De aquí surgen dos cosas. Los primeros cristianos siempre leían el Antiguo Testamento a la luz de las palabras de Jesús; y no estaban interesados en curiosidades verbales, sino que aportaban el sentido general de toda una serie de escrituras a cualquier problema que tuvieran. Éstos siguen siendo unos principios excelentes para leer y usar la Escritura. Los dos textos nos dan amplios principios acerca de la Iglesia.
El primero nos dice que la Iglesia consta de los que pertenecen a Dios, que se han dado a Él de tal manera que ya no se pertenecen a sí mismos; y el mundo tampoco los posee, sino sólo Dios.
El segundo nos dice que la Iglesia consta de los que se han apartado de la injusticia. Eso no es decir que consta de personas perfectas. Si así fuera, no habría Iglesia. Se ha dicho que Dios está sumamente interesado, no tanto en lo que el hombre ha conseguido, sino en la dirección que lleva en su vida. Y la Iglesia consta de aquellos cuyos rostros están orientados hacia la integridad. Puede que caigan a menudo, y que la meta les parezca inquietantemente lejana, pero sus rostros están orientados en la dirección correcta.
La Iglesia consta de aquellos que pertenecen a Dios y se han dedicado a sí mismos a la lucha por la integridad.
Fuentes de honor y de deshonra
En cualquier casa grande hay vasijas no sólo de oro y plata; también las hay de madera y de cerámica. Y algunas están destinadas a un uso noble, y otras, vulgar. El que se purifique a sí mismo de estas cosas será una vasija apta para un uso noble, dispuesta para toda buena obra.
La conexión entre este pasaje y el inmediatamente anterior es muy práctica. Pablo acababa de dar una definición grande y elevada de la Iglesia como la comunidad de los que pertenecen a Dios y están en el camino de la integridad. Se le podría hacer la objeción: ¿Cómo explicas la existencia de los herejes charlatanes en la Iglesia? ¿Cómo explicas la existencia de Himeneo y Fileto? La respuesta de Pablo es que en cualquier casa grande hay toda clase de utensilios; hay cosas de metales preciosos y cosas de metales vulgares; hay cosas que tienen un uso deshonroso y cosas que tienen un uso honorable. Así debe ser en la Iglesia. En tanto en cuanto es una institución terrena debe ser una mezcla. En tanto en cuanto consta de hombres y mujeres, debe seguir siendo una sección representativa de la humanidad. Algo así encierra el dicho español: «De todo hay en la viña del Señor».
Esa es una verdad práctica que Jesús había establecido mucho antes en la Parábola del Trigo y la Cizaña (Mateo 13: 24-30, 36-43). La enseñanza de esa parábola es que el trigo y la cizaña crecen juntos y, en las primeras etapas, son tan semejantes entre sí que es imposible separarlos. Él lo expresó otra vez en la Parábola de la Red (Mateo 13:47s). La red barredera recogía toda clase de peces. En ambas parábolas Jesús enseña que la Iglesia ha de ser por necesidad una mezcla y que hay que suspender el juicio humano, pero que el juicio de Dios hará al final las separaciones necesarias. Los que critican a la Iglesia porque hay en ella personas imperfectas están criticándola porque está formada por hombres y mujeres. No nos corresponde a nosotros juzgar; el juicio pertenece a Dios.
Pero es el deber de todo cristiano el mantenerse fuera del alcance de las influencias contaminantes. Y si lo hace, su recompensa no es un honor o un privilegio especiales, sino un servicio especial.
Aquí tenemos la verdadera esencia de la fe cristiana. Un hombre realmente bueno no considera que su bondad le da derecho a un honor especial; su único deseo será tener más y más trabajo que hacer, porque su trabajo será su mayor privilegio. Si es bueno, la última cosa que querrá hacer será buscar el aislamiento de sus semejantes. Más bien tratará de estar entre ellos, y de servir a Dios sirviéndolos a ellos. Su gloria no estará en la exención de ciertos servicios; estará en un servicio cada vez más riguroso. Ningún cristiano debería nunca pensar en ocupar un puesto por el honor que confiere, sino siempre como una oportunidad de servicio.
Consejos a un dirigente cristiano
Huye de las pasiones juveniles; corre en persecución de la integridad en la compañía de los que invocan al Señor con una limpia conciencia. No tengas nada que ver con las discusiones necias y estúpidas, porque tú sabes que no producen más que peleas. El siervo del Señor no debe ser peleón, sino más bien amable con todos, idóneo para enseñar, soportando, disciplinando a sus oponentes con cortesía. Puede que así Dios les conceda que se arrepientan, para que lleguen a conocer la verdad, y así escapen del lazo del diablo, cuando sean capturados vivos por un siervo de Dios para hacer la voluntad de Dios.
