Tenían que haber practicado la hospitalidad con los forasteros. Las posadas del mundo antiguo eran notoriamente sucias, caras e inmorales. Los que abrían sus casas a viajeros o forasteros, o a los jóvenes cuyo trabajo o estudio los obligaba a estar fuera de su hogar, estaban haciendo un servicio sumamente valioso a la comunidad. La puerta abierta de un hogar cristiano es siempre una cosa preciosa. Tenían que haber lavado los pies de los santos. Esto no hay que tomarlo literalmente, aunque el sentido literal estaría también incluido. El lavarle los pies a una persona era una tarea propia de un esclavo, el más servil de todos los deberes. Esto querría decir que las viudas cristianas tenían que haber estado dispuestas a aceptar las tareas más humildes en el servicio de Cristo y de los cristianos. La Iglesia necesitaba responsables que vivieran desahogadamente; pero no menos a los que estuvieran dispuestos a hacer las tareas que no dan importancia ni casi se agradecen.
Tenían que haber ayudado a los que tenían problemas. En los tiempos de persecución no era una cosa insignificante el ayudar a los cristianos que estaban sufriendo por su fe. Eso era identificarse con ellos y asumir el riesgo de recibir un castigo semejante. El cristiano tenía que estar al lado de los que tuvieran problemas a causa de su fe, aun en el caso de, por hacerlo así, granjearse problemas.
Tenían que haberse dedicado a toda clase de buenas obras. Todos los hombres concentraban su vida en algo; el cristiano concentraba la suya en la obediencia a Cristo y la ayuda a los demás.
Cuando estudiamos estos requisitos para las que habían de ser reconocidas como viudas, vemos que eran las cualidades de cualquier buen cristiano.
Requisitos y peligros del servicio
Como ya hemos dicho, si no tan pronto como en el tiempo de las Epístolas Pastorales sí en días posteriores, las viudas llegaron a ser una orden reconocida en la Iglesia Cristiana. Su posición y trabajo se tratan en los primeros ocho capítulos del tercer libro de Las Constituciones Apostólicas, y estos capítulos revelan el uso que la tal orden podía representar y los peligros que surgían inevitablemente.
(i) Se establece que las mujeres que desearan servir a la Iglesia debían ser discretas. Especialmente habían de serlo en el habla: «Que cada viuda sea humilde, callada, benigna, sincera, libre de ira, no charlatana, no chillona, no rápida para hablar, no dada a hablar mal, no suspicaz, no de doble lengua, no una metomentodo. Si ve u oye cualquier cosa que no está bien, que se porte como si no lo hubiera visto y como si no lo hubiera oído.» Tales encargados de la Iglesia deben ser muy cuidadosos cuando discuten la fe con los de fuera: «Porque los incrédulos, cuando escuchan la doctrina relativa a Cristo, no explicada como es debido, sino defectuosamente, especialmente la que se refiere a Su Encarnación o Su Pasión, la rechazarán más bien con burla, y se reirán de ella como si fuera falsa, antes que alabar a Dios por ella.» No hay nada más peligroso que un encargado de la iglesia que hable acerca de cosas que deberían mantenerse secretas; y un encargado de la iglesia debe estar equipado para comunicar el Evangelio de una manera que haga a los oyentes pensar mejor y no peor de la verdad cristiana.
(ii) Se establece que las mujeres que sirven en la iglesia no deben ser zascandiles: «Que por tanto la viuda se reconozca como «el altar de Dios,» y que se esté sentada en su propia casa y no se meta en las casas de los incrédulos en busca de nada; porque el altar de Dios nunca anda vagando por ahí, sino que está fijo en un lugar. Por tanto que la virgen y la viuda sean tales que no anden vagando por ahí, o entrando en las casas de los que son ajenos a la fe. Porque las que eso hacen son zascandiles e impúdicas.» La chismosa inquieta está mal equipada para servir a la Iglesia.
(iii) Se establece que las viudas que acepten la caridad de la iglesia no deben ser ansiosas. «Hay algunas viudas que consideran que su negocio consiste en sacar beneficio; y como piden sin vergüenza, y no están nunca contentas con lo que reciben, hacen que los demás estén menos dispuestos a dar… Una mujer así está pensando en su mente adónde se puede dirigir para obtener, o que una cierta mujer que es su amiga se ha olvidado de ella, y ella tiene algo que decirle… murmura de la diaconisa que distribuye la beneficencia diciendo: «¿Es que no ves que yo estoy en más angustia y necesidad de tu ayuda? ¿Por qué entonces la has preferido a ella antes que a mí?»» Está muy feo tratar de vivir a costa de la iglesia más bien que para la iglesia.
