Preguntémonos, al terminar este pasaje, si merecemos ser llamados hijos de la sabiduría. ¿Hemos sido enseñados por el Espíritu a conocer al Señor Jesucristo? ¿Se han abierto los ojos de nuestro entendimiento? ¿Poseemos la sabiduría que viene de lo alto? Si somos verdaderamente sabios, no tengamos vergüenza de confesar a nuestro Maestro delante de los hombres. Declaremos abiertamente que aprobamos todo su Evangelio, todo lo que enseña todo lo que exige. Puede ser que haya pocos con nosotros, y sí anchos contra nosotros. Puede suceder que el mundo se ría de otros y que a nuestra sabiduría apellide tontería. Más esa risa es de poca duración. La hora viene en que los pocos que han confiado a Cristo, y justificado en presencia de los hombres su modo obrar, serán confesados y justificados por él ante Su Padre y i ángeles.
Luc 7:36-50
La interesante narración contenida en estos versículos se encuentra solamente en el Evangelio de S. Lucas. Para poder ver toda la belleza del episodio, debemos leer, por estar conexionado con él, el capítulo once de S. Mateo. Descubriremos entonces el admirable hecho de que la mujer de que se hace mención en este lugar debió probablemente su conversión a las bien conocidas palabras: « Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.» Esta admirable invitación fue lo que la hizo sentir esa paz por la que se mostró tan agradecida. Un amplio y generoso ofrecimiento de perdón es generalmente el medio que Dios elige para atraer a los más grandes pecadores al arrepentimiento.
En este pasaje se ve que él hombre puede manifestar algún respeto externo hacia Cristo, y sin embargo permanecer sin convertirse. El Fariseo a quien se refiere este pasaje es un ejemplo de esta verdad El manifestó hacia nuestro Señor Jesucristo mucho más respeto del que otros le habían manifestado. Aun le rogó que fuera a comer con él. Sin embargo, permaneció entre tanto enteramente ignorante de la naturaleza del Evangelio de Cristo. Su corazón altivo se rebeló secretamente a vista de una pobre y contrita pecadora, a quien se le permitía ungir los pies de nuestro Señor. Hasta la hospitalidad que manifestó parece haber sido fría y ruin, nuestro Señor mismo dice: « No me diste agua para mis pies; no me diste beso; no ungiste mi cabeza con aceite.» En resumen, en todo cuanto el Fariseo hizo habla de una gran falta: había cortesía exterior, pero no amor del corazón.
Bueno será que no olvidemos la conducta de este Fariseo. Es posible tener una forma adecuada de religión y sin embargo no saber nada del Evangelio de Cristo; venerar el Cristianismo, y estar no obstante totalmente ciegos acerca de sus doctrinas cardinales; conducirse con comedimiento y civilidad en la iglesia, y sin embargo detestar con aversión terrible la justificación por la fe, y la salvación por la gracia. ¿Sentimos afecto verdadero hacia Jesús? ¿Podemos decir, «Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo?» ¿Hemos abrazado cordialmente su Evangelio? ¿Deseamos entrar en el cielo junto con los mayores pecadores, y queremos cifrar todas nuestras esperanzas en la gracia gratuita? Estas son preguntas que debemos considerar. Si no podemos contestarlas satisfactoriamente, no somos mejores en nada que Simón el fariseo; y nuestro Señor podría decirnos: «Una cosa tengo que deciros..
Así mismo nos enseña este pasaje que el amor y la gratitud son los de los que sirven fielmente a Cristo. La mujer a que alude este episodio tributó mucho más honor a nuestro Señor que el que le había tributado el Fariseo. «Y estando detrás a sus pies comenzó llorando a regar con lágrimas sus pies y los limpiaba con los cabellos de su cabeza; y besaba sus pies y los ungía con el ungüento.» Ningunas pruebas más fuertes de reverencia y respeto podía haber dado, y el móvil de tales demostraciones era el amor. Amaba a nuestro Señor, y creía que nada que hiciera por él seria bastante. Se sentía en sumo grado agradecida a nuestro Señor, y creía que ninguna demostración de gratitud que le hiciese seria demasiada costosa.
Servir más a Cristo es la necesidad universal de todas las iglesias. Este es un punto en que todas están acordes. Todas desean ver entre los cristianos mayor número de buenas obras, mayor abnegación, más obediencia en la práctica a los mandamientos de Cristo. Más ¿qué cosa producirá tales resultados?
Mientras no exista más amor sincero hacia Cristo, nadie servirá más a Cristo. El temor del castigo, la esperanza de la recompensa, la conciencia del deber, todos son estímulos útiles, a su modo, para inclinar a los hombres a la santidad. Pero son débiles é ineficaces, mientras quo el hombre no ame a Cristo.
Albérguese este móvil poderoso en el corazón de algún hombre, y veréis que cambio se efectúa en su vida.
No olvidemos esto jamás. Por mucho que el mundo se burle de los «sentimientos « religiosos, y por falsos y mentidos que estos sentimientos sean algunas veces, todavía queda en pié la gran verdad de que el sentimiento es la potencia motriz de nuestras acciones. Si no hemos dedicado nuestro corazón a Cristo, nuestras manos Saquearán. El trabajador que ama será siempre el que hace más en la viña del Señor.
