Retrato de un malvado
Los versículos 9-11 nos presentan el retrato del malvado. Pedro, con unos pocos trazos rápidos y enérgicos de su pluma nos describe las características sobresalientes del que merece ser tenido por una mala persona.
(i) Es una persona dominada por el deseo. Su vida está bajo el control de los deseos de la carne. Tal persona es culpable de dos pecados.
(a) La naturaleza de una persona tiene dos lados. Tiene un lado físico: instintos, pasiones e impulsos que comparte con la creación animal. Estos instintos son buenos si se mantienen en su propio lugar. Son incluso necesarios para preservar la vida individual y la continuación de la raza. La palabra temperamento quiere decir literalmente una mezcla. El cuadro que hay detrás es que la naturaleza humana consiste en una gran variedad de ingredientes, todos mezclados y revueltos. Está claro que la eficacia de cualquier mezcla depende de que cada ingrediente se halle en su debida proporción. Cuando se hallan en exceso o en defecto, la mezcla no es como es debido. La persona humana tiene una naturaleza física y también una naturaleza espiritual; y su humanidad depende de la correcta mezcla de las dos. La persona dominada por el deseo ha permitido que su naturaleza animal usurpe un lugar que no le corresponde; ha dejado que los ingredientes se salgan de su justa proporción, y la receta de su humanidad se ha desquiciado.
(b) Hay una razón para esta falta de proporción: el egoísmo. El mal raíz de la vida dominada por la concupiscencia es que parte de la suposición de que nada importa más que la gratificación de sus propios deseos y la expresión de sus propios sentimientos. Ha dejado de tener en cuenta o respetar a los demás. El egoísmo y el deseo van de la mano. Una persona mala es la que ha permitido que un lado de su naturaleza ocupe un lugar mucho mayor de lo que debería, y esto porque es esencialmente egoísta.
(ii) Es una persona osada. El término griego es tolmetes, del verbo tolmán, osar. Hay, dos maneras de ser atrevido. Hay una audacia noble, característica del verdadero coraje. Y hay una osadía desvergonzada, que se complace en lanzarse a hacer cosas que ofenden la decencia y el derecho. Como decía un personaje de Shakespeare: « Oso hacer todo lo que corresponde a un hombre. El que pretende hacer más, no lo es.» La mala persona es la que tiene la osadía de desafiar lo que sabe que es la voluntad de Dios.
(iii) Es una persona para la que no cuenta más que su voluntad. Ésta no es realmente una traducción adecuada. La palabra original es authádés, derivada de autós, el yo, y hedomai, agradar, y se usa de una persona que no tiene idea de nada más que de agradarse a sí misma. En ella hay siempre un elemento de obstinación. Si una persona es authádés, no habrá lógica ni sentido común, ni apelación, ni sentido de la decencia que le impida hacer lo que quiere. Como dice R. C. Trench: « Al mantener obstinadamente su propia opinión, o insistir en sus propios derechos, pasa por encima de los derechos, opiniones e intereses de los demás.» El que es authádés se empeña tozuda y arrogante y hasta brutalmente en seguir su propio camino. Los malos son los que no tienen consideración ni para la apelación humana ni para la dirección divina.
(iv) Es una persona que desprecia a los ángeles. Ya hemos visto que esto se retrotrae a alusiones a la tradición hebrea que nos resultan oscuras. Pero tiene un sentido más amplio. El malo insiste en vivir en un solo mundo. Para él no existe el mundo espiritual, y nunca escucha las voces del más allá. Es- de lft Tierra, terrenal. Ha olvidado que hay Cielo, y está ciego y sordo a las señales y sonidos del Cielo que se abren paso hasta él.
Engañarse a uno mismo y a otros
Pero éstos, como bestias salvajes que no reconocen más ley que la de sus instintos, nacidas para ser apresadas y destruidas, hablan mal de lo que no saben; su propia corrupción los destruirá a ellos; y llegarán a sentirse defraudados, perdiendo hasta la recompensa que se prometían con su iniquidad. Consideran un placer el libertinaje a la luz del día. Son manchas y defectos, regodeándose en sus disipaciones, andando de parranda con sus camarillas entre vosotros.
Tienen los ojos repletos de adulterio, insaciables de contemplar el pecado. Atrapan las almas que no están firmemente cimentadas en la fe. Tienen corazones entrenados para la ambición a rienda suelta de cosas que no tienen ‹ derecho a tener. Son criaturas malditas.
Pedro se lanza a una invectiva imponente que reverbera un ardor feroz y una indignación moral llameante. Los malvados son como bestias brutas, esclavos de sus instintos animales. Pero la bestia nace para la cautividad y la muerte, dice Pedro; no puede tener otro destino. Aún así hay algo autodestructivo en el placer carnal. El hacer de tal placer el todo y la finalidad de la vida es una táctica suicida y, a fin de cuentas, hasta el placer se pierde. La enseñanza de Pedro aquí es esta, y es eternamente válida. Si una persona se dedica a estos placeres carnales, acaba por destruirse en su salud física y en su carácter intelectual y espiritual, pero ni siquiera a ese precio puede disfrutar. El glotón acaba por destruir su apetito, el borracho su salud, el sensual su cuerpo, el autopermisivo su carácter y paz mental.
