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Lucas 7: La Fe de un soldado

Sírvanos de ejemplo la conducta del centurión. Como él, demos muestras de benevolencia a todos aquellos con quienes nos tratemos. Empeñémonos en tener una mano dispuesta a socorrer, y un corazón inclinado a sentir, y una voluntad pronta a hacer bien a todo el mundo. Estemos dispuestos a llorar con los que lloran, y a alegrarnos con los que están alegres. Este es un medio de hacer simpática nuestra religión, y de enaltecerla ante los ojos de los hombres. La bondad es una virtud que todos pueden alcanzar; y por la cual nos hacemos semejantes a nuestro bendito Salvador. Si hay algún rasgo de su carácter más notable que otro, es su bondad no interrumpida y su amor. El bondadoso será feliz y prospero aun en esta vida. La persona benéfica rara vez estará sin amigos.

Debemos observar también en este pasaje la humildad del centurión. Manifiéstese en el mensaje verbal que envió a nuestro Señor cuando este estaba cerca de su casa: «No soy digno de que entres debajo de mi techo; por lo cual ni aun me tuve por digno de venir a ti.» Tales expresiones forman un contraste sorprendente con el lenguaje que usaron, los ancianos de los judíos. «Digno es,» dijeron, «de concederle esto.» «No soy digno,» dice el buen centurión, « de que entres debajo de mi techo..

Humildad como esta es una de las pruebas más fuertes de que el Espíritu de Dios mora en el corazón. De ella no sabemos nada por naturaleza, porque todos nacemos soberbios. Convencernos de pecado, exponer nuestra propia vileza y corrupción, colocarnos en lugar que nos corresponde, hacernos sumisos y abatidos–he aquí algunas de las principales obras que el Espíritu Santo realiza el corazón del hombre. Pocas expresiones de nuestro Señor son más rechazadas como las que terminan la parábola del Fariseo y el publicano: «Cualquiera que se ensalza será humillado, y oí que se humilla será ensalzado.» Luk_18:14. Poseer grandes idas y hacer grandes obras por Dios, no es dado a todos los oyentes. Pero todos los creyentes deben procurar ser humildes.

Debemos notar además la fe del centurión. De ella tenemos una, prueba en la súplica que hizo a nuestro Señor: «Di tan solo palabra, y mi criado será sano.» El cree superfluo que nuestro Señor vaya al lugar en que su criado yace moribundo. Considera al Señor ejerciendo sobre las enfermedades una autoridad tan completa como la que él tenia sobre sus soldados, ó como la del aperador Romano sobre él; confía en que una palabra de Jesús, bastante para expeler la enfermedad; no quiere ver señal ó milagro alguno; y expresa su convicción de que Jesús es Señor y Rey Todopoderoso, y de que las enfermedades, cual siervos obedientes a órdenes, desaparecerán prontamente.

Fe como esta era, a la verdad, muy rara cuando el Señor Jesús estaba en la tierra. «Muéstranos una señal del cielo,» fue lo que exigieron los despreciativos Fariseos. Ver alguna cosa maravillosa fue el gran deseo del gentío que agolpado seguía a nuestro Señor. No hay que extrañar, pues estas palabras notables, «Jesús se maravilló de él,» y que dijera a las gentes, «Os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.» Ningunos debieran haber tenido una el vuelo a sus altos pensamientos con algunas palabras oportunas «Muchos que son primeros serán últimos, y los últimos primeros..

¡Que verdad no encierran estas palabras aun aplicadas a los doce apóstoles! Entre los que oían a nuestro Señor se encontraba un hombre que por algún tiempo pareció ser uno de los más preeminentes de los doce. Tenía a su cuidado el tesoro y guardaba lo que en él se ponía; y, sin embargo, ese hombre cayó y tuvo un fin desastroso. Se llamaba Judas Iscariote. Por el contrario, entre los oyentes de nuestro Señor no se encontraba aquel día uno que en época posterior hizo más por Cristo que todos los doce. Cuando nuestro Señor hablaba así era aún un joven fariseo, que se educaba a los pies de Gamaliel, y que por nada sentía tanto celo como por la ley. Y, sin embargo, ese joven al fin fue convertido a la fe do Cristo, no se quedó atrás de los principales de los apóstoles, y trabajó más que todos. Su nombre era Saulo. Con razón dijo nuestro Señor, «los primeros serán últimos, y los último s primeros..

¡Que verdaderas son esas palabras, cuando las aplicamos a la historia de las iglesias cristianas! Hubo un tiempo que el Asia Menor, la Grecia, y el África Septentrional estaban llenas de cristianos, mientras que la Inglaterra y la América eran países paganos. Mil y seiscientos años han producido un gran cambio.

Las iglesias de África y de Asia se han hundido en una ruina completa, al mismo tiempo que las iglesias de Inglaterra y de América están trabajando en extender por el mundo el Evangelio. Con razón pudo decir nuestro Señor que «los primeros serán los últimos, y los últimos primeros..

¡Cuan verdaderas parecen estas palabras a los creyentes, cuando registran sus pasadas vidas y recuerdan todo lo que han visto desde el día de su conversión! Cuantos empezaron a servir a Cristo en la misma época que ellos y al parecer marcharon bien por algún tiempo. ¿Pero en donde se encuentran ahora? El mundo ha cautivado a uno; falsas doctrinas han extraviado a otro; un matrimonio malo ha echado a perder a un tercero; y pocos son los creyentes que no puedan recordar muchos casos parecidos. Pocos son los que al fin no descubren que «los últimos son a menudo los primeros, y los primeros últimos.

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