(ii) Fijémonos en la prueba que Jesús le ofreció. Le indicó Hechos. Los enfermos, los dolientes y los pobres humildes estaban experimentando el poder de Dios y escuchando la Buena Noticia. Esa no era la respuesta que muchos judíos habrían esperado. Si Jesús era el Mesías, el Rey ungido de Dios, habrían esperado: « Mis ejércitos están en marcha. Cesarea, el cuartel general de los Romanos, está a punto de caer. Se están borrando del mapa los pecadores. El juicio ha comenzado.» Pero lo que le dijo Jesús fue: « La misericordia de Dios está aquí.» Esa era la respuesta a Juan, que tal vez otros no habrían sabido comprender. Era más clara que un « sí» rotundo. Está claro que Juan conocía las Escrituras, y esperaba y anunciaba a un Mesías que cumpliría las profecías del « Siervo de Jehová», y que seria «El Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo.» Y Jesús le dice que se están cumpliendo las señales por las que los profetas habían anunciado que se reconocería al Mesías. Donde se mitiga el dolor y la tristeza se cambia en gozo, donde se destierran el sufrimiento y la muerte, allí está manifestándose el Reino de Dios. La respuesta de Jesús fue: «¡Volved a Juan a decirle que el amor de Dios está aquí!»
(iii) Cuando ya se habían ido los mensajeros de Juan, Jesús le dedicó el mayor elogio imaginable. Las multitudes habían salido al desierto para ver y oír a Juan, que no era precisamente una caña que se meciera al viento. Eso podía querer decir una de dos cosas.
(a) Nada era más corriente a orillas del Jordán que un junco que se doblara por la fuerza del viento. Era una frase proverbial que indicaba las cosas normales. Puede querer decir que la gente no fue al desierto para ver algo vulgar y corriente.
(b) Puede querer decir algo vacilante. Juan no era un hombre que se plegara ante las circunstancias o los poderosos de este mundo como un junco, sino inamovible como un árbol recio y fuerte.
Tampoco habían salido al desierto a ver a un tipo delicado y vestido de seda como los cortesanos de los palacios.
Entonces, ¿qué era lo que salieron a ver?
(a) El primer lugar, Jesús hace el más grande elogio de Juan. Los judíos esperaban que apareciera un gran profeta del pasado, Elías, para preparar el camino y anunciar la llegada del Rey ungido de Dios (Mal_4:5 ). Juan fue ese heraldo del Altísimo. Jesús le coloca por encima de todas las grandes figuras de la historia de Israel y del mundo, entre los que se encuentran hombres como Abraham y Moisés, que los judíos consideraban insuperables y aun incomparables.
(b) En segundo lugar, Jesús reconoce claramente las limitaciones de Juan al decir que el más pequeñito en el Reino de Dios es mayor que él. ¿Por qué? Algunos han dicho que porque Juan dudó en su fe, aunque fuera sólo por un momento. Pero no es por eso, sino porque Juan estaba antes de la línea divisoria de la Historia. Desde que Juan hizo su proclamación, Jesús había venido; la eternidad había invadido el tiempo, y el Cielo la Tierra; Dios había venido en la persona de su Hijo, y la vida ya no podía ser la misma. Ponemos la fecha de todo lo que ha sucedido diciendo antes de Cristo (a C.) o después de Cristo (d C.). Jesús es el que divide la Historia. Por tanto, a todos los que vivimos después de su venida y le recibimos se nos ha concedido una bendición mayor que a los que vivieron antes. La entrada de Jesús en el mundo divide en dos el tiempo y toda la vida. Si alguno está en Cristo, es una nueva creación (2Co_5:17 ).
Como dijo el mártir cristiano Bilney: «Cuando leí que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, fue como si la oscuridad de la noche se hubiera convertido de pronto en luz del día.»
LA PERVERSIDAD DE LOS HOMBRES
-Pero los fariseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos -siguió diciendo Jesús-. ¿Con quién se podrían comparar los de estos tiempos? ¿A quién se parecen? Yo diría que son como los chiquillos que se ponen a jugar en la plaza del pueblo, y que se chillan unos a otros: «¡Nos pusimos a tocar la flauta, y no quisisteis bailar; y luego empezamos a jugar a entierros, y tampoco os dio la gana de poneros de duelo!» Vino Juan el Bautista, que llevaba una vida ascética, y dijisteis: «¡Está endemoniado!» Y vengo yo, que disfruto de la vida como otro cualquiera, y decís: «¡Vaya comilón y borrachín que nos ha caído! Y encima, amigo de publicanos renegados y de otra gente de mal vivir con la que no se relacionaría ningún judío decente. Pero los sabios reconocen ,a la sabiduría.
