuera simpatizante y admirador de Jesús, porque no todos los fariseos eran sus enemigos (cp. Luk_13:31 ); pero la atmósfera de falta de cortesía lo hace improbable.

(b) Es posible que Simón invitara a Jesús con la intención de pillarle alguna palabra o acción para delatarle ante las autoridades. Es posible que Simón fuera un agent provocateur. Tampoco esto parece probable, porque Simón le da a Jesús el título de rabí en el versículo 40.

(c) Lo más probable es que Simón fuera un coleccionista de celebridades, y que hubiera invitado a comer al discutido joven galileo con un despectivo paternalismo. Esto explicaría la mezcla de cierto respeto con la omisión de los detalles de cortesía.

(iii) La mujer era conocida por su mala vida, y lo más probable es que fuera prostituta. Seguramente había oído a Jesús desde el borde de la multitud, y había creído que Él podía tenderle la mano para sacarla del cieno. Llevaba alrededor del cuello, como todas las mujeres judías, un frasquito de alabastro que contenía esencia, que era algo bien costoso. Se lo quería derramar a Jesús en los pies, porque era todo lo que podía ofrecerle. Pero, cuando le vio, no pudo contener las lágrimas, que literalmente le regaron los pies. El aparecer en público con el pelo suelto era una señal de desvergüenza en una mujer judía. Las jóvenes se sujetaban el pelo el día de su boda, y ya no volvían a llevarlo suelto nunca más en público. El hecho de que esta mujer se lo soltara fue señal de hasta qué punto se había olvidado de todo el mundo menos de Jesús.

Esta historia revela el contraste entre dos actitudes de mente y de corazón.

(i) Simón no se reconocía necesitado de nada, y por tanto no sentía amor. Se consideraba un hombre bueno y respetable a los ojos de los demás y de Dios.

(ii) La mujer reconocía su suprema necesidad, y por tanto estaba inundada de amor hacia el Que podía suplirla, y por eso recibió el perdón.

Lo único que nos cierra a la salvación de Dios es el sentimiento de nuestra propia suficiencia. Y lo extraño es que, cuanto más buena es una persona, más siente su pecado. Cuando Pablo habla de los pecadores, añade: «de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo_1:15 ). Francisco de Asís decía: «No hay en todo el mundo un pecador más desgraciado y miserable que yo.» Es verdad que el peor pecado es no tener conciencia de pecado; pero el sentimiento de la necesidad abre la puerta al perdón de Dios, porque Dios es amor, y la mayor gloria del amor es que se sienta su necesidad.

Lucas 7:1-50

7.2 Un centurión era el encargado de cien hombres en el ejército romano. Vino a Jesús no como último recurso ni amuleto mágico, sino porque creía que Dios envió a Jesús. Al parecer, reconoció que los judíos tenían un mensaje de Dios para la humanidad. Se narra que amaba a la nación y que construyó una sinagoga. De manera que le resultó natural recurrir a Jesús en su necesidad.

7.3 ¿Por qué el centurión envió a Jesús unos ancianos de los judíos en vez de ir él mismo? Enterado del odio de los judíos a los soldados romanos, quizás no quiso interrumpir la reunión judía. Como un capitán del ejército, cada día delegaba tareas y enviaba grupos en misión, de ahí que escogió esta manera de enviar su mensaje a Jesús.

7.3 Mat_8:5 dice que el centurión romano visitó personalmente a Jesús, mientras que Luk_7:3 dice que envió a unos ancianos de los judíos para presentar su petición a Jesús. En el trato con los mensajeros, Jesús trataba con el mismo centurión. Para su audiencia judía, Mateo enfatizó la fe del hombre. Para su audiencia gentil, Lucas destaca las buenas relaciones entre los ancianos judíos y el centurión romano.

7.9 El centurión no fue a Jesús ni tampoco esperaba que Jesús fuera a él. Así como no necesitaba estar presente para que sus órdenes se llevaran a cabo, tampoco Jesús necesitó estar presente para sanarlo. La fe del centurión fue en especial sorprendente, porque era un gentil que aún no conocía el amor de Dios.

7.11-15 La situación de la viuda era seria. Perdió a su esposo y ahora a su hijo único, su medio de sustento. El grupo de dolientes volvería a su hogar y ella quedaría abandonada sin dinero ni amigos. Tal vez había pasado la edad de procrear y no volvería a casarse de nuevo. A menos que algún familiar viniera para ayudarle, su futuro carecía de esperanzas. Sería una presa fácil de estafadores y podría terminar pidiendo limosna para alimentarse. Más aún, como Lucas enfatiza, era el tipo de persona que Jesús vino para ayudar y fue lo que hizo. Jesús tenía poder para dar esperanza en medio de cualquier tragedia.

7.11-17 Esta historia ilustra la salvación. El mundo entero estaba muerto en pecado (Eph_2:1), así como el hijo de la viuda lo estuvo. Al estar muertos, nada pudimos hacer por nosotros mismos, ni siquiera pudimos pedir ayuda. Pero el corazón de Dios sobreabundó en compasión y envió a Jesús para darnos vida con El (Eph_2:4-7). El hijo muerto no ganó su segunda oportunidad a la vida, nosotros tampoco ganamos la nueva vida en Cristo. Pero podemos aceptar el regalo de Dios, alabarlo por esto y usar nuestra vidas para cumplir su voluntad.

7.12 Honrar al difunto era importante en la tradición judía. Una procesión fúnebre, los familiares del fallecido seguían el cuerpo que se había envuelto y llevado en una especie de camilla, atravesaba el pueblo y se esperaba que los espectadores se unieran al grupo. Además, las plañideras (que recibían dinero por esto) lloraban en voz alta y atraían la atención. El luto familiar continuaba durante treinta días.

7.16 La gente pensaba que Jesús era un profeta porque, como los profetas del Antiguo Testamento, proclamó con audacia el mensaje de Dios y algunas veces resucitó muertos. Tanto Elías como Eliseo resucitaron niños (1Ki_17:17-24; 2Ki_4:18-37). La gente no se equivocó al pensar que Jesús era profeta, pero El es más que eso: es Dios mismo.

7.18-23 Juan estaba confundido porque los informes recibidos relacionados con Jesús eran inesperados e incompletos. Sus dudas eran naturales y Jesús no lo reprendió por esto; en cambio, contestó de manera que Juan comprendiera, al explicarle que El cumplía las cosas que se esperaba que hiciera el Mesías. Dios también puede resolver nuestras dudas y no rechaza nuestras preguntas. ¿Tiene preguntas acerca de Jesús, acerca de quién es El o qué espera de usted? Admítalas ante sí y ante Dios, y comience a buscar respuestas. Solo en la medida que enfrente sus dudas de una manera sincera podrá comenzar a resolverlas.

7.20-22 Las pruebas enumeradas aquí para demostrar que Jesús es el Mesías son importantes. Consisten de hechos palpables, no teorías, acciones que los contemporáneos de Jesús vieron y anotaron para que las leamos hoy. Los profetas manifestaron que el Mesías sería capaz de hacer estas cosas (véanse Isa_35:5-6; Isa_61:1). Estas pruebas físicas ayudaron a Juan y nos ayudarán a nosotros para saber quién es Jesús.

