Pero Pablo sigue adelante. Dice que los que aman a Dios, y que han sido llamados conforme a Su propósito, saben muy bien que Dios combina todas las cosas para su bien. Es la experiencia del cristiano que todas las cosas cooperan a su bien. No tenemos que ser muy viejos para mirar atrás y ver que las cosas que considerábamos desastrosas resultaron a nuestro favor; y las que nos causaron una desilusión luego resultaron una bendición.
Pero tenemos que advertir que esa experiencia no les sucede más que a los que aman a Dios. Los estoicos tenían una gran idea que puede que Pablo tuviera en mente al escribir este pasaje. Una de sus grandes concepciones era el Logos de Dios, que era Su mente o razón. Los estoicos creían que el Logos estaba inherente en la creación, y le daba sentido al mundo. Era el Logos el que mantenía las estrellas en sus cursos y los planetas en sus derroteros señalados. Era el Logos el que controlaba la sucesión ordenada de los días y las noches y de las estaciones del año. El Logos era la razón y la mente de Dios en el universo, haciendo que fuera un orden y no un caos.
Pero los estoicos iban más lejos. Creían que el Logos no sólo tenía un orden establecido para el universo sino también un plan y un propósito para cada ser humano. Para decirlo de otra manera, creían que a una persona no le podía suceder nada que no viniera de Dios y que no fuera parte del plan de Dios para ella. Epicteto escribió: «Ten valor para elevar la mirada a Dios y decirle: «Trátame como Tú quieras desde ahora en adelante. Soy uno contigo; soy tuyo; no me resisto a nada que Tú consideres bueno. Guíame adonde Tú quieras; vísteme como Tú quieras. ¿Quieres que me encargue de algo o que lo rechace, que me quede o que me retire, que sea rico o pobre? Por esto Te defenderé ante los hombres.»» Los estoicos enseñaban que el deber de todo hombre era la aceptación. El que aceptaba las cosas que Dios le enviaba experimentaba la paz.Si las resistía, estaba machacándose la cabeza inútilmente contra el propósito ineludible de Dios.
Pablo tiene la misma idea. Dice que todas las cosas colaboran para el bien, pero sólo de los que aman a Dios. Si una persona ama y confía y acepta a Dios, si está convencida de que Dios es el Padre infinitamente sabio y amoroso, entonces puede aceptar todo lo que le manda Dios. Uno puede ir al médico, que le prescribe un tratamiento que al principio es desagradable y hasta doloroso; pero si confía en el médico, acepta lo que le prescribe. Así nos sucede a nosotros si amamos a Dios. Pero si uno no ama a Dios ni confía en Él, se quejará de lo que le sucede y peleará contra la voluntad de Dios. Sólo al que ama a Dios y confía en Él todas las cosas ayudan para bien, porque para él vienen de un Padre que siempre obra bien y con sabiduría, amor y poder que son perfectos.
Pablo va más lejos; pasa a hablar de la experiencia espiritual de cada cristiano. La versión Reina-Valera lo expresa de una manera inolvidable: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» Este es un pasaje que desgraciadamente se ha usado mal. Si hemos de llegar a entenderlo, tenemos que reconocer el sencillo hecho de que Pablo nunca se propuso que fuera una formulación teológica o filosófica; lo que quería era que fuera una expresión casi lírica de la experiencia cristiana. Si lo tomamos como filosofía o teología y le aplicamos las leyes de la fría lógica, querrá decir que Dios escogió a unos y no a otros.
Y no es eso lo que quiere decir. Piensa en la experiencia cristiana. Cuanto más la considera un cristiano más se convence de que él no tuvo nada que ver con ello y que todo es cosa de Dios. Jesucristo vino a este mundo, vivió, fue a la Cruz, resucitó. Nosotros no hicimos nada para que todo eso sucediera; es la Obra de Dios. Nosotros oímos la historia de este amor maravilloso. No la hicimos; solamente la recibimos. El amor despertó en nuestros corazones; vino la convicción de pecado, y con ella la experiencia del perdón y de la salvación. No lo realizamos nosotros; todo es de Dios. Eso es lo que Pablo está pensando aquí.
