(iv) Se establece que tales mujeres deben hacer todo lo posible para subvenir sus necesidades: «Que haga cosas de lana y ayude a otras en lugar de ser ella la que necesite ayuda.» La beneficencia de la iglesia no existe para hacer que las personas sean perezosas y dependientes.
(v) Tales mujeres no deben ser envidiosas ni celosas: «Oímos que algunas viudas son celosas, calumniadoras envidiosas y envidiosas de la tranquilidad de otras personas… Les corresponde, cuando una de sus compañeras de viudedad es vestida por alguno, o recibe dinero, o comida, o bebida, o calzado, dar gracias a Dios por el alivio de su hermana.» Aquí tenemos al mismo tiempo una descripción de las faltas de las que la iglesia suele estar llena, y de las virtudes que deberían ser las señales de la verdadera piedad cristiana.
Los peligros de la ociosidad
Resístete a apuntar a mujeres más jóvenes como viudas, porque cuando se ponen impacientes con las restricciones de la viudedad cristiana quieren casarse, por lo que merecen la condenación, porque han quebrantado el compromiso de su primera fe; y, al mismo tiempo, aprenden a estar ociosas y a correr de casa en casa. Sí, pueden llegar a estar más que ociosas; pueden convertirse en chismosas y zascandiles, diciendo lo que no se debe repetir. Mi deseo es que las viudas más jóvenes se casen y tengan hijos, y lleven su casa y hogar, sin dar a nuestros oponentes oportunidad de crítica.
Porque, tal como están las cosas, algunas de ellas se han descarriado para seguir a Satanás. Si algún creyente es pariente de alguna viuda, que la ayude, y no deje que la iglesia tenga que cargar con esa responsabilidad, para que pueda encargarse de las que están auténticamente en situación de viudas.
Un pasaje como éste refleja la situación social en que se encontraba la Iglesia Primitiva. No es que se condene a las viudas más jóvenes por casarse otra vez. Lo que se condena es otra cosa. Se muere un marido joven; y la viuda, en la primera amargura del dolor y siguiendo el impulso del momento, decide permanecer viuda toda la vida y dedicarse a la Iglesia; pero más tarde cambia de opinión y se casa otra vez. Esa mujer se ve que ha tomado a Cristo por esposo.
Al casarse otra vez se considera que está siendo infiel a su voto matrimonial con Cristo. Habría sido mejor que nunca hiciera ese voto.
Lo que complicaba mucho éste asunto era el trasfondo social de los tiempos. Era casi imposible para una mujer soltera o viuda el ganarse la vida honradamente. No había prácticamente ninguna profesión ni trabajo que le estuviera abierto. El resultado era inevitable; casi se veía impulsada a la prostitución para poder vivir. La mujer cristiana, por tanto, tenía o que casarse o que dedicar su vida completamente al servicio de la Iglesia; no había término medio.
En cualquier caso, los peligros de la ociosidad siguen siendo los mismos en cualquier edad. Estaba el peligro de sentirse inquieta; como esa mujer no tendría muchas cosas que hacer, podría volverse una de esas criaturas que vagan de casa en casa en un círculo social vacío. Era casi inevitable el que tal mujer se volviera una chismosa; como no tenía nada importante de que hablar, se dedicaría a hablar de escándalos, repitiendo cuentos de casa en casa, cada vez más bordados y con más malicia. Tal mujer corría el riesgo de volverse una zascandil; como no tenía nada propio para llamar la atención, estaría propensa a mostrar un interés excesivo y a interferirse excesivamente en asuntos ajenos.
Era verdad entonces, como lo es ahora, que «Satanás les encuentra algún quehacer a las manos desocupadas.» La vida plena es siempre la más segura, y la vida vacía siempre está en peligro.
Así que a las mujeres más jóvenes se les da el consejo de casarse y ocuparse en la tarea más importante de todas, la de cuidarse de una familia y hacer un hogar. Aquí tenemos otro ejemplo de uno de los principales pensamientos de las Epís tolas Pastorales. Siempre están preocupadas acerca de cómo se presenta el cristiano al mundo exterior. ¿Da oportunidad de criticar a la Iglesia, o razón para admirarla? Siempre es verdad que «el más grande obstáculo que tiene la Iglesia son las vidas deficientes de los que se profesan cristianos,» e igualmente verdad que la más convincente prueba a favor del Cristianismo es una vida genuinamente cristiana.
