(ii) No hay paz en la evasión. Muchos buscan la paz huyendo de sus problemas, encerrándolos en el inconsciente o siguiendo la táctica del avestruz. Aquí hay que decir dos cosas. La primera es que está por darse el primer caso de que se resuelvan los problemas a menos que se asuman. Por más que tratemos de evadirlos, ahí están. Los problemas son como las enfermedades: cuanto más tardemos en tratarlos, más graves se harán. Así se llega a las enfermedades incurables y a los problemas insolubles. La segunda cosa puede que sea todavía más seria. La psicología nos dice que hay una parte del cerebro que no deja nunca de trabajar. Con la parte consciente de nuestra mente puede que estemos evadiendo un problema, pero nuestro subconsciente sigue dándole vueltas. Sigue ahí, como esos trocitos de metralla que van recorriendo el cuerpo; pueden destrozar la vida. Lejos de traer la paz, la evasión la destruye.
(iii) No hay paz en la .componenda. Es posible lograr algún tipo de paz llegando a un acuerdo forzoso. De hecho, es una de las formas más corrientes de «hacer las paces» en este mundo. Podemos buscar la paz matizando algún principio, o mediante una componenda en la que ninguna de las dos partes queda satisfecha. Kermit Eby dice que podemos mantener un acuerdo de esos por cierto tiempo, pero más tarde o más temprano llega el momento en que uno tiene que dar la cara y hablar claro si quiere dormir tranquilo. La componenda, por tanto, produce tensión, aunque no esté a la vista. Así es que la componenda es uno de los grandes enemigos de la paz.
(iv) Está el camino de la justicia, o, para decirlo de otra manera, de la voluntad de Dios. No puede haber verdadera paz hasta que digamos: «Hágase Tu voluntad.» Y una vez que se ha dicho de veras, la paz inunda el alma. Así Le sucedió a Jesús. Fue a Getsemaní con una tensión tal que le hacía sudar sangre. En aquel huerto aceptó la voluntad de Dios, y obtuvo la paz. Seguir el camino de la justicia, aceptar la voluntad de Dios es quitar la raíz de inquietud y encontrar el camino de la verdadera paz duradera.
El autor de Hebreos amontona palabras para demostrar que Melquisedec no tuvo ascendientes. Lo hace contrastando el nuevo sacerdocio de Jesucristo con el antiguo de Aarón. Ningún judío podía ser sacerdote a menos que sus ascendientes se remontaran ininterrumpidamente hasta Aarón; y, si cumplía esa condición, nada le podía impedir ser sacerdote, salvo que padeciera alguno de ciertos defectos físicos que enumeraba la Ley. Si se casaba con una hija de sacerdote, ella tenía que presentar su pedigrí por lo menos de cuatro generaciones; y, si no era hija de sacerdote, por lo menos de cinco generaciones. Es un hecho extraño y casi increíble que el sacerdocio judío dependiera hasta tal punto de la genealogía. Las cualidades personales no se tenían en cuenta. Pero Jesucristo era el verdadero Sacerdote, no por lo que había heredado de los hombres, sino por ser Quien era.
Algunas de las palabras que Hebreos amontona aquí son sorprendentes. Dice que Melquisedec no tenía genealogía (aguenealoguétos), palabra que no se encuentra en ningún otro texto griego y que es posible que nuestro autor inventara para hacer hincapié en que el ministerio de Jesús no dependía de sus antepasados. Probablemente se trata de una palabra nueva para representar una idea nueva. Dice que Melquisedec no tenía padre (apatór) ni madre (amétór). Estas palabras son muy interesantes. En griego corriente se usaban en relación con niños desamparados o con gente de baja estofa. Además, apatór tiene una acepción técnica legal en el griego contemporáneo de los papiros. Era la palabra que se usaba en documentos legales, especialmente en partidas de nacimiento, para de padre desconocido y, por tanto, ilegítimo. Hay, por ejemplo, un papiro que menciona a «Jairémón, apatór, padre desconocido, cuya madre es Thasés.» Es alucinante que el autor de Hebreos usara estas palabras para recalcar lo que quería decir. Los autores cristianos tenían una habilidad especial para redimir palabras, lo mismo que a hombre y mujeres. Ninguna expresión le parecía demasiado fuerte al autor de Hebreos para hacer resaltar el hecho de que la autoridad de Jesús dependía solamente de Su Persona, y no de ninguna otra.
