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Romanos 8: La liberación de la naturaleza humana

Ahora somos coherederos con Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios. Lo que Cristo hereda, nosotros lo heredamos también. Si Cristo tuvo que sufrir, nosotros también heredamos ese sufrimiento; pero como Cristo resucitó a la vida y a la gloria, nosotros también heredamos esa vida y gloria.

En esta alegoría de Pablo, cuando una persona llega a ser cristiana entra en la familia de Dios. No había hecho nada para merecerlo; Dios, el gran Padre, en su maravilloso amor, ha tomado al perdido, indigente, desahuciado y endeudado pecador, y le ha adoptado en su familia, de forma que sus deudas han quedado canceladas, y hereda la gloria.

La gloriosa esperanza

Estoy convencido de que los sufrimientos de la era presente no se pueden comparar con la gloria que se nos va a mostrar. El mundo de la creación espera con anhelante expectación, el día en que los que son hijos de Dios se van a manifestar en toda su gloria. Porque el mundo creado ha sido sometido al caos, no por propia voluntad, sino por medio del que le sometió a tal condición de sujeción, y todavía tiene la esperanza de que el mundo creado también participará de la liberación de la esclavitud ala caducidad y entrará en la gloriosa libertad de los hijos de Dios; porque sabemos que toda la creación está unida en gemidos y agonías. Y esto no se limita al mundo creado, sino que también nos incluye a nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu Santo como adelanto de la gloria venidera; sí, nosotros también gemimos en nuestro interior esperando intensamente la plena realización de la adopción en la familia de Dios. Me refiero a la redención de nuestro cuerpo. Porque ahora somos salvos en esperanza; pero una esperanza que ya se disfruta no sería esperanza; porque, ¿quién espera lo que ya tiene? Pero esperar lo que no vemos todavía es esperarlo ansiosamente con paciencia.

Pablo ha estado hablando de la gloria de la adopción en la familia de Dios, y ahora vuelve al estado turbulento del mundo presente. Traza un gran cuadro. Habla con visión poética. Ve a toda la naturaleza esperando la gloria que será. Por el momento, la creación está sometida a la esclavitud de la caducidad. En el mundo se marchita la belleza y se aja el encanto; es un mundo caduco, pero en espera de la liberación y la realización. Para pintar este cuadro, Pablo estaba usando ideas que cualquier judío podría reconocer y entender. Habla de la edad presente y de la gloria que se manifestará. El pensamiento judío dividía la historia del tiempo en dos secciones: la edad presente y la edad por venir. La edad presente era totalmente mala, sometida al pecado, a la muerte y a la corrupción. Pero alguna vez llegaría el Día del Señor. Sería un día de juicio en el que se sacudirían hasta los mismos cimientos del mundo; pero de su ruina surgiría un nuevo mundo.

La renovación del mundo era uno de los grandes pensamientos judíos. El Antiguo Testamento habla de ella sin multiplicar o elaborar detalles: « He aquí que Yo crearé nuevos cielos y nueva Tierra» (Isaías 65:17). Pero en los días entre los dos Testamentos, cuando los judíos eran oprimidos, esclavizados y perseguidos, soñaban con aquella nueva Tierra y con aquel mundo renovado.

« La viña dará diez mil veces más fruto, y en cada cepa habrá mil sarmientos, y cada sarmiento producirá mil racimos, y cada racimo tendrá mil uvas, y cada uva dará un coro de vino. Y los que hayan pasado hambre se regocijarán; además, contemplarán maravillas todos los días, porque los vientos saldrán de mi Presencia para traer cada mañana la fragancia de frutos aromáticos, y a la caída de la tarde las nubes destilarán rocíos salubres» (Apocalipsis de Baruc 29:5). «Y la tierra, y todos los árboles, y los innumerables rebaños de ovejas darán fielmente a la humanidad sus productos de vino y dulce miel y blanca leche y cereales que son el regalo más excelente para los hombres» (Oráculos sibilinos 3:620-633).

« La Tierra, la madre universal, dará a los mortales sus mejores frutos en incalculables cantidades de grano, vino y aceite. Sí, de los cielos descenderá una dulce lluvia de deliciosa miel. Todos los árboles darán su propio fruto, y los ricos rebaños y manadas darán terneros, corderos y cabritos. Él hará que las dulces fuentes de blanca leche broten y corran. Y las ciudades estarán llenas de cosas buenas, y los campos, feraces. Y no habrá ninguna espada en todo el país, ni ruido de batalla; ni será conmovida la Tierra nunca más con gemidos profundos. Ya no habrá más guerras, ni sequías en todo el país, ni hambruna, ni granizo que destruya las cosechas» (Oráculos sibilinos 3:744-756).

El sueño de un mundo renovado les era muy querido a los judíos. Pablo lo sabía y aquí, por así decirlo, dota a la creación de sensibilidad. Concibe la naturaleza esperando anhelante el día en que será quebrantado el dominio del pecado, y la muerte y la corrupción habrán pasado, y vendrá la gloria de Dios. Con un detalle de imaginación poética, dice que el estado de la naturaleza era aún peor que el de los seres humanos; porque éstos habían pecado deliberadamente; pero aquélla había sido sojuzgada involuntariamente. Inconscientemente se había visto involucrada en las consecuencias del pecado humano. «Maldita será la tierra por tu causa», dijo Dios a Adán después de la caída (Génesis 3:17). Y aquí Pablo, con visión poética, contempla a la naturaleza esperando la liberación de la muerte y de la corrupción que ha traído al mundo el pecado humano.

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