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Romanos 8: La liberación de la naturaleza humana

Si eso es verdad de la naturaleza, es todavía más verdad de la humanidad; así es que Pablo pasa a considerar la ansiedad humana. En la experiencia del Espíritu Santo los hombres tienen un anticipo, un primer plazo de la gloria que ha de ser; ahora anhelan con-,todo el corazón la plena realización del significado de su adopción en la familia de Dios. La manifestación final de esa adopción será la redención del cuerpo. Pablo no pensaba que la criatura humana en su estado de gloria sería un espíritu sin cuerpo. En este mundo, el hombre es un cuerpo y un espíritu; en el mundo de la gloria, el hombre será salvo en su totalidad.

Pero su cuerpo ya no será la víctima de la caducidad y el instrumento del pecado, sino un cuerpo espiritual apto para la vida del hombre espiritual.

Entonces viene el gran dicho: «Somos salvos por esperanza.» La verdad resplandeciente que iluminaba la vida para Pablo era que la situación humana no es desesperada. Pablo no era pesimista. H. G. Wells dijo una vez: «El hombre, que empezó al abrigo de una cueva, terminará en las ruinas de un suburbio contaminado por la enfermedad.» Pero Pablo no decía eso. Veía el pecado humano y el estado del mundo; pero veía también el poder redentor de Dios. Por lo tanto, lo veía todo con esperanza. La vida no era para él una espera desesperada del trágico final de un mundo sitiado por el pecado, la muerte y la corrupción; sino una anticipación anhelante de la liberación, la renovación y la recreación que obrarán la gloria y el poder de Dios.

En el versículo 19 se usa una palabra maravillosa para anhelante expectación, apokaradokía, que describe la actitud del que adelanta la cabeza y aguza la mirada escrutando el horizonte para descubrir en la distancia las primeras señales del amanecer de la gloria. Para Pablo la vida no era una fatigosa y frustrante espera, sino una expectación gozosa y trepidante. El cristiano está involucrado en la situación humana. Por dentro, tiene que luchar con su propia naturaleza humana pecadora; por fuera, tiene que vivir en un mundo de muerte y corrupción. Sin embargo, el cristiano no vive sólo en este mundo: ¡también vive en Cristo! No mira solamente a las cosas de este mundo, sino también hacia Dios. Además de las consecuencias del pecado humano, ve también el poder, la misericordia y el amor de Dios. Por tanto, la clave de la vida cristiana es siempre la esperanza y nunca la desesperación. El cristiano espera, no la muerte, sino la vida.

Todo es de Dios

A todo esto, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos qué es lo que debemos pedir, si hemos de pedir como debemos. Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que trascienden el lenguaje humano; y el Que escudriña los corazones sabe lo que quiere decir el Espíritu, porque intercede de acuerdo con la voluntad de Dios por aquellos cuyas vidas Le están consagradas. Sabemos que Dios dirige todas las cosas para el bien de los que Le aman, es decir, de los que son llamados conforme a Su propósito. Porque aquellos a los que ha conocido desde siempre, también hace mucho los designó para que llegaran a ser semejantes a da imagen de Su Hijo, para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que hace mucho designó para este fin, a esos también los llamó; y a los que llamó, también los puso en buena relación con Él; y a los que puso en la debida relación con Él, también los glorificó. Los primeros dos versículos forman uno de los pasajes más importantes que encontramos en el Nuevo Testamento acerca de la oración. Pablo dice que, por nuestra debilidad, no sabemos qué es lo que debemos pedir; pero que las oraciones que nosotros deberíamos hacer las hace por nosotros el Espíritu Santo. C. H. Dodd definía la oración de esta manera: «La oración es lo divino en nosotros apelando a lo Divino sobre nosotros.»

Hay dos razones muy obvias por las que no podemos orar como debiéramos. La primera es porque no podemos predecir el futuro. No podemos ver el año que viene, ni siquiera la hora que viene; y por tanto, puede que pidamos ser librados de cosas que serían para nuestro bien, y que se nos concedan otras que nos causarían la ruina. Y en segundo lugar, no podemos orar como es debido porque, en una situación dada, no sabemos qué es lo que más nos conviene. Muchas veces estamos en la situación del niño que quiere algo que le podría traer muchos males; y Dios está muchas veces en el lugar del padre que tiene que negarle al hijo lo que le pide, y mandarle hacer lo que no quiere; porque sabe mejor que el niño lo que le conviene. Los griegos ya sabían eso. Pitágoras les prohibía a sus discípulos pedir para sí mismos porque, decía, no podían saber lo que les convenía a causa de su ignorancia. Jenofonte nos cuenta que Sócrates enseñaba a sus discípulos a orar sencillamente por cosas buenas, sin especificarlas, sino dejándole a Dios decidir qué cosas eran buenas para ellos. C. H. Dodd lo expresa diciendo que no podemos saber cuáles son nuestras verdaderas necesidades, ni abarcar con nuestras mentes finitas todo el plan de Dios; en última instancia, todo lo que podemos dirigir a Dios es un suspiro inarticulado que el Espíritu Santo Le traducirá por nosotros.

Pablo veía que la oración, como todo lo demás, es cosa de Dios. Pablo veía que al hombre no le es posible justificarse por su propio esfuerzo; y también sabía que no puede el hombre, por mucho que quiera forzar su inteligencia, saber lo que tiene que pedirle a Dios. En última instancia, la oración perfecta es decir sencillamente: « Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu. Hágase Tu voluntad y no la mía.»

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