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Hebreos 7 : El sumo sacerdote de la orden de Melquisedec

El autor está pensando especialmente en el Día de la Expiación. Este era el gran día en que se hacía expiación por todos los pecados del pueblo, el día en que el sumo sacerdote cumplía su ministerio exclusivo. Por lo general era el único día en que era él el que ofrecía los sacrificios. Todos los demás días lo hacían los sacerdotes subordinados; pero el Día de la Expiación oficiaba el sumo sacerdote en persona.

El primer acto del ritual era el sacrificio por los pecados del sumo sacerdote. Se lavaba las manos y los pies; se quitaba la ropa lujosa, y se vestía de lino blanco purísimo. Entonces le traían el becerro que él mismo había comprado con su propio dinero. Ponía las dos manos en. la cabeza del becerro para transferirle sus pecados, y hacía la siguiente confesión: « Ah, Señor Dios, he cometido iniquidad; he cometido transgresión; he pecado, yo y mi casa. Oh Señor, Te suplico que cubras las iniquidades, transgresiones y pecados que he cometido, cometiendo transgresión y pecado delante de Ti, yo y mi casa.»

El más grande de todos los sacrificios levíticos empezaba con el sacrificio de un becerro por los pecados del sumo sacerdote.

Ese era un sacrificio que Jesús no tenía necesidad de hacer, porque Él no tenía pecado. El sumo sacerdote levítico era un hombre pecador que ofrecía sacrificios de animales por el pueblo pecador; Jesús era el Hijo de Dios sin pecado, ofreciéndose a Sí mismo por el pecado de toda la humanidad. Era la Ley la que había nombrado al sumo sacerdote levítico; pero fue el juramento de Dios lo que dio a Jesús Su ministerio; y por ser Él Quien era, el Hijo de Dios sin pecado, estaba dotado para su ministerio como nunca lo podía estar ningún sumo sacerdote levítico. Aquí hace el autor de Hebreos lo que ya ha hecho varias veces en esta carta: deja una señal para indicar la dirección que va a tomar. Dice de Jesús que se ofreció a Sí mismo. En un sacrificio hacían falta dos: el sacerdote y la víctima. El autor de Hebreos ha demostrado mediante un largo y complicado argumento que Jesús es el Sumo Sacerdote perfecto; ahora va a pasar a otro pensamiento: que Jesús es también la ofrenda perfecta. Sólo Jesús podía abrir el camino que conduce hacia Dios, porque Él era el perfecto Sumo Sacerdote y ofreció el Sacrificio perfecto: el de Sí mismo.

Hay mucho en este argumento que nos resulta difícil de comprender. Se nos habla en términos de ritual y de ceremonias de hace mucho tiempo; pero hay algo eterno que permanece. El hombre busca la presencia de Dios; su pecado ha levantado una barrera entre él y Dios, pero está inquieto hasta que encuentre su descanso en Dios; y Jesús es el único Sacerdote que puede presentar la Ofrenda que abre de nuevo el camino para que los hombres vuelvan a Dios.

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