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Lucas 24: Por qué buscais entre los muertos al que vive

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Notemos, en segundo lugar, de qué manera tan notable aludió nuestro Señor a su propia muerte. No dijo que hubiese sido una desgracia, o un acontecimiento que debiera deplorarse, sino una necesidad. He aquí sus palabras: “Así fue menester que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día.”

La muerte de Cristo era necesaria para que obtuviéramos la salvación. Su carne y su sangre ofrecidas en la cruz como sacrificio frieron la vida del mundo. Joh_6:51. Según lo que nos es dado a nosotros penetrar, sin esa muerte la ley de Dios habría quedado sin cumplirse, el pecado no habría sido perdonado, el hombre no habría sido nunca justificado ante Dios, y Dios no habría ejercido misericordia con el hombre. La crucifixión resolvió un problema complicadísimo, desató un nudo muy enmarañado. Fue por ella que Dios se hizo al mismo tiempo “justo y justificador de los pecadores.” Es por ella que el hombre puede allegarse a Dios sin temor, abrigando la esperanza de que aunque es culpable no será desechado. Jesucristo, habiendo sufrido como Sustituto nuestro, el Justo por los injustos, ha abierto el camino que conduce al trono del Eterno. Aunque tenemos que reconocer que, como criaturas caídas, somos culpables y merecedores de la muerte eterna, sin embargo, podemos osadamente decir que Jesús murió por nosotros, y que por amor suyo, pedimos se nos conceda vida y absolución.

Gloriémonos siempre en la cruz de Cristo. Considerémosla como la fuente de todas nuestras esperanzas y la base de nuestra paz. Los ignorantes y los incrédulos tal vez no alcanzan a percibir en los sufrimientos de Calvario otra cosa que el cruel martirio de un inocente. La fe penetra más allá, y percibe que con la muerte de Jesús se pagó a Dios una enorme deuda y se obtuvo completa salvación para los que creen.

Observemos, en tercer lugar, cuáles fueron las grandes verdades que Jesús mandó a sus discípulos que predicasen después que él partiera de este mundo. Dijo que “el arrepentimiento y la remisión de los pecados habían de ser anunciados en su nombre a todas las naciones.”

Es, pues, al arrepentimiento y a la remisión de los pecados que se debe primeramente llamar la atención de todos los hombres que habiten sobre la faz de la tierra. A todos se les debe decir que el arrepentimiento es indispensable: todos son por naturaleza extremadamente malos, y sin el arrepentimiento y la conversión no pueden entrar en el reino de Dios. a todos se les debe recordar, con no menos empeño, que el arrepentimiento y la remisión de los pecados están ligados de una manera inseparable. No porque el arrepentimiento pueda hacernos dignos del perdón: pues este es un don gratuito que Dios otorga a todo el que cree en Jesucristo; sino porque el que permanece impenitente no puede ser perdonado.

Es menester que el que desee ser verdadero cristiano sepa por experiencia propia lo que es el arrepentimiento y la remisión le los pecados. Estas son las dos doctrinas cardinales de la religión que salva. Pertenecer a una iglesia, oír predicar el Evangelio, y participar de los sacramentos son sin duda grandes privilegios mas ¿nos hemos convertido? ¿Hemos sido justificados? Si no podemos contestar afirmativamente, somos réprobos ante Dios. Dichoso el cristiano que jamás pierde de vista estas dos doctrinas. Aquel hombre es más recto y piadoso que tiene una convicción muy íntima de culpabilidad y de haber sido aceptado por medio de Jesucristo.

Notemos, en cuarto lugar, cual era el lugar en que los discípulos habían de empezar a predicar. Habían de empezar en Jerusalén.

Este es un hecho instructivo y bien digno de atención. Por él se deja ver que a ningún se le niega la salvación, por malvado que sea; y que no hay enfermedad de gravedad tan grande que no pueda ser curada por medio del Evangelio. Jerusalén era la ciudad más impía del mundo cuando nuestro Señor ascendió a los cielos. Esa ciudad había apedreado a los profetas y dado muerte a los que Dios había enviado para que la llamaran al arrepentimiento; esa ciudad estaba llena de orgullo, incredulidad, hipocresía y obstinación; esa ciudad acababa de coronar la serie de sus crímenes crucificando al Señor de la gloria. ¡Y sin embargo, Jerusalén era el lugar en que primero se habían de proclamar el arrepentimiento y el perdón! El precepto de Cristo fue perentorio: “Comenzad en Jerusalén.”

Estas admirables palabras revelan cuan profunda y cuan extensa es la compasión del Salvador. No hay que perder las esperanzas de la salvación de persona alguna, por corrompida que sea. Señalemos la puerta del arrepentimiento aun a los más grandes pecadores. Exhortemos aun a los hombres más impíos a que se arrepientan y crean para que reciban la vida eterna.

Observemos, por último, cuáles son las funciones peculiares que se han mandado a los creyentes y especialmente a los ministros, desempeñar en este mundo. Nuestro Señor las definió en pocas y expresivas palabras. El dijo: “Vosotros sois testigos.”

Si somos verdaderos discípulos de Jesucristo, es preciso que demos un testimonio constante en presencia de un mundo malvado, es preciso que atestigüemos la verdad del Evangelio, la misericordia de nuestro Maestro, la felicidad de que gozan los que se consagran a su servicio, la excelencia de las reglas que ha prescrito para nuestra guía; y también la maldad de lo que el mundo enseña. Ese testimonio nos acarreará tal vez el disgusto de los hombres. El mundo nos aborrecerá como aborreció a nuestro Maestro, porque “damos testimonio de él, que sus obras son malas.” Acaso suceda que pocos sean los que crean ese testimonio, y que a muchos les parezca insultante en extremo; mas, en nuestra calidad do testigos, tenemos que darlo, ya sea que nos crean o no.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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