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Lucas 7: La Fe de un soldado

Este pasaje contiene dos grandes advertencias.

(i) Nos expone los peligros del libre albedrío. Los escribas y los fariseos habían conseguido hacer fracasar el plan que Dios tenía para ellos. La maravillosa verdad del Evangelio es que Dios no se impone por fuerza, sino que se ofrece por amor.

Ahí es donde podemos vislumbrar el dolor de Dios. Siempre es la gran tragedia del amor el ver a una persona amada que ha escogido el mal camino, y ver lo que hubiera podido ser. Es el mayor dolor de la vida. Como ha dicho alguien: « De todas las palabras tristes que captan el ojo o el oído, las más tristes de todas son «pudiera haber sido».»

La tragedia de Dios también es el « pudiera haber sido» de la vida. Como dice G. K. Chesterton: « Dios había escrito, no tanto un poema, como una comedia; una comedia que había concebido perfecta, pero que tuvo que dejar por necesidad a directores y actores humanos, que la han convertido en una tragedia.» Que Dios nos libre de hacer de la vida un naufragio y producirle dolor de corazón al usar nuestra libertad para frustrar sus propósitos.

(ii) Nos expone la perversidad humana. Juan había venido, viviendo con la austeridad de un ermitaño, y los escribas y los fariseos habían dicho que era un loco excéntrico, y que algún demonio le había sorbido el coco. Jesús había venido, viviendo la vida de la gente y participando de sus actividades, y se burlaban de Él diciendo que le gustaban demasiado los placeres terrenales. Todos tenemos una idea de cómo se comportan los niños cuando todo les parece mal y nada les interesa. El corazón humano se puede perder en una perversidad tal que todas las llamadas de Dios le producirán un descontento pueril.

(iii) Pero hay unos pocos que responden; y «los hijos de la sabiduría» le dan la razón a la sabiduría de Dios. Los hombres pueden usar mal su libertad para frustrar los propósitos de Dios; o, en su perversidad, hacerse ciegos y sordos a todas sus llamadas. Si Dios hubiera usado una fuerza coercitiva y encadenado al hombre a una voluntad a la que no pudiera resistirse, el mundo estaría poblado por autómatas, y tal vez todo estaría en perfecto orden; pero Dios escogió el peligroso camino del amor, y el amor acabará triunfando.

EL AMOR DE UNA PECADORA

Uno de los fariseos invitó a Jesús a una comida, y Él fue a la casa y se acomodó a la mesa.

Había en aquel pueblo una mujer de mala vida que, cuando se enteró de que Jesús estaba invitado a comer en casa del fariseo, tomó un frasquito de alabastro lleno de esencia y se puso a los pies de Jesús, que estaba reclinado en el sofá. En seguida se puso a llorar de tal manera que le corrían las lágrimas por los pies de Jesús, y ella se los secaba con los cabellos mientras se los cubría de besos y con el perfume que había traído.

Cuando vio aquello el fariseo que había invitado a Jesús, se dijo para sus adentros:

-Este ni es profeta ni es nada, porque ni siquiera se ha dado cuenta de la clase de mujer que le está tocando, que es una de ésas.

-Simón -le dijo Jesús-, te quiero decir una cosa.

-Di todo lo que quieras, Maestro -le contestó Simón.

-Había una vez un acreedor al que dos hombres le debían dinero -empezó a contar Jesús-. El uno le debía quinientas mil pesetas, y el otro, cincuenta mil; y como ninguno de los dos tenía para devolvérselo, les perdonó la deuda a los dos. Dime, Simón: ¿Cuál de los dos crees tú que le amará más?

-Pues, supongo que el que debía más y se le perdonó.

-Eso es lo más razonable -dijo Jesús; y añadió, volviéndose a la mujer-: ¡Fíjate en esta mujer! Cuando entré en tu casa, tú no me ofreciste agua para lavarme los pies; pero esta mujer me ha regado los pies con lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú tampoco me diste el beso de bienvenida; pero esta mujer, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú tampoco me diste nada para el pelo; pero esta mujer me ha perfumado los pies con esencia. Por todo lo cual te digo que tienen que haber sido muchos los pecados que se le han perdonado, porque da muestras de un gran amor. Pero está claro que el que cree que no necesita gran cosa de perdón, no ama gran cosa.

Y entonces se dirigió a la mujer y le dijo:

-Tus pecados se te han perdonado.

-¿Quién se ha creído que es éste, que hasta perdona los pecados? -empezaron a decirse los otros invitados unos a otros. Pero Jesús le dijo a la mujer:

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