Pero aquí se le presentaba al hombre antiguo la sorprendente idea de Uno que era el Hijo de Dios, cuyo corazón se conmovía de piedad. La frase del profeta de que «en toda angustia de ellos Él fue angustiado» se cumple en el Hijo de Dios hecho «Varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isa_63:9 ; Isa_53:3 ). Para muchos de nosotros esa es la Revelación más preciosa del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
(iii) A la compasión de Jesús añade Lucas el poder de Jesús. Jesús fue y tocó el féretro. No sería un ataúd, porque no se usaban entonces, sino una especie de espuerta suficientemente grande para llevar el cadáver a la tumba. Fue un momento dramático; como dice un gran comentarista, «Jesús reclamó para sí al que la muerte había asido como su presa.» Jesús no es sólo el Señor de la vida; es también el Señor de la muerte, porque la ha vencido y ha triunfado del sepulcro, y ha prometido que, porque Él vive, los suyos vivirán también (Joh_14:19 ).
LA PRUEBA FINAL
Los discípulos de Juan el Bautista le llevaban noticias a Jesús de todo lo que iba sucediendo. Una vez, Juan llamó a dos de sus discípulos y se los envió a Jesús para que le preguntaran: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?» Y cuando ellos llegaron adonde estaba Jesús, le dijeron:
Juan el Bautista nos ha mandado para que te preguntemos: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?»
En aquel momento-Jesús curó a muchos que padecían enfermedades o dolencias o bajo la influencia de malos espíritus, y les devolvió la vista a muchos que estaban ciegos.
-¡Id a contarle a Juan todo lo que habéis oído y visto! Decidle que los ciegos, ven; los cojos, andan; los leprosos vuelven a estar limpios; los sordos, oyen; los muertos, resucitan, y los pobres escuchan la Buena Noticia. ¡Bendito sea el que no se escandaliza de mí!
Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a los muchos que estaban escuchándole:
-¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Era lo que se ve en el desierto todos los días, las hierbas altas que se doblan con el viento? Si no era eso, ¿qué es lo que fuisteis a ver? ¿A uno que iba vestido de ropas delicadas y distinguidas? ¡Los que visten así, y viven en lujos, están en los palacios reales! Pues entonces, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Era un profeta? ¡Sí, os lo digo yo, y más que un profeta! Él era el que estaba anunciado en las Escrituras: «¡Atención! Te mando mi mensajero por delante para que te vaya preparando el camino por donde has de pasar.» Os aseguro que no ha surgido nadie entre los mortales en la Historia de la Humanidad que haya sido una figura más importante que Juan el Bautista; pero también os digo que el más pequeñito en el Reino de Dios es más que él. Y toda la gente, y hasta los publicanos que le oyeron, le dieron la razón a Dios y se bautizaron con el bautismo de Juan; pero los fariseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos.
Juan le envió mensajeros a Jesús para preguntarle si era Él el Mesías o si tenían que seguir esperando a otro.
(i) Este episodio ha preocupado a muchos, que se han sorprendido de que pareciera que Juan dudaba de Jesús. Se han propuesto varias soluciones.
(a) Se ha sugerido que Juan dio ese paso, no para sí mismo, sino por causa de sus discípulos. Él estaba suficientemente seguro; pero tal vez ellos no lo estaban tanto, y necesitaban una prueba irrefutable.
(b) Se ha sugerido que lo que quería Juan era animar a Jesús, porque creía que era el momento de que entrara en acción de una manera definitiva.
(c) La explicación más sencilla es la mejor. Figuraos cómo se encontraba Juan: era un hombre del desierto y de los espacios abiertos, y estaba encerrado en una mazmorra del castillo de Maqueronte. Una vez, uno de los Macdonald, los jefes del Norte de Escocia, estaba preso en una celda del castillo de Carlisle en la que no había más que una ventana pequeña. Hasta ahora se pueden ver en la roca arenisca las marcas de las manos y los pies que dejó el prisionero al encaramarse y colgarse del alféizar de la ventana día tras día para mirar, con una nostalgia infinita, las colinas y los valles que no habría de recorrer nunca más. Encerrado en una celda entre estrechas paredes, Juan se hacía muchas preguntas porque el cruel cautiverio le ahogaba el corazón.
