(iv) Hay la recogida de los cielos. La figura en este pasaje es la de un volumen desenrollado de extremo a extremo, que se rasga por en medio y cada mitad se repliega y enrolla en su extremo. Dios hará estremecer los cielos (Isaías 13:13). Los cielos se enrollarán como un volumen (Isaías 34:4). Se quitarán y doblarán como se muda un vestido (Salmo 102:25s). Al final, hasta los mismos cielos eternos se rasgarán por en medio.
(v) Hay el desplazamiento de las colinas y de las islas del mar. Los montes temblarán y todos los collados serán destruidos (Jeremías 4:24). Temblarán los montes y los collados se derretirán (Nahúm 1:5). Juan vio un tiempo en el que las cosas más inamovibles serían desplazadas, y las islas rocosas como Patmos serían arrancadas de sus cimientos. Por muy extraña que nos parezcan las figuras de Juan no hay en ellas ni un solo detalle que no figurara en las descripciones del fin de los tiempos en el Antiguo Testamento y en los libros que se escribieron entre los dos Testamentos. No debemos pensar que estas figuras se han de tomar literalmente. Juan toma todas las cosas aterradoras que se pueden imaginar, y las amontona para dar una impresión de los terrores del fin de los tiempos. Hoy, con nuestro creciente interés científico; puede que pintáramos el cuadro de manera diferente; pero no son los colores lo que importa, sino los terrores que Juan y los videntes judíos previeron para cuando Dios invadiera la Tierra cuando se acercara el final del tiempo.
El tiempo del terror
Los reyes de la Tierra, y los grandes, y los capitanes, y los ricos, y los fuertes, lo mismo que todos los esclavos y todos los libres, se escondieron en las cuevas y en las peñas de los collados, y dijeron a las montañas y a las rocas: -¡Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del Que está sentado en el trono y de la ira del Cordero! Porque ha llegado el gran día de Su ira, ¿y quién podrá mantenerse en pie?
Tal como lo vio Juan en su visión, el tiempo del fin había de ser de terror universal. Aquí está también manejando imágenes que les resultarían familiares a todos los que conocieran el Antiguo Testamento y los últimos escritos judíos. Cuando llegara el Día del Señor, todo el mundo estaría aterrado; angustias y dolores se apoderarían de ellos como de la mujer de parto; y se asombraría cada cual de su compañero (Isaías 13:6,8). Entonces, hasta los valientes gritarían de terror (Sofonías 1:14). Temblarían todos los habitantes de la Tierra (Joel 2:1). Estarían aterrados; no tendrían adónde huir ni dónde esconderse; las criaturas de la Tierra temblarían de miedo (Henoc 102:1,3). Dios Se presentaría como testigo contra Su pueblo pecador (Miqueas 1:1-4). Sería como fuego purificador, ¿y quién podría soportar el tiempo de Su venida? (Malaquías 3:1-3). El Día del Señor sería grande y terrible, ¿y quién podría soportarlo? (Joel 2:11). La gente le diría a los montes: « ¡Cubridnos!» y a los collados: « ¡Caed sobre nosotros!» (Oseas 10:8), palabras que citó Jesús cuando iba de camino hacia la Cruz (Lucas 23:30).
Este pasaje tiene dos cosas significativas que decir acerca de este terror.
(i) Es universal. El versículo 15 menciona a los reyes, los capitanes, los grandes, los ricos, los fuertes, los esclavos y los libres. Se ha hecho notar que estas siete palabras incluyen « toda la gama de la sociedad humana.» Nadie estará exento del juicio de Dios. Los grandes puede que fueran los gobernadores romanos que persiguieron a la Iglesia; los capitanes, las autoridades militares. Por muy grandes que fueran eran hombres, y por mucho poder que manejaran estaban sujetos al juicio de Dios. Por muy rica que sea una persona, por muy fuerte, por muy libre que se considere, por muy insignificante que fuera un esclavo, no escaparía al juicio de Dios.
(ii) Cuando llega el Día del Señor, Juan ve a la gente buscando dónde esconderse. Aquí tenemos la gran verdad de que el primer instinto del pecado es esconderse. En el Jardín del Edén, Adán y Eva trataron de esconderse (Génesis 3:8). H. B. Swete dice: « Lo que más temen los pecadores no es la muerte sino la presencia reveladora de Dios.» Lo terrible del pecado es que convierte al hombre en un fugitivo de Dios; y lo supremo de la obra de Jesucristo es que pone al hombre en una relación con Dios en la que ya no necesita esconderse, sabiendo que puede confiarse al amor y la misericordia de Dios.
(iii) Notemos una última cosa. De lo que huye la gente es de la ira del Cordero. Aquí tenemos una paradoja; no asociamos fácilmente la ira con el Cordero, sino más bien la benignidad y la amabilidad. Pero la ira de Dios es la ira del amor, que no trata de destruir, sino que hasta en la indignación trata de salvar al que ama.