7.28 De todas las personas, nadie cumplió mejor el propósito dado por Dios que Juan. Más aún, en el Reino de Dios todo el que viniera después de él tendría una mayor herencia espiritual porque sabe más del propósito de la muerte y resurrección de Jesús. Juan fue el último profeta del Antiguo Testamento, el último en preparar a la gente para la era mesiánica. Jesús no hacía un contraste entre Juan hombre con cristianos particulares, sino la oposición entre la vida antes de Cristo con la vida en la plenitud de su Reino.

7.29, 30 Los recaudadores de impuestos (quienes encarnaban la maldad en las mentes de muchos) y las personas comunes oyeron el mensaje de Juan y se arrepintieron. En contraste, los líderes religiosos rechazaron sus palabras. Querían vivir a su manera, se negaron a prestar atención a otras ideas. Antes de intentar imponer sus planes a Dios, procure descubrir su plan para usted.

7.31-35 Los líderes religiosos odiaban a cualquiera que hablara la verdad y desenmascarara la hipocresía, y no se molestaron en ser lógicos en sus críticas. Criticaron a Juan el Bautista porque ayunaba y no tomaba vino, criticaron a Jesús porque comía en abundancia y tomaba vino con los recaudadores de impuestos y «pecadores». Su objeción real hacia ambos, por supuesto, no tenía nada que ver con sus hábitos de dieta. Lo que fariseos y expertos en la Ley no soportaban era que les descubrieran su hipocresía.

7.33, 34 A los fariseos no les preocupaba su actitud ilógica con Juan el Bautista y Jesús. Eran muy buenos para justificar su «sabiduría». La mayoría podemos encontrar razones muy válidas para hacer o creer cualquier cosa que encaje con nuestros propósitos. Sin embargo, si no examinamos nuestras ideas a la luz de Dios, llegaremos a ser tan autosuficientes como los fariseos.

7.35 Los hijos de la sabiduría seguían a Jesús y Juan. Tenían vidas cambiadas. Su estilo de vida recto demostraba la sabiduría que Jesús y Juan enseñaban.

7.36 Un incidente similar ocurrió más tarde en el ministerio de Jesús (véanse Mat_26:6-13; Mar_14:3-9; Joh_12:1-11).

7.37 Los vasos de alabastro eran tallados, caros y hermosos.

7.38 A pesar de que no invitaron a la mujer, de algún modo entró en la casa y se arrodilló ante Jesús. En la época de Jesús, se acostumbraba recostarse mientras se comía. Los invitados se recostaban sobre lechos con sus cabezas cerca de la mesa, permitiéndoles apoyarse en un codo y estirar sus pies. La mujer pudo con facilidad ungir los pies del Señor sin tener que acercarse a la mesa.

7.44ss Lucas compara de nuevo a los fariseos con los pecadores y de nuevo estos toman la delantera. Simón cometió varios errores sociales al pasar por alto lavar los pies de Jesús (una cortesía que se extendía a los invitados, ya que con el uso de las sandalias los pies se ensuciaban mucho), ungir su cabeza con aceite y ofrecerle el beso de bienvenida. ¿Pensó quizás que era demasiado bueno como para tratar a Jesús como igual? La mujer pecadora, por contraste, derramó lágrimas y perfume costoso y besó a su Salvador. En esta historia la prostituta es generosa, y no el avaro líder religioso, quien obtiene el perdón de sus pecados. Aunque es la gracia de Dios mediante la fe lo que nos salva y no actos de amor ni de generosidad, los hechos de esta mujer demostraron su verdadera fe, la cual Jesús honró.

7.47 El amor se desborda como reacción natural al perdón y al efecto apropiado de la fe. Pero solo los que reconocen la profundidad de su pecado pueden apreciar todo el perdón de Dios que se les ofrece. Jesús rescata a todos sus seguidores de la muerte eterna, sea que alguna vez fueran malvados en extremo o que fueran convencionalmente buenos. ¿Valora la infinita misericordia de Dios? ¿Está agradecido por su perdón?

7.49, 50 Los fariseos pensaban que solo Dios podía perdonar pecados, de manera que se admiraban que este hombre, Jesús, dijera que los pecados de la mujer eran perdonados. No veían a Jesús como Dios.

Lucas 7:1-10

Estos versículos describen la cura milagrosa de un enfermo, centurión ú oficial del ejército Romano acude a nuestro Señor interesarlo en favor de su siervo, y obtiene lo que pide. Milagro de curación mayor que este no se registra en ninguna parte de Evangelios. Aun sin ver al paciente, que estaba moribundo, tocarlo con la mano, ni mirarlo, nuestro Señor le restituye la salud por medio de una sola palabra. Habla, y el enfermo es curado. Manda, y la enfermedad desaparece. No leemos de ningún profeta ó apóstol, que obrara milagros de esta manera. He aquí el dedo de Dios.

Debemos de notar en estos versículos la bondad del centurión. Este rasgo de su carácter se manifiesta de tres modos distintos. Le vemos en el tratamiento que da a su siervo: lo cuida tiernamente cuando está enfermo, y se esmera en que recobre la salud. Le vemos también en su cariño por el pueblo Judío. No lo desprecia como otros gentiles lo hacían generalmente, pues los ancianos dan este testimonio importante: «él ama a nuestra nación.» Le vemos finalmente en la generosidad con que patrocinó la sinagoga de Capernaúm: no manifestó su amor para con Israel de palabra solamente, sino también con hechos. Los mensajeros que envió a nuestro Señor apoyaron la petición diciendo: «El nos edificó una sinagoga..

Ahora bien, ¿en dónde aprendió el centurión a ser bondadoso? ¿Cómo podemos explicarnos porqué uno que era pagano de nacimiento y soldado de profesión manifestara tal carácter? Cualidades como estas no es probable que se adquiriesen entre los paganos ni que se formasen en la sociedad de un campamento romano. La filosofía Griega y la Latina no las recomendaban. Los tribunos, cónsules, prefectos, y emperadores no podían fomentarlas. Ocurre solamente una razón: el centurión era lo que era «por la gracia de Dios.» El Espíritu había abierto los ojos de su entendimiento, y cambiándole el corazón. Su discernimiento de las cosas divinas era sin duda muy oscuro. Sus opiniones religiosas se fundaban probablemente en un conocimiento imperfecto de las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero cualquiera que fuese la luz que hubiese recibido de lo alto, ella influyó en su vida, y uno de sus resultados fue la bondad descrita en este pasaje.

