Dios, en reconocimiento a esta entrega íntima de los corazones, les perdonará sus maldades. La nueva era se abre con una amnistía general, de modo que las relaciones con Dios serán totalmente cordiales. De nuevo Jeremías insinúa la nueva obra de remisión de los pecados, que se cumplirá con la infusión desbordante de la gracia.
Permanencia de Israel
Este pequeño oráculo, que tiene mucha semejanza con el Deutero-Isaías, puede ser bien una intercalación posterior del redactor, aunque de inspiración jeremiana. Y puede concebirse como culminación de los versículos 31-34, en el sentido de que en la nueva alianza no sólo los individuos como tales vivirán permanentemente vinculados a Yahvé, sino que la misma sociedad teocrática subsistirá eternamente como consecuencia de esa entrega de los corazones de aquéllos a Dios, sellada en el nuevo pacto.
El profeta, con estilo solemne y enfático, destaca la inmutabilidad de las leyes de los astros como modelo de la inmutabilidad de Israel. El que garantiza la permanencia de Israel es el que ha puesto al sol para que luzca de día, y leyes a la luna. para que luzca de noche, y el que dirige la marcha de los elementos, sujetando a leyes al mismo mar, símbolo tradicional de fuerza, indómita 48.
La frase solemne de Yahvé tiene el carácter de juramento: Si dejaran de regir estas leyes ante mí (Creador de ellas)., cesara la descendencia de Israel de ser ante mí una nación por siempre. No se puede expresar de modo más vigoroso la seguridad de la permanencia de Israel como nación. La misma idea se recalca en el símil del versículo 26: como no pueden medirse los cielos ni descubrirse los fundamentos de la tierra, así tampoco podrá Yahvé “repudiar” a su pueblo.
Reconstrucción y grandeza futura de Jerusalén
En esta descripción ideal se traza el perímetro de la nueva ciudad de Jerusalén, dentro del cual habrá lugares que antes tradicionalmente habían sido considerados como impuros por haber sido profanados con la presencia de cadáveres y con los sacrificios de niños a Moloc. Todo el área será puro y consagrado a Yahvé. El profeta no cita el recinto sagrado del templo, que ya supone consagrado a Dios, sino lo que tradicionalmente era considerado como profano. Es una descripción ideal de la capital de la teocracia mesiánica. Ezequiel se moverá en el mismo plan ideal al describir la nueva Tierra Santa. En la perspectiva mesiánica de Jeremías no se menciona la reconstrucción del templo porque toda la ciudad será morada de Yahvé. El autor del Apocalipsis trazará también el perímetro ideal de la Jerusalén celestial. Las perspectivas son proféticas, con una carga fuerte poética para impresionar en los lectores; por eso las descripciones no han de tomarse literalmente. El profeta, ante las ruinas de la ciudad, sueña con otra ciudad reconstruida más perfecta, aun topográficamente, que la anterior, sobre todo girando en torno a su Dios, del que irradia toda su grandeza y esplendor.
La torre de Jananeel estaba en el ángulo noroeste de la explanada del templo, donde hoy está enclavada la Torre Antonia. La puerta del ángulo corresponde a la actual “puerta de Jafa.” La colina de Gareb es desconocida como localidad, pero se supone que el profeta se refiere a la colina llamada de Sión, donde está el Cenáculo. De ahí partía hacia el sudeste, hacia Goa, lugar también desconocido, pero que se supone que estaba en la confluencia del Cedrón, del Tiropeón y del er-Rababy. La intención del profeta parece englobar dentro de la Ciudad Santa los lugares que eran tradicionalmente impuros, como la depresión, punto de convergencia de los tres wadys antes citados, donde se arrojaban los cadáveres y donde había sido erigido el impuro Tofet, o abominación idolátrica, con su secuela de sacrificios de niños inocentes: y todo el valle de los cadáveres, hasta el torrente Cedrón, hasta la esquina de la puerta de los Caballos. La puerta de los Caballos estaba en el ángulo sudeste de la actual explanada de la mezquita de Ornar (Haram esh-Sherif), donde se juntaba la muralla del templo con la de la ciudad. De este modo queda completamente cerrado el perímetro de la ciudad, que, partiendo del noroeste de la explanada del templo, había dado vuelta hacia el occidente por la actual puerta de Jafa, descendiendo al punto de unión del Cedrón y el er-Rababy, para volverse hacia el este hasta empalmar con la explanada del templo de nuevo. Con este trazado, el profeta quería indicar que en la nueva ciudad no habría zonas impuras, sino que todo sería “consagrado” a Yahvé como suyo. Es una idealización geográfica que no ha de ser entendida a la letra. Siempre los profetas juegan con símbolos en función de ideas. La nueva ciudad será santa totalmente, sin zonas impuras. En el nuevo orden de cosas, hasta la topografía de la ciudad será diferente, al verse libre de lugares tradicionalmente infamantes.
