Aquí tenemos un pasaje de consejos prácticos para el dirigente y maestro cristiano. Debe huir de los deseos juveniles. Muchos comentadores han hecho sugerencias en cuanto a lo que son estos deseos juveniles. Son mucho más que las pasiones de la carne. Incluyen esa impaciencia que no aprende nunca a «apresurarse despacio» y que todavía tiene que descubrir que la excesiva precipitación puede producir mucho más daño que bien; esa auto-afirmación, que es intolerante en sus opiniones y arrogante en su expresión de ellas, y que todavía no ha aprendido a ver lo bueno en los puntos de vista distintos de los propios; ese afán de disputar, que tiende a discutir largamente y actuar escasamente, y que pierde la noche hablando sin que quede más que una cesta de papeles de problemas sin resolver; esa pasión por lo novedoso, que tiende a condenar una cosa sencillamente porque es vieja y a desear una cosa sencillamente porque es nueva, infravalorando el valor de la experiencia. Una cosa hay que notar aquí -los fallos de la juventud son los fallos del idealismo. Es simplemente la frescura y la intensidad de la visión lo que hace que la juventud se precipite a estas equivocaciones.
Tales fallos son asuntos no para una condenación austera sino para una corrección comprensiva, porque hay una virtud escondida en cada uno de ellos. El maestro y dirigente cristiano tiene que aspirar a la integridad, que quiere decir darle tanto a los hombres como a Dios lo que les es debido; a la fe, que quiere decir lealtad y fiabilidad que vienen ambas de la confianza en Dios; al amor, que es la determinación inquebrantable de no buscar nunca nada más que el bien supremo para nuestros semejantes, sin importarle lo que ellos nos hagan, y que ha desterrado para siempre todo rencor y todo deseo de venganza; a la paz que es la debida relación de amorosa comunión con Dios y con los hombres. Todas estas cosas se han de buscar en la compañía de los que invocan al Señor. El cristiano no debe buscar nunca vivir separado y aislado de sus semejantes. Debe encontrar su fuerza y su alegría en la compañía cristiana. Como decía John Wesley: «Una persona debe tener amigos o hacérselos; porque nadie ha ido nunca al Cielo a solas.»
El dirigente cristiano no debe nunca involucrarse en las controversias insensatas que son la maldición de la Iglesia. En las Iglesias modernas las discusiones cristianas son generalmente doblemente insensatas, porque rara vez son sobre grandes asuntos de la vida y la doctrina y la fe, sino casi siempre acerca de cosas sin importancia como tazas de café y cosas semejantes. Una vez que un responsable se ha enredado en controversias insensatas e incristianas, ha perdido todo derecho a dirigir. El dirigente cristiano debe ser amable con todo el mundo; hasta cuando tenga que criticar y mostrar una falta, debe hacerlo con la cortesía que nunca quiere herir. Debe ser idóneo para enseñar; debe no sólo conocer la verdad, sino también ser capaz de comunicarla, y eso lo hará no tanto hablando acerca de ella como viviendo de tal manera que muestre a Cristo a los demás.
Debe ser comprensivo; como su Maestro, si le insultan, no debe devolver los insultos; debe poder aceptar insultos e injurias, desprecios y humillaciones, como los aceptó Jesús. Puede que haya pecados mayores que las susceptibilidades, pero no los hay que causen más daños en la Iglesia Cristiana. Debe disciplinar a sus oponentes con cortesía; como un cirujano, tiene que ser infalible para encontrar el punto enfermo, pero nunca causando dolores innecesarios ni por un momento. Debe amar a las personas, no someterlas a la verdad a fuerza de golpes.
La última frase de este pasaje está en un griego muy apelmazado, pero parece ser una esperanza de que Dios despierte el arrepentimiento y el deseo de la verdad en los corazones de las personas para que los que están atrapados en la red del diablo puedan ser rescatados mientras sus almas estén todavía vivas y traídos a la obediencia a la voluntad de Dios por la labor de Su siervo. Es Dios el que despierta el arrepentimiento; es el dirigente cristiano el que abre la puerta de la Iglesia al corazón penitente.