Sírvanos de ejemplo la conducta del centurión. Como él, demos muestras de benevolencia a todos aquellos con quienes nos tratemos. Empeñémonos en tener una mano dispuesta a socorrer, y un corazón inclinado a sentir, y una voluntad pronta a hacer bien a todo el mundo. Estemos dispuestos a llorar con los que lloran, y a alegrarnos con los que están alegres. Este es un medio de hacer simpática nuestra religión, y de enaltecerla ante los ojos de los hombres. La bondad es una virtud que todos pueden alcanzar; y por la cual nos hacemos semejantes a nuestro bendito Salvador. Si hay algún rasgo de su carácter más notable que otro, es su bondad no interrumpida y su amor. El bondadoso será feliz y prospero aun en esta vida. La persona benéfica rara vez estará sin amigos.

Debemos observar también en este pasaje la humildad del centurión. Manifiéstese en el mensaje verbal que envió a nuestro Señor cuando este estaba cerca de su casa: «No soy digno de que entres debajo de mi techo; por lo cual ni aun me tuve por digno de venir a ti.» Tales expresiones forman un contraste sorprendente con el lenguaje que usaron, los ancianos de los judíos. «Digno es,» dijeron, «de concederle esto.» «No soy digno,» dice el buen centurión, « de que entres debajo de mi techo..

Humildad como esta es una de las pruebas más fuertes de que el Espíritu de Dios mora en el corazón. De ella no sabemos nada por naturaleza, porque todos nacemos soberbios. Convencernos de pecado, exponer nuestra propia vileza y corrupción, colocarnos en lugar que nos corresponde, hacernos sumisos y abatidos–he aquí algunas de las principales obras que el Espíritu Santo realiza el corazón del hombre. Pocas expresiones de nuestro Señor son más rechazadas como las que terminan la parábola del Fariseo y el publicano: «Cualquiera que se ensalza será humillado, y oí que se humilla será ensalzado.» Luk_18:14. Poseer grandes idas y hacer grandes obras por Dios, no es dado a todos los oyentes. Pero todos los creyentes deben procurar ser humildes.

Debemos notar además la fe del centurión. De ella tenemos una, prueba en la súplica que hizo a nuestro Señor: «Di tan solo palabra, y mi criado será sano.» El cree superfluo que nuestro Señor vaya al lugar en que su criado yace moribundo. Considera al Señor ejerciendo sobre las enfermedades una autoridad tan completa como la que él tenia sobre sus soldados, ó como la del aperador Romano sobre él; confía en que una palabra de Jesús, bastante para expeler la enfermedad; no quiere ver señal ó milagro alguno; y expresa su convicción de que Jesús es Señor y Rey Todopoderoso, y de que las enfermedades, cual siervos obedientes a órdenes, desaparecerán prontamente.

Fe como esta era, a la verdad, muy rara cuando el Señor Jesús estaba en la tierra. «Muéstranos una señal del cielo,» fue lo que exigieron los despreciativos Fariseos. Ver alguna cosa maravillosa fue el gran deseo del gentío que agolpado seguía a nuestro Señor. No hay que extrañar, pues estas palabras notables, «Jesús se maravilló de él,» y que dijera a las gentes, «Os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.» Ningunos debieran haber tenido una el vuelo a sus altos pensamientos con algunas palabras oportunas «Muchos que son primeros serán últimos, y los últimos primeros..

¡Que verdad no encierran estas palabras aun aplicadas a los doce apóstoles! Entre los que oían a nuestro Señor se encontraba un hombre que por algún tiempo pareció ser uno de los más preeminentes de los doce. Tenía a su cuidado el tesoro y guardaba lo que en él se ponía; y, sin embargo, ese hombre cayó y tuvo un fin desastroso. Se llamaba Judas Iscariote. Por el contrario, entre los oyentes de nuestro Señor no se encontraba aquel día uno que en época posterior hizo más por Cristo que todos los doce. Cuando nuestro Señor hablaba así era aún un joven fariseo, que se educaba a los pies de Gamaliel, y que por nada sentía tanto celo como por la ley. Y, sin embargo, ese joven al fin fue convertido a la fe do Cristo, no se quedó atrás de los principales de los apóstoles, y trabajó más que todos. Su nombre era Saulo. Con razón dijo nuestro Señor, «los primeros serán últimos, y los último s primeros..

¡Que verdaderas son esas palabras, cuando las aplicamos a la historia de las iglesias cristianas! Hubo un tiempo que el Asia Menor, la Grecia, y el África Septentrional estaban llenas de cristianos, mientras que la Inglaterra y la América eran países paganos. Mil y seiscientos años han producido un gran cambio.

Las iglesias de África y de Asia se han hundido en una ruina completa, al mismo tiempo que las iglesias de Inglaterra y de América están trabajando en extender por el mundo el Evangelio. Con razón pudo decir nuestro Señor que «los primeros serán los últimos, y los últimos primeros..

¡Cuan verdaderas parecen estas palabras a los creyentes, cuando registran sus pasadas vidas y recuerdan todo lo que han visto desde el día de su conversión! Cuantos empezaron a servir a Cristo en la misma época que ellos y al parecer marcharon bien por algún tiempo. ¿Pero en donde se encuentran ahora? El mundo ha cautivado a uno; falsas doctrinas han extraviado a otro; un matrimonio malo ha echado a perder a un tercero; y pocos son los creyentes que no puedan recordar muchos casos parecidos. Pocos son los que al fin no descubren que «los últimos son a menudo los primeros, y los primeros últimos.

Aprendamos a pedir en nuestras oraciones humildad al leer llaman buenas colocaciones son con frecuencia las que arruinan por toda la eternidad a los que las obtienen.

Luc 7:11-17

EL pasmoso acontecimiento descrito en estos versículos, se encuentra referido solamente en el Evangelio de S. Lucas. Es uno de los tres grandes milagros en que nuestro Señor restituye la vida a los muertos, y, como la resurrección de Lázaro, y la de la hija del jefe de la congregación, se considera con razón como uno de los más grandes milagros que hizo sobre la tierra. En todos tres se nos deja ver el poder divino.- En cada uno vemos una prueba consoladora de que el Príncipe de la Paz, es más fuerte que «el rey de los terrores,» y que aunque la muerte, el postrer enemigo, es poderosa, no es tan poderosa como el Protector del pecador.

En estos versículos percibimos que pesares ha traído el pecado al mundo. Se nos refiere un entierro en Nain. Todos los entierros son espectáculos tristes, pero es difícil imaginar uno más triste que este. Era el entierro de un joven, y de un joven hijo único de una viuda. No hay un detalle en toda la narración que no revele infortunio. Y todo este infortunio, preciso es tener presente, fue traído al mundo por el pecado. Dios no lo creó al principio cuando hizo todas las cosas «muy buenas.» El pecado es la causa de todo mal. «El pecado entró en el mundo,» cuando Adán cayó, «y por el pecado, la muerte.»Rom_5:12.

No olvidemos jamás esta gran verdad. El mundo a nuestro derredor está lleno de pesares. Enfermedades, y dolores, y flaquezas, y pobreza, y trabajos, é incomodidades, abundan por todas partes. Desde un extremo al otro del mundo, las historias de familia están llenas de lágrimas, duelo y dolor. ¿Y de dónde proviene todo esto? El pecado es la fuente de donde mana. No habría habido lágrimas, ni ansiedades, ni enfermedades, ni muertes, ni funerales en la tierra, si no hubiera habido pecado. Debemos sufrir con paciencia este estado de cosas. No podemos alterarlo. Demos gracias a Dios porque en el Evangelio se ofrece el remedio, y porque esta vida no es el fin de nuestra existencia. Pero entre tanto, atribuyamos el mal a su verdadero origen: al pecado.

