(ii) Pero hay otra manera de interpretarlo. Dios nos ha declarado no culpables. Entonces, ¿quién nos puede condenar? Y la respuesta es que Jesucristo es el Juez de toda la humanidad, el único que tiene derecho a condenar -pero, lejos de condenar, está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros; así que estamos a salvo. Puede que Pablo esté diciendo algo muy maravilloso en el versículo 34. Está diciendo cuatro cosas acerca de Jesús:
(a) Que murió.
(b) Que resucitó.
(c) Que está a la diestra de Dios.
(d) Que allí intercede por nosotros.
Ahora bien: el primer credo de la Iglesia Cristiana, que sigue siendo la quintaesencia de todos los credos, dice: «Fue crucificado, muerto y sepultado; al tercer día resucitó de la muerte, y está sentado a la diestra de Dios; de allí vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. » Tres afirmaciones de la declaración de fe de Pablo coinciden con las del credo de la Iglesia Primitiva: que Jesús murió, que resucitó y que está sentado a la diestra de Dios. Pero la cuarta es diferente. En el credo es que Jesús vendrá como Juez de vivos y muertos. En Pablo, que Jesús está a la diestra de Dios defendiéndonos como nuestro Abogado. Es como si Pablo dijera: «Creéis que Jesús es el Juez que está ahí para condenaros; y bien pudiera, porque tiene derecho. Pero os equivocáis. No está ahí como Fiscal, sino como Abogado encargado de nuestra defensa.»
Yo creo que la segunda forma es la correcta. En un tremendo salto de pensamiento, Pablo contempla a Cristo, no como Juez, sino como Amador de las almas de los hombres.
Con fervor de poeta y en rapto de amante, Pablo prosigue cantando que nada .nos puede separar del amor de Dios que se nos ha manifestado nuestro Señor Resucitado.
(i) Ni la aflicción, ni las penalidades de la vida, ni el peligro nos pueden separar (versículo 35). Los desastres del mundo no separan de Cristo al que es Suyo, sino le acercan más a Él.
(ii) En los versículos 38 y 39 Pablo hace una lista de cosas terribles.
(a) Ni la vida ni la muerte nos pueden separar de Cristo. En la vida, vivimos con Cristo; en la muerte, morimos con Él; y como morimos con Él, también resucitamos con Él. La muerte, lejos de ser una separación, es solamente un paso hacia una más íntima unión; no es el final, sino « la puerta en el Cielo» que nos da acceso a la presencia de Jesucristo.
(b) Los poderes angélicos no nos pueden separar de Él. En aquel tiempo, los judíos habían desarrollado mucho la creencia en los ángeles. Todo tenía su ángel: había ángeles de los vientos, de las nubes, de la nieve, del granizo y de la escarcha, del trueno y del rayo, del frío y del calor, y de las estaciones. Los rabinos decían que no había nada en el mundo, ni siquiera una brizna de hierba, que no tuviera su ángel. Según los rabinos había tres rangos de ángeles: el primero incluía tronos, querubines y serafines; el segundo, poderes, señoríos y fuerzas, y el tercero, ángeles, arcángeles y principados. Pablo se refiere a estos ángeles en más de una ocasión (Efesios 1:21; 3:10; 6:12; Colosenses 2:10, 15; 1 Corintios 15:24). Ahora bien: los rabinos -y recordemos que Pablo había sido uno de ellos-creían que los ángeles eran poco amigos de los humanos. Creían que se habían enfadado cuando Dios creó a los hombres; se habían puesto celosos, porque no querían compartir a Dios con otra especie. Los rabinos tenían la leyenda de que, cuando Dios se apareció en el monte Sinaí para darle la Ley a Moisés, estaba rodeado de sus ejércitos de ángeles, que no estaban de acuerdo con que se diera la Ley a Israel y asaltaron a Moisés cuando subía a la montaña y le hubieran impedido llegar arriba si Dios mismo no hubiera intervenido. Así es que Pablo, haciéndose eco de las ideas de su tiempo, dice que « ni siquiera los mezquinos y celosos ángeles nos pueden separar del amor de Dios, por mucho que lo intenten.»
(c) No hay época de la Historia que nos pueda separar de Cristo. Pablo habla de cosas presentes y cosas por venir. Sabemos que los judíos dividían el tiempo en esta era presente y la era por venir. Pablo está diciendo: « En este mundo presente no hay nada que nos pueda separar de Dios en Cristo; llegará el día cuando este mundo será sacudido y amanecerá la nueva era. Pero no importa; porque entonces tampoco, cuando se acabe este mundo y se haga realidad el nuevo, el lazo de unión con Cristo permanecerá.»
