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Lucas 7: La Fe de un soldado

La respuesta que nuestro Señor dio a los discípulos de Juan contiene una gran lección de utilidad práctica que haremos bien en recordar. Nos enseña que el modo más eficaz de determinar el grado de mérito de las iglesias y de los ministros, es examinar las obras que hacen por amor de Dios, y los frutos que producen. ¿Queremos saber si una iglesia es pura y merecedora de confianza? ¿Queremos saber si un ministro tiene verdadera vocación, y es ortodoxo en la fe? Apliquemos aquella antigua escuadra que se llama la Escritura: «Por sus frutos los conoceréis.» Como Cristo fue conocido por sus obras y por su doctrina, así mismo deben serlo las iglesias fieles, y los fieles ministros de Cristo. Cuando los que atan muertos en pecado no son resucitados, y los ciegos no reciben la vista, y a los pobres no se les anuncia el Evangelio, habrá, por lo general, razón para sospechar la falta de la presencia de Allí, donde él esté, será visto y oído. Donde él esté, habrá no solamente profesión, ritos, ceremonias, y otras demostraciones religiosas de esa clase, sino también progreso real y visible en el corazón y en la vida del creyente.

Últimamente, debemos observar en estos versículos la solemne admonición que nuestro Señor hizo a los discípulos de Juan. El conocía el peligro en que se hallaban. Sabia que a causa de su exterior humilde estaban inclinados a dudar que El fuese el Mesías. No descubrían indicios algunos de que fuera rey: nada de riquezas, nada de aparato real, nada de guardias, nada de cortesanos, nada de coronas. Veían solamente a un hombre, que al parecer era tan pobre como cualquiera de ellos, acompañado de unos pocos pescadores y publícanos. Su orgullo rechazaba con indignación la idea de que semejante persona fuese el Cristo. «¡Es increíble!» «¡Debe de haber alguna equivocación!» Pensamientos como estos, con toda probabilidad, cruzaban su mente. Nuestro Señor leyó sus corazones, y los despidió con una advertencia significativa. «Bienaventurado es,» les dijo, «el que no fuere escandalizado en mí..

Esta admonición es tan necesaria ahora como lo fue entonces. Mientras que dure el mundo, Cristo y Su Evangelio serán «piedra de escándalo « para muchos.

Oír que nosotros todos estamos perdidos y somos culpables pecadores, y que no podemos salvarnos sin el auxilio divino; oír que no debemos cifrar esperanzas en nuestra propia rectitud sino más bien confiar en Aquel que fue crucificado entre los ladrones; oír que tenemos que contentarnos con entrar en el cielo al lado de los publícanos y de las rameras; y oír, en fin, que nuestra salvación es toda de gracia y gratuita– esto, decimos, repugna siempre al hombre carnal. No puede agradar a nuestros corazones orgullosos. Tiene que disgustarnos.

Que se grabe profundamente en nuestras memorias la admonición contenida en estos versículos. Estemos alerta para no tropezar. Guardémonos de «ser escandalizados» por las humildes doctrinas del Evangelio, ó por la vida santa que prescribe a los que lo reciben. El orgullo secreto es uno de los peores enemigos del hombre; ha sido y será cansa de la ruina de millares de almas. Millares habrá en el último día a quienes se ha ofrecido la salvación, pero que la han rehusado por no haberles gustado las condiciones. No quisieron condescender a «entrar por la puerta angosta..

No quisieron venir humildemente como pecadores al trono de la gracia. En una palabra «se escandalizaron.» Y entonces revelará el profundo sentido de las palabras de nuestro Señor: «Y bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí..

Luc 7:24-30

El primer punto que llama nuestra atención en este pasaje es él solícito cuidado que Jesús tiene del buen nombre de sus fieles servidores. Defiende la reputación do Juan tan luego como sus mensajeros se retiran. Vé que las gentes que tenia al rededor no están inclinadas a pensar muy bien de Juan, en parte por estar este en prisión, ya a causa de la pregunta que sus discípulos habían acabado de hacer; y defiende la causa de su amigo ausente con palabras convincentes. Manda a sus oyentes que desechen de la mente las dudas indignas y recelosas acerca de este hombre santo; les dice que Juan no es de carácter ligero ó veleidoso cual caña agitada por el viento; les dice también que Juan no era mero cortesano, ni adulador de los reyes, aunque al fin de su misión las circunstancias lo habían colocado en contacto con el rey Herodes; les asegura que Juan es más que profeta, porque es el profeta que había sido profetizado, y concluye su defensa con estas palabras notables: « Entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista..

Hay algo sumamente afectuoso en estas palabras de nuestro Señor en favor de Su siervo ausente. La situación de Juan en aquel entonces era muy diferente do lo que fue al principio de su obra. En otros días había sido el predicador mejor conocido y más popular. Hubo un tiempo en que «salían a él Jerusalén y toda la Judea–y eran bautizados por él en el Jordán.» Mat_3:8 Ahora era un prisionero solitario en poder de Herodes, desamparado, sin amigos, y sin otra esperanza en este mundo que la muerte. Pero la ausencia de las simpatías del hombre no es prueba de que Dios esté airado. Juan el Bautista tenía un Amigo que nunca le faltó, que nunca lo abandonó–un Amigo cuya bondad no seguía el flujo y reflujo de la popularidad de Juan, sino que era siempre la misma.

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