¡Cuánto no deberíamos aborrecer el pecado! En vez de amarlo, de apegarnos a el, de acariciarlo, y de disimular su fealdad, debemos aborrecerlo con aversión implacable. El pecado es el azote y plaga de este mundo. No hagamos paz con él Hagámosle guerra sin tregua. Es «la cosa abominable que Dios aborrece.» Feliz aquel que ama a Dios, y puede decir: «Aborrezco lo malo.» Rom_12:9.

Estos versículos nos enseñan así mismo cuan compasivo es el corazón de nuestro Señor Jesucristo. Su conducta en el entierro de Nain nos lo da a conocer.

Encuentra el cortejo fúnebre que seguía al joven al sepulcro, y se mueve a compasión al verlo. No espera que se acuda a El por auxilio. Según parece, el auxilio que dio no fue ni pedido ni esperado. Vio a la madre llorosa, y conoció bien cuales debían ser sus sentimientos, porque El también había nacido de mujer. Al momento se dirige a ella, con palabras a la vez sorprendentes y conmovedoras, y le dice: « No llores.» Unos pocos segundos más y el significado de estas palabras se revela. El hijo fue restituido con vida a su madre viuda. Su oscuridad se tornó en luz, y el pesar en gozo.

Nuestro Señor Jesucristo nunca varía: es el mismo ayer, hoy, y siempre. Su corazón es aún tan tierno como cuando estaba en la tierra. Su compasión hacia los que sufren es todavía tan fuerte como entonces. Tengamos esto presente, y sírvanos de consuelo. No hay amigo que pueda compararse a Cristo. En todos nuestros días de tristeza, que deben necesariamente ser muchos, acudamos primeramente a Jesús, el Hijo de Dios, por consuelo. El nunca nos abandonará, nunca nos dejará burlados, nunca rehusará tomar interés en nuestros pesares. Aún vive Aquel que hizo rebosar de gozo el corazón de la viuda de Nain. Vive aún para recibir a todos los cargados y agobiados que vengan a El con fe. Vive aún para consolar a los de corazón quebrantado, y ser un Amigo más afectuoso que un hermano. Y vive para hacer algún día cosas mayores que estas: vive para aparecerse otra vez a los creyentes, para enjugar todas sus lágrimas, y que no lloren más.

En estos versículos vemos, finalmente, el omnipotente poder de nuestro Señor Jesucristo. De esto no podemos pedir prueba más patente que el milagro ya citado. Con unas pocas palabras vuelve a la vida a un hombre. Habla a un cadáver helado, y al momento este se torna en persona viviente. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, el corazón, los pulmones, el cerebro, los sentidos, resumen sus operaciones y desempeñan sus funciones. «Mancebo,» exclamó, « a ti digo, levántate.»Esta voz fue una voz poderosa. Al instante se incorporó el muerto, y empezó a hablar.

Este gran milagro confirma la certeza de un hecho solemne: la resurrección universal. El mismo Jesús que resucitó entonces a un muerto, resucitará a todo el género humano en el último día. «Vendrá la hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y los que hicieron bien saldrán, a resurrección de vida; y los que hicieron mal a resurrección de condenación.» Joh_5:28-29. Cuando suene la trompeta y Cristo mande, no habrá lugar a negativa ó fuga.

Todos tienen que comparecer ante su tribunal en sus propios cuerpos. Todos serán juzgados según sus obras.

Vemos, además, en este gran milagro un emblema viviente del poder de Cristo para dar vida a los muertos en el pecado. En él se encuentra la vida: él da vida a los que quiere. Joh_5:21. El puede tornar a nueva vida almas ya muertas en vanidad mundana y en pecado. El puede decir a corazones que ya parecen corrompidos y sin vida: « Levantaos al arrepentimiento y vivid en el servicio de Dios.» No desesperemos nunca del bien de alma alguna. Oremos por nuestros hijos, y no nos desalentemos. Por mucho tiempo puede parecer que los jóvenes de ambos sexos están siguiendo el camino que conduce a la perdición. Más continuemos orando. Quién puede decir que Aquel que encontró el entierro a las puertas de Nain, no pueda aún venir hacia nuestros hijos no convertidos y decir con autoridad omnipotente, « A ti te digo, levántate.» Para Cristo nada es imposible.

Antes de terminar este pasaje meditemos con solemnidad en lo que está anunciado para el último día. Se nos refiere que todos fueron sobrecogidos de temor cuando fue resucitado el mancebo. ¿Cuales serán pues las emociones del género humano cuando todos los muertos se levanten simultáneamente? El que no se haya convertido puede temer con razón la llegada de ese día, pues no está preparado para encontrar a Dios. Más el verdadero cristiano nada tiene que temer; puede descender al sepulcro con calma y tranquilidad. Por la fe en Cristo ha sido justificado y santificado, y cuando resucite contemplará a Dios sin temor.

Luc 7:18-23

El mensaje que Juan el Bautista envió a nuestro Señor y que se refiere en estos versículos es señaladamente instructivo, si consideramos las circunstancias en que fue enviado. Juan el Bautista en esa época estaba preso en poder de Herodes. «Oyó en la prisión los hechos de Cristo.» Mat_11:2. Su vida iba acercándose a su fin. Su oportunidad para prestar servicios había pasado. Una larga prisión, ó una muerte violenta, era lo único que podía esperar. Sin embargo, aun en estos días de sufrimiento, vemos a este hombre santo manteniéndose en su puesto como testigo en favor de Cristo. Es el mismo que había exclamado: «He aquí el Cordero de Dios.» Dar testimonio de Cristo era su continua tarea cuando predicaba libremente. Enviar mensajeros a Cristo fue una de sus últimas obras cuando se hallaba prisionero en cadenas.

Debemos observar en estos versículos la sabia previsión que Juan mostró por sus discípulos antes de dejar el mundo. Se nos refiere que envió a dos de ellos a Jesús con un mensaje en que le preguntaba: ‹ ¿Eres tú aquel que había de venir, ó esperaremos a otro?» Pensó sin duda que ellos recibirían una respuesta que dejaría una impresión indeleble en sus mentes. Y pensó bien; porque se les replicó, con los hechos, lo mismo que de palabra; todo lo cual produjo probablemente efecto más profundo que cualesquiera argumentos que hubieran podido oír de los labios de su maestro.

