Vemos, por último, en este pasaje, que la convicción de que nuestros pecados han sido perdonados es la fuente principal de donde mana nuestro amor hacia Cristo. Esta, sin duda fue la lección que nuestro Señor se propuso grabar en el ánimo del Fariseo, cuando le contó la historia de los dos deudores. «Uno debía a su acreedor quinientos denarios, y el otro cincuenta.» Ninguno de los dos tenia «con que pagar,» y a ambos perdonó la deuda. Siguió después la pregunta importante: « ¿Cuál de los dos le amará más?» «He aquí la verdadera razón,» dijo el Señor a Simón, del amor profundo que esta penitente ha manifestado.
Sus abundantes lágrimas, su tierno afecto, su veneración pública, la acción de ungir los pies del Señor, todo tuvo origen en una misma causa: se le había perdonado mucho, por lo tanto amaba mucho. Su amor fue el efecto del perdón, no la causa–la consecuencia, no la condición–el resultado, no el motivo–el fruto, no la raíz. ¿Quería saber el Fariseo por qué manifestó tanto amor esta mujer? Era porque sabia que se le había perdonado mucho. ¿Quería saber por qué él había mostrado tan poco amor a su convidado? Porque no se sentía obligado hacia El; no tenia convicción íntima de haber obtenido perdón; no se reputaba como deudor de Cristo.
Que viva siempre en nuestra memoria, y penetre profundamente en nuestro corazón el importante principio que nuestro Señor sienta en este pasaje. Es una de las grandes piedras angulares del Evangelio. Es una de las llaves maestras que abren los secretos del reino de Dios. El único medio de hacer piadosos a los hombres, es enseñar y predicar la concesión de un perdón gratuito y completo por mediación de Cristo. El secreto de nuestra piedad consiste en conocer y sentir que Cristo ha perdonado nuestros pecados. La paz con Dios es la única planta que producirá el fruto de la santidad. El perdón ha de preceder a la santificación. Nada haremos mientras no estemos reconciliados con Dios. Este es el primer paso en la religión. Trabajamos porque tenemos vida, no con el fin de obtenerla. Nuestras mejores obras antes de estar justificados no son otra cosa que pecados con ropajes espléndidos. Debemos vivir por la fe en el Hijo de Dios, y entonces, y no hasta entonces, caminaremos en sus sendas. El corazón que ha experimentado el amor clemente de Cristo, es el que ama a Cristo, y se esfuerza en darle loor y gloria.
Terminemos este pasaje con profundo reconocimiento de la admirable misericordia y compasión de nuestro Señor Jesucristo, con los mayores pecadores.
Veamos en su bondad hacia la mujer que ungió sus pies, una invitación a todos, por malos que sean para que se acerquen a El a obtener el perdón. Jesús no olvida sus palabras: «Al que viene a mí, de ningún modo rechazaré.» No debe perder la esperanza de ser salvo si tiene voluntad de acudir a Cristo.
Preguntémonos en conclusión, ¿qué estamos haciendo por la a de Cristo? ¿Qué género de vida estamos viviendo? ¿Qué prueba de amor estamos dando a Aquel que nos amó, y murió por nuestros pecados? Estos son preguntas serias. Si no podemos responderlas satisfactoriamente, tendremos razón para dudar de la realidad de nuestro perdón. La esperanza de perdón que no va empañada de amor durante la vida, no es esperanza absolutamente. El hombre cuyos pecados han sido realmente lavados demuestra siempre con sus obras que ama al Salvador que lo redimió
