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Lucas 21: El valor de una ofrenda

Lucas 21:5-9

Notemos en este pasaje lo que nuestro Señor Jesucristo dijo acerca del templo de Jerusalén. Algunos advirtieron que estaba adornado de hermosas piedras y dones, y lo alabaron por su belleza exterior, por sus dimensiones, su magnificencia arquitectónica y sus costosos adornos; mas nuestro Señor no se unió a sus encomios, sino antes bien les dijo: «De estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada..

Estas palabras singulares fueron proféticas. Qué emociones despertaran en un judío es cosa que no podemos ni imaginar.

El templo a que se referían era un edificio que todo israelita contemplaba con una veneración que rayaba en idolatría; edificio que contenía el arca, el santo de los santos, y los paramentos simbólicos que habían sido labrados según el modelo que Dios mismo había dado ; edificio con el cual estaban ligados en la memoria de los israelitas los nombres más celebres de su raza, como David, Salomón, Ezequías, Josías, Isaías, Jeremías, Esdras y Nehemías; un edificio, en fin, hacia el cual todo judío devoto tornaba el rostro al ofrecer sus oraciones diarias. 1Ki_8:44; Jon_2:4; Dan_7:10. Pero esas palabras tenían su objeto: fueron pronunciadas para enseñarnos que lo sagrado de un lugar no consiste en los adornos exteriores. Dios no ve como ve el hombre. 1Sa_16:7, El hombre se fija en la fábrica del edificio; el Señor se fija en el culto espiritual y en la presencia del Espíritu Santo. En el templo de Jerusalén faltaba lo espiritual, y por eso Jesús no podía admirarlo.

Los cristianos de nuestros días harían bien en recordar las palabras de Jesús. Enhorabuena que los edificios destinados al culto cristiano sean dignos del objeto para que han sido construidos: todo lo que se haga por Cristo ha de hacerse con esmero: en la casa en que se predique el Evangelio, y se lea la Palabra de Dios, y se ofrezcan oraciones, nada ha de faltar que contribuya a la solidez y a la belleza. Mas no debe olvidarse que la parte material de una iglesia es la de menos importancia. Las combinaciones y labores más hermosas de mármol, piedra y madera no tienen valor alguno a los ojos de Dios, a menos que la verdad impere en el pulpito y la gracia divina en la congregación. Las grutas y los subterráneos en que se reunían los antiguos cristianos, eran probablemente más bellos a los ojos de Cristo que la catedral más soberbia que el hombre haya jamás edificado. El templo que más agrada al Señor es el corazón contrito y renovado por el Espíritu Santo.

Notemos, además, la admonición que hizo nuestro Señor respecto del engaño. Sus palabras acerca del templo movieron a sus discípulos a hacerle esta importante pregunta: «Maestro, ¿cuándo será esto? Y qué señal habrá cuando estas cosas han de comenzar a ser hechas « La respuesta de nuestro Señor, que fue larga y detallada, empezó con la siguiente advertencia: « Mirad, no seáis engañados..

La posición que esta advertencia ocupa es por sí misma harto notable. Se encuentra al principio de una profecía que se refería a un dilatado período y que es de importancia universal para el mundo cristiano; profecía que tenia relación a la época incluida entre el tiempo en que Jesús la pronunció y el segundo advenimiento; profecía que revelaba asuntos del mayor interés, tanto para los judíos como para los gentiles; y profecía de la cual gran parte está aún por cumplirse.

Que la admonición del Salvador nos impulse a pedir a Dios que nos conceda un ánimo dócil y humilde siempre que leamos las páginas de las profecías que están por cumplirse. Precavámonos, por ana parte, de ese espíritu de indiferencia y pasividad que hace al hombre desdeñar todas las profecías por ser difíciles de interpretar; y, por otra parte, de ese espíritu arrogante y magistral, que lo hace a uno olvidar que no es sino discípulo y no profeta. Aun más, leamos las profecías con la convicción de que nuestros estudios obtendrán la bendición del cielo, y que tal vez con el tiempo las comprenderemos mejor. Todavía es válida la siguiente promesa: « Bienaventurado el que lee.» Rev_1:3.

Lucas 21:10-19

Estas palabras fueron cumplidas en parte cuando Jerusalén fue conquistada por las huestes romanas, y los judíos fueron llevados cautivos. Esa fue una época de sin par desolación en la Judea y en los países limítrofes. El sol una vez brillante del régimen judaico, se puso en medio de una lucha que, en cuanto a la sangre derramada, en cuanto a las agonías y tribulaciones a que dio lugar, no ha tenido igual en los anales de la historia.

Mas las palabras do que nos ocupamos no han tenido todavía su cumplimiento más perfecto, pues ellas describen asimismo los sucesos que precederán a la segunda venida del Redentor. Los postreros días serán de guerra y no de paz. El mundo cristiano, a semejanza del judío, llegará a su fin en medio de guerras, tumultos y desolaciones; en medio del más terrible desquiciamiento de imperios y de reinos que los humanos hayan jamás presenciado.

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