Podemos fácilmente imaginar que Juan el Bautista debió haber sentido mucha ansiedad por el porvenir de sus discípulos. Conocía su ignorancia y debilidad en la fe; sabia cuan natural era que mirasen a los discípulos de Jesús con envidia; sabia cuan probable era que se despertase entre ellos el despreciable espíritu de partido, é hiciera que se mantuviesen alejados de Cristo, después que su maestro hubiera muerto. Contra estas desgracias desea prepararlos mientras vive, y envía dos de ellos a Jesús para que vean por sí mismos qué clase de maestro es, no sea que lo rechacen sin verlo ni oírlo. Cuida de ponerlos en vía de adquirir la mejor; evidencia de que nuestro Señor es verdaderamente el Mesías. Semejante a su divino Maestro habiendo amado a sus discípulos, los ama hasta el fin. Y ahora, conociendo que va a separarse pronto de ellos, hace por dejarlos bien recomendados y procura que hagan Conocimiento con Cristo.

¡Qué lección tan instructiva es esta para los ministros y padres de familia–para todos los que tienen que cuidar de las almas de otros! Debemos esforzarnos, como Juan el Bautista, en proveer de antemano a la felicidad espiritual de los que dejemos detrás a nuestra muerte. Debemos con frecuencia hacerles presente que no podemos estar siempre con ellos. Debemos instarles a menudo que se guarden del camino espacioso cuando seamos separados de ellos, y queden solos en el mundo. Debemos no ahorrar esfuerzos para que todos los que por cualquier motivo esperen en nuestra protección se alleguen y conozcan a Cristo. ¡Felices aquellos ministros y padres de familia cuyas conciencias no los acusen en su lecho de muerte, por no haber dicho a sus oyentes é hijos que vayan a Jesús y lo sigan! En segundo lugar debemos observar en estos versículos la respuesta singular que los discípulos de Juan recibieron de nuestro Señor. Se nos dice que «en la misma hora sanó él a muchos de enfermedades y de plagas.» Y después respondió Jesús, y les dijo: «Id y dad las nuevas a Juan de lo que habéis visto y oído.» No afirma de una manera explícita que El es el Mesías prometido; más sencillamente presente los hechos a los mensajeros para que los trasmitan a su maestro, y los despide. El sabía bien qué uso Juan el Bautista haría de estos hechos. él sabía que diría a sus discípulos: « Ved en el que ha hecho estos milagros a un profeta más grande que Moisés. Este es aquel a quien debéis oír y seguir, cuando yo muera. Este es verdaderamente el Cristo..

La respuesta que nuestro Señor dio a los discípulos de Juan contiene una gran lección de utilidad práctica que haremos bien en recordar. Nos enseña que el modo más eficaz de determinar el grado de mérito de las iglesias y de los ministros, es examinar las obras que hacen por amor de Dios, y los frutos que producen. ¿Queremos saber si una iglesia es pura y merecedora de confianza? ¿Queremos saber si un ministro tiene verdadera vocación, y es ortodoxo en la fe? Apliquemos aquella antigua escuadra que se llama la Escritura: «Por sus frutos los conoceréis.» Como Cristo fue conocido por sus obras y por su doctrina, así mismo deben serlo las iglesias fieles, y los fieles ministros de Cristo. Cuando los que atan muertos en pecado no son resucitados, y los ciegos no reciben la vista, y a los pobres no se les anuncia el Evangelio, habrá, por lo general, razón para sospechar la falta de la presencia de Allí, donde él esté, será visto y oído. Donde él esté, habrá no solamente profesión, ritos, ceremonias, y otras demostraciones religiosas de esa clase, sino también progreso real y visible en el corazón y en la vida del creyente.

Últimamente, debemos observar en estos versículos la solemne admonición que nuestro Señor hizo a los discípulos de Juan. El conocía el peligro en que se hallaban. Sabia que a causa de su exterior humilde estaban inclinados a dudar que El fuese el Mesías. No descubrían indicios algunos de que fuera rey: nada de riquezas, nada de aparato real, nada de guardias, nada de cortesanos, nada de coronas. Veían solamente a un hombre, que al parecer era tan pobre como cualquiera de ellos, acompañado de unos pocos pescadores y publícanos. Su orgullo rechazaba con indignación la idea de que semejante persona fuese el Cristo. «¡Es increíble!» «¡Debe de haber alguna equivocación!» Pensamientos como estos, con toda probabilidad, cruzaban su mente. Nuestro Señor leyó sus corazones, y los despidió con una advertencia significativa. «Bienaventurado es,» les dijo, «el que no fuere escandalizado en mí..

Esta admonición es tan necesaria ahora como lo fue entonces. Mientras que dure el mundo, Cristo y Su Evangelio serán «piedra de escándalo « para muchos.

Oír que nosotros todos estamos perdidos y somos culpables pecadores, y que no podemos salvarnos sin el auxilio divino; oír que no debemos cifrar esperanzas en nuestra propia rectitud sino más bien confiar en Aquel que fue crucificado entre los ladrones; oír que tenemos que contentarnos con entrar en el cielo al lado de los publícanos y de las rameras; y oír, en fin, que nuestra salvación es toda de gracia y gratuita– esto, decimos, repugna siempre al hombre carnal. No puede agradar a nuestros corazones orgullosos. Tiene que disgustarnos.

Que se grabe profundamente en nuestras memorias la admonición contenida en estos versículos. Estemos alerta para no tropezar. Guardémonos de «ser escandalizados» por las humildes doctrinas del Evangelio, ó por la vida santa que prescribe a los que lo reciben. El orgullo secreto es uno de los peores enemigos del hombre; ha sido y será cansa de la ruina de millares de almas. Millares habrá en el último día a quienes se ha ofrecido la salvación, pero que la han rehusado por no haberles gustado las condiciones. No quisieron condescender a «entrar por la puerta angosta..

No quisieron venir humildemente como pecadores al trono de la gracia. En una palabra «se escandalizaron.» Y entonces revelará el profundo sentido de las palabras de nuestro Señor: «Y bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí..

Luc 7:24-30

El primer punto que llama nuestra atención en este pasaje es él solícito cuidado que Jesús tiene del buen nombre de sus fieles servidores. Defiende la reputación do Juan tan luego como sus mensajeros se retiran. Vé que las gentes que tenia al rededor no están inclinadas a pensar muy bien de Juan, en parte por estar este en prisión, ya a causa de la pregunta que sus discípulos habían acabado de hacer; y defiende la causa de su amigo ausente con palabras convincentes. Manda a sus oyentes que desechen de la mente las dudas indignas y recelosas acerca de este hombre santo; les dice que Juan no es de carácter ligero ó veleidoso cual caña agitada por el viento; les dice también que Juan no era mero cortesano, ni adulador de los reyes, aunque al fin de su misión las circunstancias lo habían colocado en contacto con el rey Herodes; les asegura que Juan es más que profeta, porque es el profeta que había sido profetizado, y concluye su defensa con estas palabras notables: « Entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista..

Hay algo sumamente afectuoso en estas palabras de nuestro Señor en favor de Su siervo ausente. La situación de Juan en aquel entonces era muy diferente do lo que fue al principio de su obra. En otros días había sido el predicador mejor conocido y más popular. Hubo un tiempo en que «salían a él Jerusalén y toda la Judea–y eran bautizados por él en el Jordán.» Mat_3:8 Ahora era un prisionero solitario en poder de Herodes, desamparado, sin amigos, y sin otra esperanza en este mundo que la muerte. Pero la ausencia de las simpatías del hombre no es prueba de que Dios esté airado. Juan el Bautista tenía un Amigo que nunca le faltó, que nunca lo abandonó–un Amigo cuya bondad no seguía el flujo y reflujo de la popularidad de Juan, sino que era siempre la misma.

