Este Amigo era nuestro Señor Jesucristo.
Este pasaje debe servir de consuelo a todos los que son sospechados, calumniados, y acusados falsamente. Pocos son los hijos de Dios que, tarde ó temprano, no padecen de este modo. El acusador de los hombres sabe bien que el carácter es uno de los puntos en que puede más fácilmente zaherir a un cristiano. Sabe bien que las calumnias se levantan con facilidad, son recibidas con entusiasmo y propagadas con profusión, y que rara vez se les impone perpetuo silencio. Las mentiras y los rumores falsos son las armas favoritas con que lidia por dañar el influjo del cristiano, y destruir su paz. Más todos los que vean atacada su reputación deben tranquilizarse con saber que tienen un Abogado en el cielo que sabe sus pesares. El mismo Jesús que defendió el carácter de su amigo ante una muchedumbre de judíos, no abandonará a ningún individuo de Su pueblo. El mundo puede mirarlo con ceño; tal vez sus semejantes tiznen su nombre. Más Jesús jamás cambia, y algún día defenderá su causa delante de todo el mundo.
El segundo punto que llama nuestra atención en estos versículos es la inmensa superioridad de los privilegios que gozan los creyentes bajo la dispensación ó régimen del Nuevo Testamento, comparados con los de los creyentes bajo la dispensación del Antiguo Testamento. Esto nos lo enseña una expresión que usa nuestro Señor respecto a Juan el Bautista. Después de ensalzar sus gracias y dones espirituales añade estas palabras notables: «El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él..
Lo que nuestro Señor quiere decir con esta expresión parece ser simplemente esto: que la luz religiosa del menor discípulo que viviere después de su crucifixión y resurrección, seria mucho mayor que la de Juan Bautista, que murió antes que esos grandes sucesos se verificasen. El más humilde cristiano que oyese a S. Pablo comprendería cosas a la luz de la muerte de Cristo en la cruz, que Juan el Bautista nunca podría haber explicado. Eminente como era este santo varón en fe y en valor, el cristiano más humilde es, en cierto sentido, mayor que él. Mayor en gracia y en obras no puede ser, por cierto. Más sin duda, es mayor en privilegios y conocimientos.
Una expresión como esta deberá enseñar a todos los cristianos a estar muy agradecidos por haber recibido el Cristianismo. Probablemente tenemos poca idea de la gran diferencia entre el conocimiento religioso del creyente más instruido en el Antiguo Testamento, y el conocimiento de uno que esté familiarizado con el Nuevo. No sabemos cuántas verdades del Evangelio que en un tiempo se veían «confusamente al través de un cristal,» ahora se nos presentan claras como el sol del mediodía. Nuestra mucha familiaridad con el Evangelio nos impide notar cuan extensos son nuestros privilegios. Difícilmente podemos formar idea al presente de cuantas verdades gloriosas de nuestra fe fueron reveladas en su plenitud por la muerte de Cristo en la cruz; cuántas permanecieron cubiertas con un velo hasta que Su sangre fue derramada. Las esperanzas de Juan el Bautista y S. Pablo eran sin duda las mismas. Ambos estaban guiados por un solo Espíritu. Ambos reconocían su maldad. Ambos confiaban en el Cordero de Dios. Más no podemos suponer que Juan hubiera podido dar una descripción tan completa de la vía de salvación como S. Pablo. Ambos contemplaban el mismo objeto de fe; pero uno lo veía muy remoto, y podía describirlo solo de un modo general: el otro lo veía muy cerca, y podía dar más pormenores. Aprendamos a ser más agradecidos. El niño que sabe la historia de la cruz posee una clave de la ciencia de la religión que los patriarcas y profetas nunca tuvieron.
El último punto que llama nuestra atención en estos versículos es la solemne aseveración que en ellos se hace acerca del poder que tiene el hombre para dañar su propia alma. Se nos dice que «los Fariseos y los sabios de la ley desecharon el consejo de Dios contra sí mismos.» El sentido de estas palabras parece ser simplemente, que ellos desecharon el ofrecimiento de salvación que les hizo Dios. Rehusaron servirse de la puerta de salvación que les fue abierta con la predicación de Juan el Bautista. En resumen, ejecutaron al pie de la letra las palabras de Salomón: « Tu desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión.» Pro_1:25.
Que todo hombre tiene poder para condenarse eternamente al infierno, es una gran verdad fundamental de la Escritura, y verdad que debe estar continuamente delante de nuestra mente. Impotentes y débiles como somos todos para hacer lo que es bueno, somos por naturaleza poderosos para obrar lo que es malo. Por medio de la impenitencia y la incredulidad constantes, por medio de la obstinación en el pecado, por medio del orgullo, la rebeldía, la pereza, y el decidido apego al mundo, podemos atraernos la perdición sempiterna. Y si esto sucede, veremos que a nadie podemos culpar sino a nosotros mismos. Dios «no quiere la muerte del que muere,» Ezeq. 18:32. Cristo «quiere recoger» los hombres en su seno, si ellos quieren ser recogidos. Mat_22:37.
Los que son perdidos verán que han «perdido sus propias almas.» Marc. 8:36.
¿Qué estamos haciendo? Esta es la pregunta principal que el pasaje debe sugerir a nuestra mente. ¿Es probable que nos perdamos ó que nos salvemos? ¿Estamos en el camino que conduce al cielo ó en el que conduce al infierno? ¿Hemos recibido en nuestros corazones aquel Evangelio que hemos oído? ¿Vivimos realmente de acuerdo con aquella Biblia que protestamos creer? ¿Ó estamos caminando diariamente hacia un abismo, y arruinando nuestras mismas almas? Es doloroso pensar que los Fariseos no son las solas personas que «desechan el consejo de Dios.» Hay millares de personas llamadas cristianas que continuamente están haciendo lo mismo.
