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Lucas 7: La Fe de un soldado

Todos tienen que comparecer ante su tribunal en sus propios cuerpos. Todos serán juzgados según sus obras.

Vemos, además, en este gran milagro un emblema viviente del poder de Cristo para dar vida a los muertos en el pecado. En él se encuentra la vida: él da vida a los que quiere. Joh_5:21. El puede tornar a nueva vida almas ya muertas en vanidad mundana y en pecado. El puede decir a corazones que ya parecen corrompidos y sin vida: « Levantaos al arrepentimiento y vivid en el servicio de Dios.» No desesperemos nunca del bien de alma alguna. Oremos por nuestros hijos, y no nos desalentemos. Por mucho tiempo puede parecer que los jóvenes de ambos sexos están siguiendo el camino que conduce a la perdición. Más continuemos orando. Quién puede decir que Aquel que encontró el entierro a las puertas de Nain, no pueda aún venir hacia nuestros hijos no convertidos y decir con autoridad omnipotente, « A ti te digo, levántate.» Para Cristo nada es imposible.

Antes de terminar este pasaje meditemos con solemnidad en lo que está anunciado para el último día. Se nos refiere que todos fueron sobrecogidos de temor cuando fue resucitado el mancebo. ¿Cuales serán pues las emociones del género humano cuando todos los muertos se levanten simultáneamente? El que no se haya convertido puede temer con razón la llegada de ese día, pues no está preparado para encontrar a Dios. Más el verdadero cristiano nada tiene que temer; puede descender al sepulcro con calma y tranquilidad. Por la fe en Cristo ha sido justificado y santificado, y cuando resucite contemplará a Dios sin temor.

Luc 7:18-23

El mensaje que Juan el Bautista envió a nuestro Señor y que se refiere en estos versículos es señaladamente instructivo, si consideramos las circunstancias en que fue enviado. Juan el Bautista en esa época estaba preso en poder de Herodes. «Oyó en la prisión los hechos de Cristo.» Mat_11:2. Su vida iba acercándose a su fin. Su oportunidad para prestar servicios había pasado. Una larga prisión, ó una muerte violenta, era lo único que podía esperar. Sin embargo, aun en estos días de sufrimiento, vemos a este hombre santo manteniéndose en su puesto como testigo en favor de Cristo. Es el mismo que había exclamado: «He aquí el Cordero de Dios.» Dar testimonio de Cristo era su continua tarea cuando predicaba libremente. Enviar mensajeros a Cristo fue una de sus últimas obras cuando se hallaba prisionero en cadenas.

Debemos observar en estos versículos la sabia previsión que Juan mostró por sus discípulos antes de dejar el mundo. Se nos refiere que envió a dos de ellos a Jesús con un mensaje en que le preguntaba: ‹ ¿Eres tú aquel que había de venir, ó esperaremos a otro?» Pensó sin duda que ellos recibirían una respuesta que dejaría una impresión indeleble en sus mentes. Y pensó bien; porque se les replicó, con los hechos, lo mismo que de palabra; todo lo cual produjo probablemente efecto más profundo que cualesquiera argumentos que hubieran podido oír de los labios de su maestro.

Podemos fácilmente imaginar que Juan el Bautista debió haber sentido mucha ansiedad por el porvenir de sus discípulos. Conocía su ignorancia y debilidad en la fe; sabia cuan natural era que mirasen a los discípulos de Jesús con envidia; sabia cuan probable era que se despertase entre ellos el despreciable espíritu de partido, é hiciera que se mantuviesen alejados de Cristo, después que su maestro hubiera muerto. Contra estas desgracias desea prepararlos mientras vive, y envía dos de ellos a Jesús para que vean por sí mismos qué clase de maestro es, no sea que lo rechacen sin verlo ni oírlo. Cuida de ponerlos en vía de adquirir la mejor; evidencia de que nuestro Señor es verdaderamente el Mesías. Semejante a su divino Maestro habiendo amado a sus discípulos, los ama hasta el fin. Y ahora, conociendo que va a separarse pronto de ellos, hace por dejarlos bien recomendados y procura que hagan Conocimiento con Cristo.

¡Qué lección tan instructiva es esta para los ministros y padres de familia–para todos los que tienen que cuidar de las almas de otros! Debemos esforzarnos, como Juan el Bautista, en proveer de antemano a la felicidad espiritual de los que dejemos detrás a nuestra muerte. Debemos con frecuencia hacerles presente que no podemos estar siempre con ellos. Debemos instarles a menudo que se guarden del camino espacioso cuando seamos separados de ellos, y queden solos en el mundo. Debemos no ahorrar esfuerzos para que todos los que por cualquier motivo esperen en nuestra protección se alleguen y conozcan a Cristo. ¡Felices aquellos ministros y padres de familia cuyas conciencias no los acusen en su lecho de muerte, por no haber dicho a sus oyentes é hijos que vayan a Jesús y lo sigan! En segundo lugar debemos observar en estos versículos la respuesta singular que los discípulos de Juan recibieron de nuestro Señor. Se nos dice que «en la misma hora sanó él a muchos de enfermedades y de plagas.» Y después respondió Jesús, y les dijo: «Id y dad las nuevas a Juan de lo que habéis visto y oído.» No afirma de una manera explícita que El es el Mesías prometido; más sencillamente presente los hechos a los mensajeros para que los trasmitan a su maestro, y los despide. El sabía bien qué uso Juan el Bautista haría de estos hechos. él sabía que diría a sus discípulos: « Ved en el que ha hecho estos milagros a un profeta más grande que Moisés. Este es aquel a quien debéis oír y seguir, cuando yo muera. Este es verdaderamente el Cristo..

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