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2 Pedro 2: Los falsos profetas

Si así sucedió entonces, podéis estar seguros de que el Señor sabe rescatar de la prueba a los que son sinceramente religiosos, y mantener a los injustos a la espera del castigo hasta que llegue el Día del Juicio, y especialmente a aquellos que tienen la vida dominada por los deseos que contaminan la carne y que desprecian los poderes celestiales. Son hombres osados y ególatras; no se privan de hablar mal de las glorias angélicas, cuando los ángeles, que les son superiores en fuerza y poder, no profieren acusaciones contra ellas en la presencia del Señor.

Aquí tenemos un pasaje que nos presenta un poder indudable y una oscuridad no menos indudable. El rojo vivo de su intensidad retórica reverbera a través de él hasta nuestros días; pero suscita alusiones que serían aterradoramente eficaces para aquellos que las- escucharan por primera vez, aunque ya han dejado de sernos familiares. Cita tres notorios ejemplos de pecado y su destrucción; y en dos de ellos muestra como, cuando fue obliterado el pecado, los íntegros fueron rescatados y preservados por la misericordia y la gracia de Dios. Veamos esos ejemplos uno a uno.

El pecado de los ángeles

Antes de referir la historia que subyace bajo esto en la leyenda judía hay dos- palabras independientes que debemos considerar. Pedro dice que Dios condenó a los ángeles rebeldes a las profundidades más bajas del infierno. Literalmente, el griego dice que Dios condenó a los ángeles al tártaro (tartarún). Tártaro no era una concepción hebrea, sino griega. En la mitología griega, el tártaro era el infierno más bajo; estaba tan por debajo del hades como el Cielo por encima de la Tierra. En particular era el lugar al que habían sido lanzados los titanes que se habían rebelado contra Zeus, el padre de los dioses y de los hombres.

La segunda palabra es la que nos habla de los pozos de oscuridad. Aquí hay una duda. Hay dos palabras griegas, ambas bastante infrecuentes, que se mezclan en este pasaje. Una es siros o seiros, que quería decir originalmente un gran cántaro de arcilla para guardar grano. Luego pasó a significar los grandes pozos subterráneos en los que se guardaba el grano y que servían como graneros. Siros ha dado en español por vía del provenzal la palabra silo, que todavía describe las torres en las que se almacena el grano. Todavía más tarde la palabra pasó a significar un pozo que era una trampa para lobos u otras fieras. Si creemos que ésta es la palabra que usa Pedro, lo que cónfirman los mejores manuscritos, esto quiere decir que los ángeles malvados fueron arrojados a grandes pozos subterráneos donde permanecen en la oscuridad como castigo. Esto está de acuerdo con la idea de un tártaro muy por debajo del hades.

Pero hay una palabra muy parecida, seira, que quiere decir una cadena. Ésta es la traducción que se adoptaba en las ediciones antiguas de la Reina-Valera (versículo 4, «cadenas de oscuridad»). Los manuscritos griegos de Segunda de Pedro varían entre seiroi, pozos y seirai, cadenas. Pero los mejores manuscritos tienen seiroi, y pozos de oscuridad hace mejor sentido que cadenas de oscuridad; así que estamos de acuerdo con la Reina-Valera desde la revisión de 1960.

La historia de la caída de los ángeles está profundamente arraigada en el pensamiento hebreo y experimentó mucho desarrollo con el paso de los años. La historia original se encuentra en Génesis 6:1-5. Allí se llama a los ángeles los hijos de Dios, como es corriente en el Antiguo Testamento. En Job, los hijos de Dios vienen a presentarse delante del Señor, y Satanás está entre ellos (Job 1:6; 2:1; 38:7). El salmista habla de los hijos de los dioses (Salmo 89:6). Estos ángeles vinieron a la Tierra y sedujeron a las mujeres mortales. El fruto de estas extrañas uniones fue la raza de los gigantes; y por medio de ellos se introdujo en la Tierra la maldad. Está claro que esta es una antigua, antigua historia, que pertenece a la infancia de la raza.

Esta historia estaba ya considerablemente desarrollada en el Libro de Enoc, de donde Pedro extrajo sus alusiones, porque en sus días ese era un libro que conocía todo el mundo. En Enoc se llama a los ángeles Los Guardianes. El líder de su rebelión fue Semyaza o Azazel. Instigados por él descendieron al Monte Hermón en los días de Jared, el padre de Enoc. Tomaron esposas mortales a las que instruyeron en la magia y en artes que les daban poder. Originaron la raza de los gigantes, y los gigantes a los nefLdim, los gigantes que habitaban la tierra de Canaán y a los que los israelitas les tenían miedo (Números 13:33).

Estos gigantes se volvieron caníbales, y fueron culpables de toda clase de malos deseos y crímenes, y especialmente de una arrogancia insolente con Dios y con los hombres. La literatura judía hace muchas referencias a ellos y a su orgullo. Sabiduría 14:6 dice cómo perecieron los orgullosos gigantes. Eclesiástico 16:7 cuenta cómo cayeron por la misma fuerza de su estupidez.

No tenían sabiduría y perecieron en su necedad (Baruc 3:26-28). Josefo dice que eran arrogantes y despectivos con todo lo bueno y sólo confiaban en su propia fuerza (Antigüedades 1.3.1). Job dice que Dios acusó a sus ángeles de necedad (Job 4:18).

Esta antigua historia hace una extraña y fugaz aparición en las cartas de Pablo. En 1 Corintios 11:10; Pablo dice que las mujeres ceben llevar la cabeza cubierta en la iglesia por causa de los ángeles. Detrás de este dicho extraño se encuentra la antigua creencia de que fue el encanto del pelo largo de las mujeres de la antigüedad lo que despertó el deseo de los ángeles; Pablo quiere evitar que se repita la historia.

Por último, hasta los ángeles se quejaron del dolor y la miseria que habían traído al mundo aquellos gigantes por medio del pecado de los ángeles. En consecuencia, Dios envió a Sus arcángeles. Rafael ató de pies y manos a Azazel y le encerró en las tinieblas; Gabriel mató a los gigantes; y los Guardianes, los ángeles rebeldes, fueron encerrados en los abismos de oscuridad por debajo de las montañas durante setenta generaciones y luego confinados para siempre en el fuego eterno. Esta es la historia que Pedro tenía en mente, y que sus lectores conocían muy bien. Los ángeles habían pecado y Dios había enviado su destrucción, y fueron encerrados para siempre en los pozos de oscuridad y en las profundidades del infierno. A eso conduce el pecado de la rebelión.

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