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1 Timoteo 5: La corrección fraterna

Reglas prácticas de administración

Los ancianos que cumplan bien sus deberes sean tenidos por dignos de un doble honor, especialmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza; porque la Escritura dice: «No le pongas bozal al buey que está trillando,» y «el obrero merece su paga.»

No aceptes una acusación contra un anciano a menos que esté respaldada por dos o tres testigos. Reprende en presencia de todos a los que persistan en el pecado, para que los demás desarrollen un sano temor al pecado.

Te amonesto delante de Dios y de Jesucristo y de los ángeles escogidos que guardes estas normas imparcialmente y que no hagas nada movido por prejuicios o favoritismos.

No te precipites a imponerle las manos a nadie, ni a solidarizarte con los pecados ajenos. Mantén tu pureza. Aquí tenemos una serie de disposiciones de lo más prácticas para la vida y la administración de la iglesia.

(i) Los ancianos deben ser honrados como es debido y pagados adecuadamente. Cuando se hacía la trilla en Oriente, lo mismo que en España hasta hace muy poco, las gavillas de la siega se colocaban en la era; seguidamente se hacía que parejas de bueyes y otros animales arrastraran el trillo sobre las gavillas, algunas veces atándolos a un poste central y haciéndoles dar vueltas sobre el grano; en cualesquiera formas, no se les ponía el bozal a los animales, dejándolos en libertad de comer todo lo que quisieran en recompensa por el trabajo que estaban haciendo. Esta ley concreta acerca de los bueyes de encuentra en Deuteronomio 25:4. El dicho de que el obrero merece su salario es un dicho de Jesús (Lucas 10:7). Suena a un dicho proverbial que Él citara y todos conocieran. Cualquier trabajador merece ganarse la vida, y cuanto más trabaje, tanto más merece ganar. El Cristianismo nunca ha tenido nada que ver con la ética sentimental que reclama la igualdad para todos. La recompensa de un hombre debe ser proporcional a su trabajo. Se ha de notar qué clase de ancianos han de ser honrados y recompensados especialmente: son los que trabajan en la predicación y la enseñanza. El anciano cuyo servicio consistía solamente en palabras y en discusiones y en razonamientos no es del que se trata aquí. A1 que la iglesia realmente honraba era al hombre que trabajaba para edificar y construir mediante su predicación de la verdad y su educación de los jóvenes y de los nuevos convertidos.

(ii) La ley judía establecía que ninguna persona podía ser condenada por la evidencia de un solo testigo: « No se tomará en cuenta a un solo testigo contra alguien en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación» (Deuteronomio 19:15). La Misná, la ley rabínica codificada, dice describiendo el proceso del juicio: «De la misma manera el segundo testigo era introducido y examinado. Si el testimonio de los dos se encontraba que estaba de acuerdo, se abría el turno para la defensa.» Si no constaba más que la evidencia de un solo testigo no había razón para dictar sentencia. En tiempos posteriores las reglas de la Iglesia establecieron que los dos testigos debían ser cristianos, porque le habría sido fácil a un pagano malicioso fabricar una acusación falsa contra un anciano cristiano con el propósito de desacreditarle, y con él a la Iglesia. En los primeros días, las autoridades de la Iglesia no dudaban en aplicar disciplina, y Teodoro de Mopsuesto, uno de los primeros padres, indica lo necesaria que era esta regla, porque los ancianos siempre estaban expuestos a no ser del gusto de todos, y estaban especialmente expuestos a ataques maliciosos « debidos a la venganza de algunos a los que hubieran reprendido por sus pecados.» Uno que hubiera sido disciplinado podría tratar de vengarse acusando maliciosamente a un anciano de alguna irregularidad o algún pecado. Es un hecho indudable que este mundo sería mucho más feliz, y la Iglesia también, si las personas se dieran cuenta de que no es menos que un pecado el difundir historias de cuya verdad no se está seguro. La charla irresponsable, crítica y maliciosa causa un daño infinito y un infinito dolor de corazón, y tal práctica no puede seguir indefinidamente sin recibir el castigo de Dios.

Reglas prácticas de administración

(iii) A los que persistan en el pecado ha de reprendérseles públicamente. Esa pública reprensión tenía un doble valor. Le hacía parar mientes al pecador para considerar sus propios caminos; y hacía que otros tuvieran cuidado no fuera que se vieran en una humillación semejante. La amenaza de la publicación del pecado no es una mala cosa si mantiene a la persona en el buen camino, aunque sea por temor. Un pastor sabio conocerá el momento en que se han de mantener las cosas reservadas y el momento en que se ha de llegar a la reprensión pública. Pero suceda lo que suceda, la Iglesia no debe dar nunca la impresión de que hace la vista gorda en situaciones de pecado manifiesto.

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