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1 Timoteo 5: La corrección fraterna

Para Eurípides el más acuciante pecado del mundo era el fracaso en los deberes para con los padres. Los escritores éticos del Nuevo Testamento estaban seguros de que el sostenimiento de los padres era una parte esencial de los deberes del cristiano. Es algo que hay que tener presente. Vivimos en un tiempo cuando hasta los deberes más sagrados se dejan de lado o se deja que los cumpla el Estado, y cuando esperamos en tantos casos que la beneficencia pública haga lo que debería hacer la piedad privada. Como lo veían las Pastorales, la ayuda que se presta a los padres tiene dos vertientes. Primera es honrar a los que la reciben. Es la única manera en que un hijo puede manifestar la estima de su corazón. Segunda es un reconocimiento de las exigencias del amor. Es devolver el amor que se recibió en tiempo de necesidad con amor dado en tiempo de necesidad; y sólo con amor se puede pagar el amor.

Todavía nos queda una cosa por decir, y no estaría bien pasarla por alto. Este preciso pasaje pasa a establecer algunas de las cualidades de las personas a las que la Iglesia es llamada a sostener. Lo que es verdad de la Iglesia es verdad dentro de la familia. Si hay que mantener a una persona, esa persona tiene que dejarse mantener. Si se lleva a un padre a la casa de su hijo y con su conducta desconsiderada no causa más que problemas, surge otra situación. Aquí hay una doble obligación; la que tiene el hijo de mantener al padre, y el deber del padre de ser tal que ese mantenimiento sea posible dentro de la estructura del hogar.

Una honorable y útil ancianidad

Que no se apunte a una mujer como viuda nada más que si tiene más de sesenta años de edad; si ha sido la mujer de un solo marido; si ha merecido tener una fama confirmada de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad con los forasteros; si ha ayudado a los necesitados; si ha lavado los pies de los santos; si se ha dedicado a toda clase de buenas obras.

Por este pasaje se ve claramente que la iglesia tenía una lis ta oficial de viudas; y parece que la palabra viuda se usa aquí con un doble sentido. Mujeres que eran de edad avanzada y cuyos maridos había muerto y cuyas vidas eran preciosas y útiles eran la responsabilidad de la iglesia; pero también es verdad que, tal vez ya en un tiempo tan temprano, y ciertamente algo más tarde en la Iglesia Primitiva, había una orden oficial de viudas, una orden de mujeres mayores que se apartaban para deberes especiales. En las disposiciones de Las Constituciones Apostólicas, que nos dicen cómo eran la vida y la organización de la Iglesia en el siglo III, se establece: « Se nombrarán tres viudas, dos para perseverar en la oración por los que están en pruebas, y para recibir revelaciones cuando éstas sean necesarias, pero una para ayudar a las mujeres que han sido visitadas por la enfermedad; debe estar dispuesta a prestar un servicio, con discreción, diciéndoles a los ancianos lo que se necesita, sin avaricia, no excesivamente aficionada al vino, para que pueda mantenerse sobria y ser capaz de realizar los servicios por la noche y muchos otros deberes de amor.»

Tales viudas no eran ordenadas como los ancianos y los obispos; eran apartadas mediante la oración para el trabajo que tenían que hacer. No habían de ser apartadas hasta que tuvieran más de sesenta años. Esa era una edad que el mundo antiguo también consideraba especialmente conveniente para dedicarse a la vida espiritual. Platón, en su plan para el estado ideal, mantenía que sesenta años era la edad correcta para que los hombres y las mujeres llegaran a ser sacerdotes y sacerdotisas.

Las Epístolas Pastorales son siempre intensamente prácticas; y en este pasaje encontramos siete condiciones que debían satisfacer las viudas de la Iglesia.

Tenían que haber sido mujeres de un solo marido. En una edad en la que el vínculo matrimonial se miraba con tanta ligereza y se deshonraba casi universalmente, habían de ser ejemplos de pureza y fidelidad.

Tenían que haber ganado una buena reputación por buenas obras. Los encargados de la Iglesia, varones o mujeres, tenían a su cuidado, no solamente su propia reputación personal, sino también el buen nombre de la Iglesia. Nada desacredita tanto a una iglesia como los encargados indignos; y no hay mejor publicidad para la Iglesia que una persona responsable que aplica su cristianismo a las actividades de la vida diaria.

Tienen que haber criado hijos. Esto bien puede querer decir más de una cosa. Puede querer decir que las viudas tienen que haber dado pruebas de su piedad cristiana educando a sus propias familias cristianamente. Pero puede que quiera decir más que eso. En una edad en la que el vínculo matrimonial se había relajado mucho y los hombres y las mujeres cambiaban de cónyuge con una rapidez alucinante, los hijos se considerarían un obstáculo. Ésta era la gran edad de la exposición de los bebés. Cuando nacía un niño, se le traía y se le ponía a los pies de su padre. Si el padre se inclinaba y le levantaba, eso quería decir que le reconocía y que estaba dispuesto a aceptar responsabilidad por su crianza. Si el padre se daba la vuelta y se marchaba, al bebé se le arrojaba literalmente como si fuera una basura indeseable. Solía pasar que recogían esos niños no aceptados personas sin escrúpulos, y si eran chicas las criaban para emplearlas en los burdeles públicos, y si eran chicos, para venderlos como esclavos o entrenarlos como gladiadores en el circo. Era un deber cristiano el rescatar tales niños de la muerte o aun de cosas peores, y criarlos en un hogar cristiano. Así es que esto puede querer decir que las viudas habrían sido mujeres que habían estado dispuestas a darles un hogar a niños abandonados.

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