Este Amigo era nuestro Señor Jesucristo.

Este pasaje debe servir de consuelo a todos los que son sospechados, calumniados, y acusados falsamente. Pocos son los hijos de Dios que, tarde ó temprano, no padecen de este modo. El acusador de los hombres sabe bien que el carácter es uno de los puntos en que puede más fácilmente zaherir a un cristiano. Sabe bien que las calumnias se levantan con facilidad, son recibidas con entusiasmo y propagadas con profusión, y que rara vez se les impone perpetuo silencio. Las mentiras y los rumores falsos son las armas favoritas con que lidia por dañar el influjo del cristiano, y destruir su paz. Más todos los que vean atacada su reputación deben tranquilizarse con saber que tienen un Abogado en el cielo que sabe sus pesares. El mismo Jesús que defendió el carácter de su amigo ante una muchedumbre de judíos, no abandonará a ningún individuo de Su pueblo. El mundo puede mirarlo con ceño; tal vez sus semejantes tiznen su nombre. Más Jesús jamás cambia, y algún día defenderá su causa delante de todo el mundo.

El segundo punto que llama nuestra atención en estos versículos es la inmensa superioridad de los privilegios que gozan los creyentes bajo la dispensación ó régimen del Nuevo Testamento, comparados con los de los creyentes bajo la dispensación del Antiguo Testamento. Esto nos lo enseña una expresión que usa nuestro Señor respecto a Juan el Bautista. Después de ensalzar sus gracias y dones espirituales añade estas palabras notables: «El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él..

Lo que nuestro Señor quiere decir con esta expresión parece ser simplemente esto: que la luz religiosa del menor discípulo que viviere después de su crucifixión y resurrección, seria mucho mayor que la de Juan Bautista, que murió antes que esos grandes sucesos se verificasen. El más humilde cristiano que oyese a S. Pablo comprendería cosas a la luz de la muerte de Cristo en la cruz, que Juan el Bautista nunca podría haber explicado. Eminente como era este santo varón en fe y en valor, el cristiano más humilde es, en cierto sentido, mayor que él. Mayor en gracia y en obras no puede ser, por cierto. Más sin duda, es mayor en privilegios y conocimientos.

Una expresión como esta deberá enseñar a todos los cristianos a estar muy agradecidos por haber recibido el Cristianismo. Probablemente tenemos poca idea de la gran diferencia entre el conocimiento religioso del creyente más instruido en el Antiguo Testamento, y el conocimiento de uno que esté familiarizado con el Nuevo. No sabemos cuántas verdades del Evangelio que en un tiempo se veían «confusamente al través de un cristal,» ahora se nos presentan claras como el sol del mediodía. Nuestra mucha familiaridad con el Evangelio nos impide notar cuan extensos son nuestros privilegios. Difícilmente podemos formar idea al presente de cuantas verdades gloriosas de nuestra fe fueron reveladas en su plenitud por la muerte de Cristo en la cruz; cuántas permanecieron cubiertas con un velo hasta que Su sangre fue derramada. Las esperanzas de Juan el Bautista y S. Pablo eran sin duda las mismas. Ambos estaban guiados por un solo Espíritu. Ambos reconocían su maldad. Ambos confiaban en el Cordero de Dios. Más no podemos suponer que Juan hubiera podido dar una descripción tan completa de la vía de salvación como S. Pablo. Ambos contemplaban el mismo objeto de fe; pero uno lo veía muy remoto, y podía describirlo solo de un modo general: el otro lo veía muy cerca, y podía dar más pormenores. Aprendamos a ser más agradecidos. El niño que sabe la historia de la cruz posee una clave de la ciencia de la religión que los patriarcas y profetas nunca tuvieron.

El último punto que llama nuestra atención en estos versículos es la solemne aseveración que en ellos se hace acerca del poder que tiene el hombre para dañar su propia alma. Se nos dice que «los Fariseos y los sabios de la ley desecharon el consejo de Dios contra sí mismos.» El sentido de estas palabras parece ser simplemente, que ellos desecharon el ofrecimiento de salvación que les hizo Dios. Rehusaron servirse de la puerta de salvación que les fue abierta con la predicación de Juan el Bautista. En resumen, ejecutaron al pie de la letra las palabras de Salomón: « Tu desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión.» Pro_1:25.

Que todo hombre tiene poder para condenarse eternamente al infierno, es una gran verdad fundamental de la Escritura, y verdad que debe estar continuamente delante de nuestra mente. Impotentes y débiles como somos todos para hacer lo que es bueno, somos por naturaleza poderosos para obrar lo que es malo. Por medio de la impenitencia y la incredulidad constantes, por medio de la obstinación en el pecado, por medio del orgullo, la rebeldía, la pereza, y el decidido apego al mundo, podemos atraernos la perdición sempiterna. Y si esto sucede, veremos que a nadie podemos culpar sino a nosotros mismos. Dios «no quiere la muerte del que muere,» Ezeq. 18:32. Cristo «quiere recoger» los hombres en su seno, si ellos quieren ser recogidos. Mat_22:37.

Los que son perdidos verán que han «perdido sus propias almas.» Marc. 8:36.

¿Qué estamos haciendo? Esta es la pregunta principal que el pasaje debe sugerir a nuestra mente. ¿Es probable que nos perdamos ó que nos salvemos? ¿Estamos en el camino que conduce al cielo ó en el que conduce al infierno? ¿Hemos recibido en nuestros corazones aquel Evangelio que hemos oído? ¿Vivimos realmente de acuerdo con aquella Biblia que protestamos creer? ¿Ó estamos caminando diariamente hacia un abismo, y arruinando nuestras mismas almas? Es doloroso pensar que los Fariseos no son las solas personas que «desechan el consejo de Dios.» Hay millares de personas llamadas cristianas que continuamente están haciendo lo mismo.

Luc 7:31-35

Aprendemos primeramente en estos versículos que los corazones de los no convertidos son con frecuencia tan terriblemente obstinados como malvados.

Nuestro Señor enseña esto por medio de una comparación notable, en la cual describe la generación de los hombres entre quienes vivió mientras estuvo en la tierra. Los compara con los muchachos, y dice que estos en sus juegos no eran más caprichosos, obstinados, y difíciles de agradar, que los Judíos de Su tiempo. Nada los satisfacía. Estaban siempre quejándose de todo. Cualquiera que fuera el medio que Dios emplease con ellos para su edificación espiritual, le hallaban faltas. Cualquiera que fuera el mensajero que Dios les enviase, no quedaban complacidos. Primero vino Juan el Bautista, viviendo una vida retirada ascética y de abnegación. Al momento dijeron los judíos: « Demonio tiene.» Después de él vino el Hijo del Hombre, que comía y bebía y adoptaba las costumbres de la vida social a manera de los demás hombres. Al instante lo acusaron los judíos de «ser un comilón y bebedor de vino.» En una palabra, era evidente que los Judíos se habían resuelto a no recibir absolutamente mensaje alguno de Dios. Sus objeciones eran solamente una capa para encubrir su aversión a la verdad de Dios. Lo que a ellos desagradaba en realidad era, no tanto los ministros de Dios, como el mismo Dios.

