(d) Ninguna influencia maligna (poderes) nos separará de Cristo. Pablo menciona específicamente altura y profundidad. Son términos de astrología. El mundo antiguo estaba obsesionado con la idea de la tiranía de las estrellas. Creían que todas las personas nacemos bajo una cierta estrella que decide nuestro destino. Todavía hay algunos que creen en la influencia de las estrellas; pero en el mundo antiguo era una creencia más general y obsesiva. La altura (hypsóma) era cuando una estrella estaba en su cenit, y se suponía que su influencia era máxima; profundidad (hathos) era cuando estaba en su nadir, dispuesta a empezar a ascender y ejercer su influencia en alguna persona. Pablo dice a los que estaban -y a los que están- obsesionados con estas cosas: «Las estrellas no te pueden hacer ningún daño. En su subir y bajar son impotentes para separarte del amor de Dios.»
(e) Ni ningún otro mundo nos podrá separar de Dios. La palabra que usa Pablo para otro es héteros, que significa realmente diferente. Está diciendo: «Supongamos que, inexplicablemente, como por arte de magia, os encontrarais en otro mundo totalmente diferente de éste. Estaríais a salvo: seguiría envolviéndoos el amor de Dios.»
Aquí tenemos una visión que despeja toda soledad y todo temor. Pablo está diciendo: «Podéis pensar en cualquier cosa aterradora que pueda producir este mundo o cualquier otro mundo diferente: ninguna de ellas conseguirá separar al cristiano del amor de Dios que se encuentra en Jesucristo. Que es Señor de todo terror y de todo mundo.» En Él se hace realidad la seguridad que anunciaba proféticamente el salmo 27: El Señor es mi luz y mi salvación. ¿De quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida. ¿De quién he de atemorizarme?
El problema de los judíos
En los capítulos 9 al 11 Pablo se enfrenta con uno de los problemas más desconcertantes que se le presentan a la Iglesia Cristiana: el problema de los judíos. Los judíos eran el pueblo escogido de Dios; habían ocupado un lugar exclusivo en el propósito de Dios; y sin embargo, cuando vino al mundo el Hijo de Dios, Le rechazaron y Le crucificaron. ¿Cómo se puede explicar esta trágica paradoja? Este es el problema que Pablo trata de resolver en estos capítulos, complicados y difíciles. Antes de empezar a estudiarlos en detalle, será conveniente que veamos en líneas generales la solución que Pablo nos presenta.
Hay algo que debemos tener presente antes de empezar a desentrañar el pensamiento de Pablo, y es que estos capítulos no se escribieron con ira, sino con profundo dolor de corazón. Pablo no podía olvidar que era judío, y estaba dispuesto a dar su vida para traer a sus hermanos de raza a Jesucristo.
Pablo no niega nunca que los judíos eran el pueblo escogido. Dios los había adoptado como propios; les había dado los pactos, el culto del Templo y la Ley; les había concedido la presencia de Su misma gloria, y les había dado los patriarcas.
Pero, sobre todo, Jesús era judío, de la tribu de Judá, como estaba profetizado. Pablo acepta como axioma en toda esta cuestión que los judíos ocupaban un lugar especial en la economía de la Salvación.
Lo primero que Pablo aclara en su argumento es que, si bien es cierto que los judíos, como nación, rechazaron y crucificaron a Jesús, también lo es que no todos los judíos Le rechazaron; algunos Le recibieron y creyeron en Él, porque todos los primeros seguidores de Jesús eran judíos. A continuación, Pablo repasa la historia, e insiste en que lo que hace que un hombre sea judío no es el ser descendiente de Abraham. Repetidas veces en la historia de Israel hubo un proceso de selección -Pablo lo llama elección- en el que algunos descendientes de Abraham fueron elegidos, y otros rechazados. En el caso del mismo Abraham, su hijo Isaac, que nació en cumplimiento de la promesa de Dios, fue elegido; pero Ismael, que nació sencillamente como el resultado de un proceso natural, no lo fue. En el caso de Isaac, su hijo Jacob fue elegido; pero el mellizo de éste, Esaú, no. Esta selección no era el resultado de los méritos personales, sino de la sabiduría y la soberanía de Dios.
Además, el verdadero pueblo escogido nunca era toda la nación, sino un resto fiel, unos pocos que eran leales a Dios cuando todos los demás Le negaban. Ese fue el caso en los días del profeta Elías, cuando permanecieron fieles al Señor siete mil, mientras la mayoría de la nación se había apartado para seguir a Baal. Era una parte esencial de la enseñanza de Isaías, que dijo: «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, sólo un resto de ellos se salvará» (Isaías 10:22; Romanos 9:27). Lo que Pablo deja bien sentado es que nunca fue toda la nación el pueblo escogido. Siempre hubo selección por parte de Dios.
