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Apocalipsis 6: El caballo blanco de la conquista

Las almas de los que habían sido ajusticiados estaban allí, debajo del altar. La imagen está tomada directamente del ritual de los sacrificios del Templo. Para un judío, lo más santo de cualquier sacrificio era la sangre, porque la sangre se identificaba con la vida, y la vida pertenecía a Dios (Levítico 17: Il -14).

Por esa razón, se estipulaba específica la ofrenda de la sangre. « Echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto» (Levítico 4:7). Es decir: la sangre se ofrecía al pie del altar.

Esto nos da el sentido de este pasaje. Las almas de los mártires están debajo del altar. Es decir: su sangre vital se ha derramado como una ofrenda a Dios. La idea de que la vida de los mártires es un sacrificio ofrecido a Dios estaba en la mente de Pablo. Dice que se regocijará si es ofrecido en el sacrificio y el servicio de la fe de los filipenses (Filipenses 2:17). « Yo ya estoy a punto de ser sacrificado,» le dice a Timoteo (2 Timoteo 4:6). En tiempos de los Macabeos los judíos sufrieron terriblemente a causa de su fe. Hubo una madre cuyos siete hijos fueron amenazados de muerte por su lealtad a la fe judía. Ella los animó a no ceder, y les recordó que Abraham no se había negado a ofrecer a Isaac. Les dijo que, cuando llegaran a la gloria, tenían que decirle a Abraham que él había construido un altar de sacrificio, pero la madre de ellos había construido siete. En el judaísmo posterior se decía que el arcángel Miguel sacrificaba en el altar del Cielo las almas de los íntegros y de los que habían sido fieles en el estudio de la Ley. Cuando Ignacio de Antioquía iba de camino a Roma para sufrir el martirio, pedía en oración ser hallado digno de ser un sacrificio para Dios.

Hay aquí una verdad grande y alentadora. Cuando una persona buena muere por causa de la bondad, puede que parezca una tragedia, o el desperdicio de una vida noble, o la acción de los malos, y por supuesto que puede que sea todas esas cosas; pero cada vida que se ofrece por el bien y por la verdad y por Dios es a fin de cuentas más que cualquiera de esas cosas: es una ofrenda que se hace a Dios.

El clamor de los mártires

Hay tres cosas en esta sección que debemos notar.

(i) Tenemos el grito eterno de los justos dolientes -«¿Hasta cuándo?» Este era el grito del salmista. ¿Hasta cuándo se les iba a permitir a los paganos afligir al justo pueblo de Dios? ¿Hasta cuándo se les iba a consentir burlarse de Su pueblo preguntándole dónde estaba su Dios y qué estaba haciendo? (Salmo 79:5-10). Lo que debemos recordar es que cuando los santos de Dios lanzaron este. grito estaban sorprendidos ante la aparente inactividad de Dios, pero no tenían la menor duda de que Él habría de intervenir definitivamente para vindicar a los justos.

(ii) Tenemos aquí una actitud que nos es fácil criticar. Los santos deseaban de hecho ver que sus perseguidores recibían su justo castigo. Nos es difícil comprender la idea de que parte del gozo del Cielo fuera ver el castigo de los pecadores en el Infierno. Un autor judío escribió en La asunción de Moisés (10:10) que oyó decir a Dios: Y tú mirarás desde las alturas, y verás a tus enemigos en Gehena. Y los reconocerás y te regocijarás, y Le darás gracias a tu Creador y Le confesarás. Y algo después, Tertuliano (En relación con los espectáculos 30) había de burlarse de los paganos con su amor a los espectáculos, y decirles que el espectáculo que esperaban los cristianos con más ilusión era ver a sus perseguidores retorcerse en el Infierno: Os encantan los espectáculos; pero esperad el mayor de todos los espectáculos, el juicio final y eterno del universo. ¡Cómo admiraré, cómo me reiré, cómo me regocijaré, cómo celebraré cuando contemple a tantos monarcas orgullosos, y supuestos dioses, gimiendo en el más profundo abismo de tinieblas; a tantos magistrados que persiguieron el nombre del Señor, retorciéndose en llamas más feroces que las que ellos encendieron contra los cristianos; a tantos filósofos sabihondos tostándose en rojas llamas con sus ilusos discípulos; a tantos poetas célebres temblando ante el tribunal, no de Minus, sino de Cristo; a tantos actores, más a tono en la expresión de sus propios sufrimientos; a tantos bailarines haciendo cabriolas en las llamas.

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