Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

2 Timoteo 2: La cadena de la enseñanza

(iii) Acuérdate del Evangelio, la buena noticia. Aun cuando el evangelio demande mucho, aun cuando conduzca a un esfuerzo que parece ser superior a la capacidad humana y a un futuro que parece oscurecido por toda clase de amenaza, recuerda que es la buena noticia, y recuerda que el mundo la está esperando. Por muy dura que sea la tarea que el Evangelio conlleva, ese mismo Evangelio es el mensaje de liberación del pecado y la victoria sobre las circunstancias para nosotros y para toda la humanidad.

De este modo incita Pablo a Timoteo al heroísmo llamándole a recordar a Jesucristo, a recordar la constante presencia del Señor resucitado, a recordar la simpatía que viene de la humanidad del Maestro, a recordar la gloria del Evangelio para sí mismo y para el mundo que nunca lo ha oído y que lo está esperando.

El criminal de Cristo

Cuando Pablo escribió estas palabras se encontraba en una prisión romana, encadenado. Esto era literalmente cierto, porque todo el tiempo que estuvo preso, noche y día, estuvo encadenado al brazo de un soldado romano. Roma no corría el riesgo de que se escaparan sus presos.

Pablo estaba preso acusado de ser un criminal. Nos parece extraño que hasta un gobierno hostil pudiera considerar a un cristiano, y especialmente a Pablo, un criminal. Pablo podía parecerle un criminal al imperio romano de dos posibles maneras.

Primera, Roma tenía un imperio que casi incluía el mundo entonces conocido. Era obvio que tal imperio estaba sujeto a tensiones y presiones. Había que mantener la paz, y todo posible centro de desafección tenía que ser eliminado. Una de las cosas que Roma miraba con más recelo era la formación de asociaciones. En el mundo antiguo había muchas asociaciones. Había, por ejemplo, clubes de comidas que se reunían a intervalos establecidos. Había lo que podríamos llamar asociaciones de amigos diseñadas para practicar la beneficencia con los familiares de los socios que habían muerto. Había sociedades de entierros, para asegurar que sus miembros eran enterrados decentemente. Pero las autoridades romanas eran tan meticulosas acerca de las asociaciones que hasta éstas humildes e inofensivas tenían que recibir un permiso especial del emperador antes de que se les permitiera reunirse. Ahora bien, los cristianos eran para todos los efectos una asociación ilegal; y esa era una razón para que Pablo, como responsable de tal asociación, se encontrara en la posición muy seria de ser considerado un criminal político.

Segunda, la primera persecución de los cristianos estuvo íntimamente relacionada con uno de los más grandes desastres que acontecieran jamás a la ciudad de Roma. El 19 de julio del año 64 d.C. se produjo el gran fuego de Roma. Estuvo ardiendo seis días y siete noches, y devastó toda la ciudad. Los altares más sagrados y los edificios más famosos perecieron en las llamas.

Pero peor aún -los hogares de la gente corriente fueron destruidos. Con mucho la mayor parte de la población vivía en grandes edificios construidos mayormente de madera y que ardieron como era de temer. Muchas personas murieron o quedaron impedidas; perdieron a sus seres más próximos y queridos; se quedaron destituidos sin hogar. La población de Roma se redujo a lo que alguien ha llamado «una vasta fraternidad de miserables desesperados.»

Se creyó que el mismo Nerón, el emperador, era responsable del fuego. Se dijo que lo había estado contemplando desde la torre de Mecenas y se confesaba fascinado con «la flor y el encanto de las llamas.» Se dijo que cuando el fuego daba señales de remitir había hombres prendiéndolo con teas, y que esos hombres eran los servidores de Nerón. Nerón tenía verdadera pasión por las construcciones, y se dijo que había provocado el fuego de la ciudad deliberadamente para reedificarla nueva y más noble desde sus cenizas. Fuera la historia cierta o no -y las posibilidades eran que lo era- una cosa era cierta. Nada podía acallar el rumor. Los ciudadanos de Roma estaban seguros de que Nerón había sido el responsable.

No había nada más que una salida para el gobierno romano, y era encontrar un chivo expiatorio. Y lo encontró en los cristianos. Dejemos que Tácito, el historiador romano, nos diga cómo se hizo: «Pero todos los esfuerzos humanos, todos los regalos pródigos del emperador, y las ofrendas de propiciación a los dioses no consiguieron desvanecer la siniestra creencia de que la conflagración había sido el resultado de una orden. En vista de lo cual, para desmentir los rumores, Nerón le echó todas las culpas y le infligió las torturas más exquisitas a una casta odiada por sus abominaciones, los que el populacho llamaba cristianos» (Tácito: Anales 15:44). Está claro que ya estaban circulando ciertas calumnias acerca de los cristianos. Sin duda los judíos influyentes eran responsables, y los odiados cristianos cargaron con las culpas del desastroso fuego de Roma. Fue de aquel suceso del que surgió la primera gran persecución. Pablo era cristiano; más aún era uno de los máximos cabecillas de los cristianos. Y bien puede haber sido parte de la acusación contra Pablo el que él era uno de los responsables del fuego de Roma y de la miseria resultante del populacho.

Así es que Pablo estaba en la cárcel como criminal, un preso político, miembro de una asociación ilegal y dirigente de esa odiada secta de incendiarios a los que Nerón había echado las culpas de la destrucción de Roma. Se puede ver fácilmente lo desesperada que era la situación de Pablo a la vista de acusaciones semejantes.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar