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Lucas 7: La Fe de un soldado

Luc 7:31-35

Aprendemos primeramente en estos versículos que los corazones de los no convertidos son con frecuencia tan terriblemente obstinados como malvados.

Nuestro Señor enseña esto por medio de una comparación notable, en la cual describe la generación de los hombres entre quienes vivió mientras estuvo en la tierra. Los compara con los muchachos, y dice que estos en sus juegos no eran más caprichosos, obstinados, y difíciles de agradar, que los Judíos de Su tiempo. Nada los satisfacía. Estaban siempre quejándose de todo. Cualquiera que fuera el medio que Dios emplease con ellos para su edificación espiritual, le hallaban faltas. Cualquiera que fuera el mensajero que Dios les enviase, no quedaban complacidos. Primero vino Juan el Bautista, viviendo una vida retirada ascética y de abnegación. Al momento dijeron los judíos: « Demonio tiene.» Después de él vino el Hijo del Hombre, que comía y bebía y adoptaba las costumbres de la vida social a manera de los demás hombres. Al instante lo acusaron los judíos de «ser un comilón y bebedor de vino.» En una palabra, era evidente que los Judíos se habían resuelto a no recibir absolutamente mensaje alguno de Dios. Sus objeciones eran solamente una capa para encubrir su aversión a la verdad de Dios. Lo que a ellos desagradaba en realidad era, no tanto los ministros de Dios, como el mismo Dios.

Quizás leamos esta aserción con admiración y sorpresa; y pensamos que nunca existieron hombres tan inicuamente injustos como estos judíos. Pero ¿estamos seguros de que su conducta no se está hoy día repitiendo continuamente entre nosotros? Extraño como pueda parecer a primera vista, la generación que ni quiera «bailar» cuando sus compañeras tocan la «flauta,» ni «llorar» cuando aquellos les endechan, es demasiado numerosa en la iglesia de Cristo. ¿No es un hecho que muchos que se esfuerzan por servir fielmente a Cristo, y por vivir en comunión con Dios, hallan que sus vecinos y parientes están siempre disgustados con su conducta. No obstante que vivan piadosamente y sean consecuentes a sus principios, siempre piensan mal de ellos. Si se separan enteramente del mundo, y viven, como Juan el Bautista, una vida retirada y ascética, levantan el grito diciendo que son exclusivistas, fanáticos, de genio áspero, y demasiado rígidos. Si, por el contrario, frecuentan la sociedad, y se esfuerzan cuanto pueden en tomar interés en las tareas y distracciones de sus prójimos, al punto dicen que no son mejores que las demás gentes, y que no poseen más religión que los que no hacen ningunas protestas de fe. Censuras como estas son demasiado comunes. Son pocos los cristianos que no las han recibido. Los siervos de Dios, cualquiera que sea su conducta, son acriminados en todos tiempos.

La verdad es, que el corazón del hombre no convertido aborrece a Dios. «El ánimo carnal es enemigo de Dios.» Tiene aversión a Su ley, a Su Evangelio, y a Su pueblo. Halla siempre alguna excusa para no creer ni obedecer. ¡La doctrina del arrepentimiento le parece demasiado estricta! ¡La doctrina de la fe y de la gracia demasiado fácil! ¡Juan el Bautista se separa demasiado del mundo! ¡Jesucristo se mezcla demasiado con el mundo! Y así el corazón del hombre se excusa siempre para permanecer en su pecado. Esto no debe sorprendernos. Debemos resignarnos a encontrar gentes no convertidas tan obstinadas, injustas, y difíciles de complacer como los Judíos del tiempo de nuestro Señor, Debemos dejar de pensar que podemos agradar a todo el mundo. Esto es imposible, y el intentarlo es solo perder el tiempo. Debemos contentarnos con seguir las huellas de Jesús y dejar que el mundo diga lo que quiera. Aunque hagamos cuanto esté a nuestro alcance nunca podremos satisfacerlo, ó poner fin a sus observaciones calumniosas. Primero censuró a Juan el Bautista, y después a nuestro bendito Maestro; y continuará cavilando, y censurando a los cristianos, mientras que uno de ellos quede sobre la tierra.

También se nos enseña en estos versículos que la sabiduría de Dios en todos sus designios es siempre reconocida y confesada por los que son de buen corazón.

Esto lo enseña una expresión algo oscura: « La sabiduría es justificada de todos sus hijos.» Pero parece difícil sacar otro sentido de estas palabras si se interpretan de una manera justa é imparcial. La idea que nuestro Señor deseó fijar en nuestro ánimo parece ser, que aunque la inmensa mayoría de los Judíos era empedernida é injusta, había algunos que no lo eran–y que aunque la muchedumbre no percibía ningún sabio designio en la misión de Juan el Bautista, y en la suya (de Jesús), había algunos pocos que si lo descubrían. Estos pocos eran los «hijos de la sabiduría.» Estos pocos, con sus vidas y su obediencia, declaraban ante el mundo, que los medios de que Dios se sirvió con los judíos eran sabios y equitativos, y que tanto Juan el Bautista como Jesús eran dignos de todo honor. En resumen, justificaron la sabiduría de Dios, y probaron ser verdaderamente sabios.

Estas palabras en que nuestro Señor se refiere a la generación entre la cual vivía, pintan un estado de cosas que se halla siempre en la iglesia cristiana. a pesar de las sofisterías, mofas, objeciones, y ásperas observaciones con que es recibido el Evangelio por la mayor parte del género humano, hay siempre en cada país algunos que lo aceptan y obedecen con gusto. Nunca falta un «pequeño rebaño «que oiga con alegría la voz del Pastor, y llame justos todos sus modos de obrar. Los hijos del mundo pueden hacer mofa del Evangelio, y llenar de desprecios a los creyentes, llamando necio todo lo que hagan, y no percibiendo ni sabiduría ni belleza en ninguna de sus acciones. Pero Dios cuidará de formarse un pueblo en todas las épocas. Siempre habrá algunos que sostengan la excelencia de las doctrinas y exigencias del Evangelio, y que «justifiquen la sabiduría» de Aquel que lo envió. Y a estos es, por mucho que el mundo los desprecie, a quienes Jesús llama sabios. Son «sabios para la salud, por medio de la fe que es en Cristo Jesús.» 2Ti_3:15.

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