Aprendamos a pedir en nuestras oraciones humildad al leer llaman buenas colocaciones son con frecuencia las que arruinan por toda la eternidad a los que las obtienen.
Luc 7:11-17
EL pasmoso acontecimiento descrito en estos versículos, se encuentra referido solamente en el Evangelio de S. Lucas. Es uno de los tres grandes milagros en que nuestro Señor restituye la vida a los muertos, y, como la resurrección de Lázaro, y la de la hija del jefe de la congregación, se considera con razón como uno de los más grandes milagros que hizo sobre la tierra. En todos tres se nos deja ver el poder divino.- En cada uno vemos una prueba consoladora de que el Príncipe de la Paz, es más fuerte que «el rey de los terrores,» y que aunque la muerte, el postrer enemigo, es poderosa, no es tan poderosa como el Protector del pecador.
En estos versículos percibimos que pesares ha traído el pecado al mundo. Se nos refiere un entierro en Nain. Todos los entierros son espectáculos tristes, pero es difícil imaginar uno más triste que este. Era el entierro de un joven, y de un joven hijo único de una viuda. No hay un detalle en toda la narración que no revele infortunio. Y todo este infortunio, preciso es tener presente, fue traído al mundo por el pecado. Dios no lo creó al principio cuando hizo todas las cosas «muy buenas.» El pecado es la causa de todo mal. «El pecado entró en el mundo,» cuando Adán cayó, «y por el pecado, la muerte.»Rom_5:12.
No olvidemos jamás esta gran verdad. El mundo a nuestro derredor está lleno de pesares. Enfermedades, y dolores, y flaquezas, y pobreza, y trabajos, é incomodidades, abundan por todas partes. Desde un extremo al otro del mundo, las historias de familia están llenas de lágrimas, duelo y dolor. ¿Y de dónde proviene todo esto? El pecado es la fuente de donde mana. No habría habido lágrimas, ni ansiedades, ni enfermedades, ni muertes, ni funerales en la tierra, si no hubiera habido pecado. Debemos sufrir con paciencia este estado de cosas. No podemos alterarlo. Demos gracias a Dios porque en el Evangelio se ofrece el remedio, y porque esta vida no es el fin de nuestra existencia. Pero entre tanto, atribuyamos el mal a su verdadero origen: al pecado.
¡Cuánto no deberíamos aborrecer el pecado! En vez de amarlo, de apegarnos a el, de acariciarlo, y de disimular su fealdad, debemos aborrecerlo con aversión implacable. El pecado es el azote y plaga de este mundo. No hagamos paz con él Hagámosle guerra sin tregua. Es «la cosa abominable que Dios aborrece.» Feliz aquel que ama a Dios, y puede decir: «Aborrezco lo malo.» Rom_12:9.
Estos versículos nos enseñan así mismo cuan compasivo es el corazón de nuestro Señor Jesucristo. Su conducta en el entierro de Nain nos lo da a conocer.
Encuentra el cortejo fúnebre que seguía al joven al sepulcro, y se mueve a compasión al verlo. No espera que se acuda a El por auxilio. Según parece, el auxilio que dio no fue ni pedido ni esperado. Vio a la madre llorosa, y conoció bien cuales debían ser sus sentimientos, porque El también había nacido de mujer. Al momento se dirige a ella, con palabras a la vez sorprendentes y conmovedoras, y le dice: « No llores.» Unos pocos segundos más y el significado de estas palabras se revela. El hijo fue restituido con vida a su madre viuda. Su oscuridad se tornó en luz, y el pesar en gozo.
Nuestro Señor Jesucristo nunca varía: es el mismo ayer, hoy, y siempre. Su corazón es aún tan tierno como cuando estaba en la tierra. Su compasión hacia los que sufren es todavía tan fuerte como entonces. Tengamos esto presente, y sírvanos de consuelo. No hay amigo que pueda compararse a Cristo. En todos nuestros días de tristeza, que deben necesariamente ser muchos, acudamos primeramente a Jesús, el Hijo de Dios, por consuelo. El nunca nos abandonará, nunca nos dejará burlados, nunca rehusará tomar interés en nuestros pesares. Aún vive Aquel que hizo rebosar de gozo el corazón de la viuda de Nain. Vive aún para recibir a todos los cargados y agobiados que vengan a El con fe. Vive aún para consolar a los de corazón quebrantado, y ser un Amigo más afectuoso que un hermano. Y vive para hacer algún día cosas mayores que estas: vive para aparecerse otra vez a los creyentes, para enjugar todas sus lágrimas, y que no lloren más.
En estos versículos vemos, finalmente, el omnipotente poder de nuestro Señor Jesucristo. De esto no podemos pedir prueba más patente que el milagro ya citado. Con unas pocas palabras vuelve a la vida a un hombre. Habla a un cadáver helado, y al momento este se torna en persona viviente. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, el corazón, los pulmones, el cerebro, los sentidos, resumen sus operaciones y desempeñan sus funciones. «Mancebo,» exclamó, « a ti digo, levántate.»Esta voz fue una voz poderosa. Al instante se incorporó el muerto, y empezó a hablar.
Este gran milagro confirma la certeza de un hecho solemne: la resurrección universal. El mismo Jesús que resucitó entonces a un muerto, resucitará a todo el género humano en el último día. «Vendrá la hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y los que hicieron bien saldrán, a resurrección de vida; y los que hicieron mal a resurrección de condenación.» Joh_5:28-29. Cuando suene la trompeta y Cristo mande, no habrá lugar a negativa ó fuga.