Quizás leamos esta aserción con admiración y sorpresa; y pensamos que nunca existieron hombres tan inicuamente injustos como estos judíos. Pero ¿estamos seguros de que su conducta no se está hoy día repitiendo continuamente entre nosotros? Extraño como pueda parecer a primera vista, la generación que ni quiera «bailar» cuando sus compañeras tocan la «flauta,» ni «llorar» cuando aquellos les endechan, es demasiado numerosa en la iglesia de Cristo. ¿No es un hecho que muchos que se esfuerzan por servir fielmente a Cristo, y por vivir en comunión con Dios, hallan que sus vecinos y parientes están siempre disgustados con su conducta. No obstante que vivan piadosamente y sean consecuentes a sus principios, siempre piensan mal de ellos. Si se separan enteramente del mundo, y viven, como Juan el Bautista, una vida retirada y ascética, levantan el grito diciendo que son exclusivistas, fanáticos, de genio áspero, y demasiado rígidos. Si, por el contrario, frecuentan la sociedad, y se esfuerzan cuanto pueden en tomar interés en las tareas y distracciones de sus prójimos, al punto dicen que no son mejores que las demás gentes, y que no poseen más religión que los que no hacen ningunas protestas de fe. Censuras como estas son demasiado comunes. Son pocos los cristianos que no las han recibido. Los siervos de Dios, cualquiera que sea su conducta, son acriminados en todos tiempos.

La verdad es, que el corazón del hombre no convertido aborrece a Dios. «El ánimo carnal es enemigo de Dios.» Tiene aversión a Su ley, a Su Evangelio, y a Su pueblo. Halla siempre alguna excusa para no creer ni obedecer. ¡La doctrina del arrepentimiento le parece demasiado estricta! ¡La doctrina de la fe y de la gracia demasiado fácil! ¡Juan el Bautista se separa demasiado del mundo! ¡Jesucristo se mezcla demasiado con el mundo! Y así el corazón del hombre se excusa siempre para permanecer en su pecado. Esto no debe sorprendernos. Debemos resignarnos a encontrar gentes no convertidas tan obstinadas, injustas, y difíciles de complacer como los Judíos del tiempo de nuestro Señor, Debemos dejar de pensar que podemos agradar a todo el mundo. Esto es imposible, y el intentarlo es solo perder el tiempo. Debemos contentarnos con seguir las huellas de Jesús y dejar que el mundo diga lo que quiera. Aunque hagamos cuanto esté a nuestro alcance nunca podremos satisfacerlo, ó poner fin a sus observaciones calumniosas. Primero censuró a Juan el Bautista, y después a nuestro bendito Maestro; y continuará cavilando, y censurando a los cristianos, mientras que uno de ellos quede sobre la tierra.

También se nos enseña en estos versículos que la sabiduría de Dios en todos sus designios es siempre reconocida y confesada por los que son de buen corazón.

Esto lo enseña una expresión algo oscura: « La sabiduría es justificada de todos sus hijos.» Pero parece difícil sacar otro sentido de estas palabras si se interpretan de una manera justa é imparcial. La idea que nuestro Señor deseó fijar en nuestro ánimo parece ser, que aunque la inmensa mayoría de los Judíos era empedernida é injusta, había algunos que no lo eran–y que aunque la muchedumbre no percibía ningún sabio designio en la misión de Juan el Bautista, y en la suya (de Jesús), había algunos pocos que si lo descubrían. Estos pocos eran los «hijos de la sabiduría.» Estos pocos, con sus vidas y su obediencia, declaraban ante el mundo, que los medios de que Dios se sirvió con los judíos eran sabios y equitativos, y que tanto Juan el Bautista como Jesús eran dignos de todo honor. En resumen, justificaron la sabiduría de Dios, y probaron ser verdaderamente sabios.

Estas palabras en que nuestro Señor se refiere a la generación entre la cual vivía, pintan un estado de cosas que se halla siempre en la iglesia cristiana. a pesar de las sofisterías, mofas, objeciones, y ásperas observaciones con que es recibido el Evangelio por la mayor parte del género humano, hay siempre en cada país algunos que lo aceptan y obedecen con gusto. Nunca falta un «pequeño rebaño «que oiga con alegría la voz del Pastor, y llame justos todos sus modos de obrar. Los hijos del mundo pueden hacer mofa del Evangelio, y llenar de desprecios a los creyentes, llamando necio todo lo que hagan, y no percibiendo ni sabiduría ni belleza en ninguna de sus acciones. Pero Dios cuidará de formarse un pueblo en todas las épocas. Siempre habrá algunos que sostengan la excelencia de las doctrinas y exigencias del Evangelio, y que «justifiquen la sabiduría» de Aquel que lo envió. Y a estos es, por mucho que el mundo los desprecie, a quienes Jesús llama sabios. Son «sabios para la salud, por medio de la fe que es en Cristo Jesús.» 2Ti_3:15.

Preguntémonos, al terminar este pasaje, si merecemos ser llamados hijos de la sabiduría. ¿Hemos sido enseñados por el Espíritu a conocer al Señor Jesucristo? ¿Se han abierto los ojos de nuestro entendimiento? ¿Poseemos la sabiduría que viene de lo alto? Si somos verdaderamente sabios, no tengamos vergüenza de confesar a nuestro Maestro delante de los hombres. Declaremos abiertamente que aprobamos todo su Evangelio, todo lo que enseña todo lo que exige. Puede ser que haya pocos con nosotros, y sí anchos contra nosotros. Puede suceder que el mundo se ría de otros y que a nuestra sabiduría apellide tontería. Más esa risa es de poca duración. La hora viene en que los pocos que han confiado a Cristo, y justificado en presencia de los hombres su modo obrar, serán confesados y justificados por él ante Su Padre y i ángeles.

Luc 7:36-50

La interesante narración contenida en estos versículos se encuentra solamente en el Evangelio de S. Lucas. Para poder ver toda la belleza del episodio, debemos leer, por estar conexionado con él, el capítulo once de S. Mateo. Descubriremos entonces el admirable hecho de que la mujer de que se hace mención en este lugar debió probablemente su conversión a las bien conocidas palabras: « Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.» Esta admirable invitación fue lo que la hizo sentir esa paz por la que se mostró tan agradecida. Un amplio y generoso ofrecimiento de perdón es generalmente el medio que Dios elige para atraer a los más grandes pecadores al arrepentimiento.

