El labrador de Cristo
El campesino que curra de veras debe ser el primero que reciba su parte de la cosecha. Fíjate en lo que te estoy diciendo, porque el Señor te dará entendimiento en todas estas cosas. Para ilustrar la vida cristiana Pablo ha usado el ejemplo del soldado y el del atleta, y ahora usa el del campesino. No es el campesino perezoso, sino el que trabaja en serio el que debe ser el primero en recibir su parte de los frutos de la cosecha. ¿Cuáles son, entonces, las cualidades del labrador que Pablo querría ver reflejadas en la vida del cristiano?
(i) A menudo el labrador se tiene que contentar, primero, con trabajar y, luego, con esperar. Más que ningún otro trabajador, tiene que aprender que no hay tal cosa como resultados inmediatos. El cristiano también debe aprender a trabajar y esperar. A menudo tiene que sembrar la buena semilla de la palabra en los corazones y en las mentes de sus oyentes sin ver un resultado inmediato. El maestro tiene muchas veces que enseñar sin ver ninguna diferencia en los que enseña. Un padre o una madre tiene a menudo que tratar de educar y guiar, sin notar ninguna diferencia en su hijo. Es solamente con el paso de los años cuando se ve el resultado; porque sucede a menudo que cuando ese mismo o esa misma joven se ha hecho hombre o mujer, tiene que enfrentarse con alguna tentación imperiosa o con alguna decisión terrible, o con algún esfuerzo insoportable, y entonces le vuelve a la mente la palabra de Dios o algún destello de enseñanza recordada; y la enseñanza, la guía, la disciplina lleva fruto, y aporta honor donde sin ellos habría habido deshonra, salvación donde sin ellos habría habido ruina. El campesino ha aprendido a esperar con paciencia, y eso es lo que tienen que hacer el maestro y el padre cristianos.
(ii) Una cosa especial caracteriza al agricultor -debe estar dispuesto a trabajar a cualquier hora. En el tiempo de la cosecha podemos ver a los campesinos trabajando en sus campos mientras queda algo de luz; no tienen horario. Ni tampoco el cristiano. El problema de mucho cristianismo es que es intermitente. Pero desde la aurora del día hasta su ocaso, el cristiano debe estar siempre atento a la tarea de ser cristiano.
Una cosa aparece en los tres ejemplos. Al soldado le mantiene el pensamiento de la victoria final. A1 atleta, la esperanza de la corona. A1 labrador, la esperanza de la cosecha. Cada uno de ellos se somete a la disciplina y al esfuerzo por mor de la gloria que será. Así sucede con el cristiano. La lucha cristiana no carece de meta; siempre se dirige a alguna parte. El cristiano puede estar seguro de que después del esfuerzo de la vida cristiana tiene el gozo del Cielo; y cuanto más dura la pelea, más grande el gozo.
El recuerdo esencial
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de los muertos, nacido de la simiente de David, según el Evangelio que yo te he predicado; El Evangelio por el que ahora sufro hasta el punto de las cadenas, acusado de ser un criminal. Pero aunque estoy encadenado, la Palabra de Dios no está presa. Por tanto lo sufro todo por causa de los escogidos de Dios, para que también ellos obtengan la salvación que hay en Jesucristo, con la gloria eterna.
Desde el mismo comienzo de esta carta Pablo ha estado tratando de inspirar a Timoteo para su tarea. Le ha recordado su propia fe en él y la piadosa familia de la que procede; le ha mostrado la figura del soldado cristiano, del atleta cristiano y del trabajador cristiano. Y ahora llega al consejo más grande de todos -acuérdate de Jesucristo. Falconer llama a estas palabras «el corazón del Evangelio paulino.» Aunque fallara otra apelación a la caballerosidad de Timoteo, el recuerdo de Jesucristo sería eficaz. En las palabras que siguen, Pablo está exhortando a Timoteo a recordar tres cosas.
(i) Acuérdate de Jesucristo, resucitado de los muertos. El tiempo del verbo griego no implica un acto definido en el tiempo, sino un estado continuo que dura para siempre. Pablo no está diciendo a Timoteo tanto: «Recuerda el hecho de la resurrección de Jesús;» como: «Recuerda a tu Señor resucitado y siempre presente.» Aquí está la gran inspiración cristiana. No dependemos de un recuerdo, por grande que sea. Disfrutamos del poder de una presencia. Cuando se convoca a un cristiano a una gran tarea que no puede por menos de considerar por encima de sus fuerzas, debe asumirla en la certeza de que no está solo, sino de que está con él para siempre la presencia y el poder de su Señor resucitado. Cuando los temores amenazan, cuando las dudas asedian, cuando la incapacidad deprime, recuerda la presencia del Señor resucitado.
(ii) Acuérdate de Jesucristo, nacido de la simiente de David. Éste es el otro lado de la cuestión. «Recuerda -le dice Pablo a Timoteo- la humanidad del Maestro.» No recordamos a Uno Que es sólo una presencia espiritual; recordamos a Uno Que recorrió esta senda, y vivió esta vida, y arrostró esta lucha, y que por tanto sabe por lo que estamos pasando. Tenemos con nosotros la presencia, no solamente del Cristo glorificado, sino también la del Cristo que experimentó la lucha desesperada de ser un hombre y siguió hasta su más amargo final la voluntad de Dios.
