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Lucas 7: La Fe de un soldado

(vi) Era un hombre de fe. Y su fe estaba basada en los argumentos más sanos. Razonaba del aquí y ahora al allí y entonces, de su propia experiencia a Dios. Si su autoridad producía resultados, ¡cuánto más los produciría la de Jesús! Tenía la perfecta confianza del que mira hacia arriba y dice: «Señor, yo sé que puedes hacerlo.» Si tuviéramos una fe así, nos sucederían milagros y la vida sería nueva.

LA COMPASIÓN DE JESÚS

Poco después, Jesús fue a un pueblo que se llamaba Naín, en compañía de muchos de sus discípulos y de una gran cantidad de seguidores.

Cuando ya estaba cerca de la entrada del pueblo -¡fijaos!- se encontró con una comitiva de entierro; el que había muerto era el hijo único de una mujer viuda, a la que acompañaban muchos del pueblo.

Al Señor le dio mucha pena verla así, y le dijo:

No llores más.

Y entonces se puso delante de la comitiva, y puso la mano en el féretro, de forma que los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:

-¡Joven, te estoy hablando a ti, levántate!

Al instante, el que había estado muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo devolvió a su madre. Todos los presentes estaban llenos de santo temor, y se pusieron a dar gracias a Dios y a decir:

-¡Ha aparecido entre nosotros un gran profeta como los antiguos! ¡Dios ha intervenido en ayuda de su pueblo!

La noticia de lo que había sucedido se fue extendiendo por toda Judasa y por las tierras de alrededor.

En este pasaje, como en el inmediatamente anterior, el que hace el relato es el médico Lucas. En el versículo 10 nos había aparecido un término médico que tradujimos como completamente restablecido, que indica una total curación de la cabeza a los pies. En el versículo 15, la palabra para sentarse corresponde al término médico que se usa para estar sentado en la cama. Naín estaba a un día de camino de Cafamaún, entre Endor y Sunén, donde Eliseo había resucitado al hijo de otra madre (2Ki_4:18-37 ). Hasta el día de hoy, a diez minutos andando desde Endor hay un cementerio de tumbas hechas en la roca.

En muchos sentidos ésta es la historia más bonita de los evangelios.

(i) Nos habla del dolor y de la angustia de la vida humana. La procesión fúnebre iría precedida por una banda de plañideros profesionales, con flautas y címbalos, lanzando sus gritos y lamentos en un verdadero frenesí; pero todo el dolor inmemorial del mundo se encierra en la austera frase «hijo único de una mujer viuda.» «Nunca se pasa del crepúsculo matutino al vespertino sin que se quiebre de dolor algún corazón.» Como dice Shelley en su lamento por Keats,

Mientras los cielos estén azules y los campos verdes,
la tarde introduzca a la noche, y la noche espere al mañana;
un mes seguirá a otro con dolor
y un año a otro año con duelo.

El poeta latino Virgilio dedica una frase inmortal a «las lágrimas de las cosas» -sunt lacrimae rerum. Vivimos en un mundo de corazones rotos.

(ii) A lo patético de la vida Lucas superpone la compasión de Cristo. A Jesús se le conmovió el corazón. No hay una palabra más fuerte en griego para la compasión que la que una y otra vez se aplica en los evangelios a Jesús (Mat_14:14 ; Mat_15:32 ; Mat_20:34 ; Mar_1:41 ; Mar_8:2 ).

Para el mundo antiguo esto tiene que haber sido sumamente sorprendente. La filosofía más noble de la antigüedad era el estoicismo, y los estoicos creían que la característica principal de Dios era la apatía, la incapacidad para sentir. Y lo razonaban diciendo que, si alguien puede hacer que otro esté triste o apesadumbrado, alegre o gozoso, eso quiere decir que, al menos por un momento, puede influir en el otro, es mayor que él. Ahora bien, nadie puede ser mayor que Dios; por tanto, nadie puede producirle a Dios un sentimiento; por tanto, Dios es incapaz de sentir.

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