En este pasaje se ve que él hombre puede manifestar algún respeto externo hacia Cristo, y sin embargo permanecer sin convertirse. El Fariseo a quien se refiere este pasaje es un ejemplo de esta verdad El manifestó hacia nuestro Señor Jesucristo mucho más respeto del que otros le habían manifestado. Aun le rogó que fuera a comer con él. Sin embargo, permaneció entre tanto enteramente ignorante de la naturaleza del Evangelio de Cristo. Su corazón altivo se rebeló secretamente a vista de una pobre y contrita pecadora, a quien se le permitía ungir los pies de nuestro Señor. Hasta la hospitalidad que manifestó parece haber sido fría y ruin, nuestro Señor mismo dice: « No me diste agua para mis pies; no me diste beso; no ungiste mi cabeza con aceite.» En resumen, en todo cuanto el Fariseo hizo habla de una gran falta: había cortesía exterior, pero no amor del corazón.

Bueno será que no olvidemos la conducta de este Fariseo. Es posible tener una forma adecuada de religión y sin embargo no saber nada del Evangelio de Cristo; venerar el Cristianismo, y estar no obstante totalmente ciegos acerca de sus doctrinas cardinales; conducirse con comedimiento y civilidad en la iglesia, y sin embargo detestar con aversión terrible la justificación por la fe, y la salvación por la gracia. ¿Sentimos afecto verdadero hacia Jesús? ¿Podemos decir, «Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo?» ¿Hemos abrazado cordialmente su Evangelio? ¿Deseamos entrar en el cielo junto con los mayores pecadores, y queremos cifrar todas nuestras esperanzas en la gracia gratuita? Estas son preguntas que debemos considerar. Si no podemos contestarlas satisfactoriamente, no somos mejores en nada que Simón el fariseo; y nuestro Señor podría decirnos: «Una cosa tengo que deciros..

Así mismo nos enseña este pasaje que el amor y la gratitud son los de los que sirven fielmente a Cristo. La mujer a que alude este episodio tributó mucho más honor a nuestro Señor que el que le había tributado el Fariseo. «Y estando detrás a sus pies comenzó llorando a regar con lágrimas sus pies y los limpiaba con los cabellos de su cabeza; y besaba sus pies y los ungía con el ungüento.» Ningunas pruebas más fuertes de reverencia y respeto podía haber dado, y el móvil de tales demostraciones era el amor. Amaba a nuestro Señor, y creía que nada que hiciera por él seria bastante. Se sentía en sumo grado agradecida a nuestro Señor, y creía que ninguna demostración de gratitud que le hiciese seria demasiada costosa.

Servir más a Cristo es la necesidad universal de todas las iglesias. Este es un punto en que todas están acordes. Todas desean ver entre los cristianos mayor número de buenas obras, mayor abnegación, más obediencia en la práctica a los mandamientos de Cristo. Más ¿qué cosa producirá tales resultados?

Mientras no exista más amor sincero hacia Cristo, nadie servirá más a Cristo. El temor del castigo, la esperanza de la recompensa, la conciencia del deber, todos son estímulos útiles, a su modo, para inclinar a los hombres a la santidad. Pero son débiles é ineficaces, mientras quo el hombre no ame a Cristo.

Albérguese este móvil poderoso en el corazón de algún hombre, y veréis que cambio se efectúa en su vida.

No olvidemos esto jamás. Por mucho que el mundo se burle de los «sentimientos « religiosos, y por falsos y mentidos que estos sentimientos sean algunas veces, todavía queda en pié la gran verdad de que el sentimiento es la potencia motriz de nuestras acciones. Si no hemos dedicado nuestro corazón a Cristo, nuestras manos Saquearán. El trabajador que ama será siempre el que hace más en la viña del Señor.

Vemos, por último, en este pasaje, que la convicción de que nuestros pecados han sido perdonados es la fuente principal de donde mana nuestro amor hacia Cristo. Esta, sin duda fue la lección que nuestro Señor se propuso grabar en el ánimo del Fariseo, cuando le contó la historia de los dos deudores. «Uno debía a su acreedor quinientos denarios, y el otro cincuenta.» Ninguno de los dos tenia «con que pagar,» y a ambos perdonó la deuda. Siguió después la pregunta importante: « ¿Cuál de los dos le amará más?» «He aquí la verdadera razón,» dijo el Señor a Simón, del amor profundo que esta penitente ha manifestado.

Sus abundantes lágrimas, su tierno afecto, su veneración pública, la acción de ungir los pies del Señor, todo tuvo origen en una misma causa: se le había perdonado mucho, por lo tanto amaba mucho. Su amor fue el efecto del perdón, no la causa–la consecuencia, no la condición–el resultado, no el motivo–el fruto, no la raíz. ¿Quería saber el Fariseo por qué manifestó tanto amor esta mujer? Era porque sabia que se le había perdonado mucho. ¿Quería saber por qué él había mostrado tan poco amor a su convidado? Porque no se sentía obligado hacia El; no tenia convicción íntima de haber obtenido perdón; no se reputaba como deudor de Cristo.

Que viva siempre en nuestra memoria, y penetre profundamente en nuestro corazón el importante principio que nuestro Señor sienta en este pasaje. Es una de las grandes piedras angulares del Evangelio. Es una de las llaves maestras que abren los secretos del reino de Dios. El único medio de hacer piadosos a los hombres, es enseñar y predicar la concesión de un perdón gratuito y completo por mediación de Cristo. El secreto de nuestra piedad consiste en conocer y sentir que Cristo ha perdonado nuestros pecados. La paz con Dios es la única planta que producirá el fruto de la santidad. El perdón ha de preceder a la santificación. Nada haremos mientras no estemos reconciliados con Dios. Este es el primer paso en la religión. Trabajamos porque tenemos vida, no con el fin de obtenerla. Nuestras mejores obras antes de estar justificados no son otra cosa que pecados con ropajes espléndidos. Debemos vivir por la fe en el Hijo de Dios, y entonces, y no hasta entonces, caminaremos en sus sendas. El corazón que ha experimentado el amor clemente de Cristo, es el que ama a Cristo, y se esfuerza en darle loor y gloria.

Terminemos este pasaje con profundo reconocimiento de la admirable misericordia y compasión de nuestro Señor Jesucristo, con los mayores pecadores.

Veamos en su bondad hacia la mujer que ungió sus pies, una invitación a todos, por malos que sean para que se acerquen a El a obtener el perdón. Jesús no olvida sus palabras: «Al que viene a mí, de ningún modo rechazaré.» No debe perder la esperanza de ser salvo si tiene voluntad de acudir a Cristo.

Preguntémonos en conclusión, ¿qué estamos haciendo por la a de Cristo? ¿Qué género de vida estamos viviendo? ¿Qué prueba de amor estamos dando a Aquel que nos amó, y murió por nuestros pecados? Estos son preguntas serias. Si no podemos responderlas satisfactoriamente, tendremos razón para dudar de la realidad de nuestro perdón. La esperanza de perdón que no va empañada de amor durante la vida, no es esperanza absolutamente. El hombre cuyos pecados han sido realmente lavados demuestra siempre con sus obras que ama al Salvador que lo redimió

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