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Filipenses I: De Un Amigo A Sus Amigos

Hay dos pasajes en los que estas cadenas de definen más exactamente. En Hechos 28:20 habla de sí mismo como sujeto con esta cadena; y usa la misma palabra (halysis) en Efesios 6:20, cuando se llama embajador en cadenas. Es en esta palabra halysis en la que encontramos la clave. La halysis era la cadena corta que unía la muñeca del prisionero a la del soldado que le guardaba para que no se pudiera escapar. La situación era la siguiente: habían entregado a Pablo al capitán de la guardia pretoriana, a la espera de que le juzgara el Emperador; se le había permitido alquilar una casa; pero, aun allí, había siempre un soldado custodiándole, encadenado con él mediante una halysis todo el tiempo. Habría, por supuesto, una lista de guardias que se turnaban en este servicio; y en los dos años, uno tras otro, todos los soldados de la guardia imperial habrían estado de guardia con Pablo. ¡Qué preciosa oportunidad! Aquellos soldados oirían a Pablo predicar y hablar con sus amigos. Sin duda durante las largas horas de la guardia Pablo iniciaría la conversación acerca de Jesucristo con el soldado de turno al que estaba encadenado.

La cárcel le había ofrecido la oportunidad de predicar el Evangelio al regimiento más selecto del ejército romano. No es extraño que declarara que sus cadenas se habían hecho famosas en el pretorio y habían supuesto una oportunidad única para el avance del Evangelio en ese frente. Toda la guardia pretoriana sabría por qué estaba preso Pablo; muchos de los soldados habrían entrado en contacto con Cristo; y el saberlo habría dado a los hermanos de Filipos un nuevo coraje para predicar el Evangelio y testificar de Cristo.

Las cadenas de Pablo habían quitado las barreras y le habían dado acceso a la flor y nata del ejército romano, y sus cadenas habían sido la pócima de coraje que necesitaban los hermanos de Filipos.

La proclamación suprema

A algunos lo que les mueve a predicar a Cristo son la envidia y la rivalidad, pero a otros la buena voluntad. Unos predican a Cristo por amor, porque saben que me encuentro aquí por la defensa del Evangelio; otros predican a Cristo con fines partidistas, no por motivos limpios, para que aún me aflija más por estar encarcelado. ¿Y entonces, qué he de pensar? Pues que el único resultado es que, sea como sea, como tapadera de otros propósitos o por amor a la verdad, se proclama a Cristo. Y de eso no puedo hacer más que regocijarme a tope siempre.

Aquí está hablando el gran corazón de Pablo. El estar él en la cárcel ha incentivado a la predicación del Evangelio. Ese incentivo actuó de dos maneras. Estaban los que le amaban; y, al saberle en la cárcel, redoblaban los esfuerzos para extender el Evangelio para que no perdiera terreno por estar Pablo inmovilizado. Sabían que la mejor manera de deleitar su corazón era hacerle ver que la obra no sufría por su lamentable ausencia. Pero otros estaban motivados por lo que Pablo llama eritheía, y predicaban por sus propios fines partidistas. Eritheía es una palabra interesante. En su origen no significaba más que trabajar por el sueldo. Pero si uno trabaja solamente por él sueldo no tiene la motivación más elevada. No considera nada más que lo que pueda sacar para sí. De ahí que llegara a significar el espíritu mercenario y ambicioso que no hace nada, nada más que para engrandecerse a sí mismo; y llegó a aplicarse a la política y a querer decir hacer lo que fuera para ganar votos.

Así llegó a describir la ambición interesada y egoísta que no busca más que encumbrarse sin prestar atención a los medios a los que tiene que rebajarse para obtener sus fines. Así es que había algunos que predicaban a Cristo más intensamente aprovechándose de que Pablo estaba en la cárcel, porque esa circunstancia parecía ofrecerles una oportunidad enviada del cielo para aumentar su propio prestigio e influencia y disminuir los de él.

Aquí encontramos una lección. Pablo no sabía lo que eran los celos ni el rencor. Mientras se predicara a Cristo, no le importaba quién recibiera los honores o el prestigio. No le importaba lo más mínimo lo que otros predicadores dijeran de él, ni lo enemistados que estuvieran con él, o lo mucho que le despreciaran, o que trataran de sacarle ventaja. Lo único que le importaba era que se predicara a Cristo. Desgraciadamente muchas veces nos damos por ofendidos cuando alguien se alza con una posición que se nos cierra a nosotros. Es frecuente que miremos al otro como un enemigo porque ha hecho alguna crítica de nosotros o de nuestros métodos. Es corriente creer que otros no pueden hacer nada bien porque no lo hacen a nuestra manera.

Demasiado a menudo los teólogos no quieren saber nada de los evangelistas, y los evangelistas critican la actitud de los teólogos. Los que creen en la evangelización mediante la educación no le encuentran sentido a la evangelización buscando decisiones personales, y éstos no les reconocen a aquéllos el derecho a creer que su enfoque consiga resultados más duraderos.

Pablo es nuestro gran ejemplo: ponía la cuestión por encima de los personalismos, y todo lo qué-le importaba era que se predicara a Cristo.

El final feliz

Porque creo que esto conducirá a mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la generosa ayuda que me presta el Espíritu Santo de Cristo; porque es mi anhelante expectación y mi esperanza el no tener que callarme por vergüenza ante nada, sino en cualesquiera circunstancias, aun ahora, tener libertad para hacer uso de la palabra para glorificar a Cristo en mi cuerpo, ya sea con mi vida o con mi muerte.

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