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1 Timoteo 5: La corrección fraterna

Comparte estas instrucciones para que los demás sean irreprochables. Si alguno deja de proveer para su propio pueblo, y especialmente para los miembros de su propia familia, ha negado la fe y es peor que un no creyente. La Iglesia Cristiana heredó una preciosa tradición de beneficencia para con los necesitados. Ningún pueblo se ha cuidado más de sus necesitados y ancianos que los judíos. Aquí se dan consejos acerca del cuidado de las viudas. Puede que se trate de dos clases de mujeres. Había sin duda mujeres que se habían quedado viudas por la muerte de sus maridos. Pero no era extraño en el mundo pagano, en ciertos lugares, el que un hombre tuviera más de una mujer. Cuando un hombre se hacía cristiano, no podía seguir practicando la poligamia, y por tanto tenía que escoger con qué mujer iba a vivir. Eso suponía que algunas esposas tenían que ser despedidas y se encontraban en una posición muy desafortunada. Puede ser que tales mujeres también se consideraran como viudas y la Iglesia las ayudara.

La ley judía establecía que en el momento del matrimonio un hombre tenía que hacer provisión para su mujer en caso de que quedara viuda. Los primeros servidores que nombró la Iglesia Cristiana tenían entre sus deberes el de cuidarse fielmente de las viudas (Hechos 6:1). Ignacio estableció: «Que no se vean abandonadas las viudas. Después del Señor sé tú su guardián.» Las Constituciones Apostólicas exhortan al obispo: «Oh obispo, ten cuidado de los necesitados tendiéndoles una mano de ayuda y haciendo provisión para ellos como mayordomo de Dios, distribuyendo las ofrendas a su tiempo para cada uno de ellos, a las viudas, los huérfanos, los solitarios y los que pasan por aflicción.» El mismo libro contiene una instrucción interesante y amable: « Si alguno recibe algún servicio para llevar a una viuda o mujer pobre… que se lo dé el mismo día.» Como dice el proverbio: «Da dos veces el que da sin demora,» y la Iglesia se preocupaba de que los que padecían pobreza no tuvieran que esperar y padecer necesidad porque uno de los servidores de la iglesia se retrasara.

Ha de notarse que la Iglesia no se proponía asumir responsabilidad por las personas mayores que tenían hijos capaces de mantenerlos. El mundo antiguo era muy claro en cuanto al deber que tenían los hijos de mantener a sus padres ancianos y, como E. K. Simpson ha dicho muy bien: «Una confesión religiosa que caiga por debajo del nivel de deber reconocido por el mundo es un triste fraude.» La Iglesia no habría reconsentido nunca que su caridad se convirtiera en una excusa para que los hijos evadieran su responsabilidad.

Era ley griega desde los tiempos de Solón el que los hijos y las hijas estaban obligados, no sólo moralmente, sino también legalmente a mantener a sus padres. Cualquiera que incumpliera ese deber perdía sus derechos de ciudadanía. Esquines, el orador ateniense, dice en uno de sus discursos: « ¿Y a quién condenó al silencio en la Asamblea del pueblo nuestro legislador (Solón)? ¿Y dónde deja esto claro? «Que se haga dice un escrutinio de los oradores públicos, en caso de que haya alguien que hable en la Asamblea del pueblo que golpea a su padre o a su madre, o que incumple su deber de mantenerlos o darles un hogar.»» Demóstenes dice: «Considero al hombre que abandona a sus padres como incrédulo y aborrecedor de los dioses tanto como de los hombres.» Filón, escribiendo acerca del mandamiento de honrar a los padres dice: «Cuando las cigüeñas viejas ya no pueden volar, se quedan en sus nidos y las alimentan sus hijos, que se someten a duros trabajos para proveerles el alimento a causa de su piedad.» Para Filón estaba claro que hasta la creación animal reconocía su obligación para con los padres ancianos, y ¡cuánto más deben hacerlo así los seres humanos! Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, establece: «Se pensaría que en lo referente al alimento debemos ayudar a nuestros padres antes que a todos los demás, puesto que les debemos nuestra nutrición a ellos, y es más honorable ayudar en este sentido a los autores de nuestro ser, aun antes que a nosotros mismos.» Según lo veía Aristóteles uno debe antes morirse de hambre que dejar padecer necesidad a sus padres. Platón en Las Leyes expresa la misma convicción de la deuda que se tiene con los padres: «Seguidamente viene el honor de los padres amantes, a los cuales, como es debido, tenemos que pagar la primera y la más grande y más antigua de las deudas, considerando que todo lo que tiene una persona pertenece a aquellos que le dieron nacimiento y la criaron, y que debe hacer todo lo que pueda para ministrarle; primero, con sus propiedades; segundo, con su persona; y tercero, con su alma; pagando las deudas que les debe por el cuidado y trabajo que ellos le otorgaron antiguamente en los días de su infancia, y que ahora se le ofrece la oportunidad de devolverles cuando ellos son ancianos y se encuentran en una necesidad extrema.»

Lo mismo encontramos en los poetas griegos. Cuando Ifigenia estaba hablando con su padre Agamenón en la Ifigenia en Aulis de Eurípides, dice: Yo fui la primera que te llamé padre, y tú a mí hija. Yo fui la que en un principio descansé mi cuerpo en tus rodillas y te di y recibí de ti dulces caricias. Y ésta era tu palabra: « Ah, mi chiquilla, me consideraré bendito cuan do te vea en la casa de tu marido viviendo y floreciendo de una manera digna de mí. » Y entretejiendo mis dedos en tu barba, a la que ahora me aferro, así te respondía yo: c«¿Y qué será de ti? ¿Le daré la bienvenida a tus canas, padre, amorosamente en mi casa, compensándote por todo el esfuerzo que tú has derramado conmigo?»

El gozo del hijo era esperar el día en que pudiera compensar a sus padres todo lo que habían hecho por él. Cuando Eurípides cuenta cómo descubrió Orestes que un hado cruel le había hecho matar involuntariamente a su propio padre, le hace decir: Él me crió cuando yo era un bebé y me prodigó sus besos. ¡Oh desgraciado corazón y alma míos! ¡He devuelto una paga miserable! ¿Qué velo de tinieblas puedo ponerme a la cara? Ojalá ante mí se extendiera alguna nube para esconderme de la mirada escrutadora del anciano.

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