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Lucas 14: Bajo el escrutinio de gente Hostil

Un cierto sábado ocurrió que Jesús fue a comer a casa de un hombre importante que era fariseo, es decir, de los que le acechaban continuamente. Y, mira por dónde, estaba allí, precisamente enfrente de Jesús, un hidrópico.

Jesús se dirigió en primer lugar a los intérpretes de la ley y a los fariseos para preguntarles:

-¿Está permitido curar en sábado, o no?

Ellos no le contestaron. Y entonces Jesús cogió y curó al enfermo, y luego le dijo que se fuera. Después se dirigió a los demás, y les dijo:

-¿A que cualquiera de vosotros, si se le cae un burro o una vaca en un pozo, lo saca a toda prisa aunque sea sábado?

Y no le podían decir que no.

En los evangelios hay siete situaciones en las que Jesús curó en sábado. En Lucas ya hemos estudiado el relato de la curación de la suegra de Pedro (4:38); del hombre que tenía el brazo seco (6:6), y de la mujer que llevaba doblada dieciocho años (13:13). En Juan tenemos dos más: la del paralítico de Betesda (5:9), y la del ciego de nacimiento (9:14). Marcos cuenta otra, la del poseso de la sinagoga de Cafarnaún (1:21).

Uno creería que un curriculum así habría hecho que todo el mundo amara a Jesús; pero es un hecho lamentable que, cada vez que Jesús hacía una curación en sábado, los escribas y los fariseos se convencían más de que era impío y peligroso, y había que acabar con Él a toda costa. Para entender lo que le pasó a Jesús es esencial recordar que, para los judíos de su tiempo, era un transgresor de la ley. Curaba en sábado, lo cual era hacer un trabajo y, por tanto, quebrantar la ley.

En esta ocasión, un fariseo le invitó a comer un sábado. Había unas reglas muy rigurosas acerca de las comidas del sábado. Por supuesto que no se podía cocinar, porque eso era un trabajo. Había que hacer la comida el viernes; y, si se tenía que mantener caliente, había que hacerlo de manera que no siguiera cocinándose. Así que se establecía que, para mantener caliente la comida del sábado «no se podía meter en orujo de aceituna, estiércol, sal, yeso o arena, ya fueran húmedos o secos, ni en paja, orujo de uva, o verduras, si estaban húmedos, pero sí se podía si estaban secos. Se podía poner entre paños, frutas, plumas de pichón y estopa de lino.» El cumplimiento de tales reglas era lo que los escribas y fariseos llamaban religión. ¡No nos sorprende que no entendieran a Jesús!

No es improbable que los fariseos hubieran colocado allí al hidrópico a ver lo que hacía Jesús. Le estaban acechando -palabra que quiere decir en el original «espiando con interés siniestro.»

Jesús no dudó en sanar al enfermo. Sabía perfectamente bien lo que estaban planeando, y citó sus leyes y costumbres. En Palestina abundaban los pozos sin brocal, y no menos los accidentes que causaban (cp. Exo_21:33 ). Se podía sacar un animal del pozo en sábado. Jesús pregunta con ironía, si se puede ayudar a un animal en sábado, por qué no a una persona.

Este pasaje nos dice varias cosas sobre Jesús y sobre sus enemigos.

(i) Nos muestra la serenidad con que Jesús se enfrentaba con la vida. A uno le pone nervioso que le estén acechando constantemente. Mucha gente pierde los estribos, y luego vienen muchos problemas y dolores. Pero, en circunstancias que habrían puesto a otros a cien, Jesús se mantenía sereno. Si vivimos con Él, Jesús acabará por gustarnos…

(ii) Es curioso que Jesús nunca rehusó ninguna. invitación. Nunca perdió la esperanza en nadie. Esperar cambiar a otros y seguir intentándolo es una de las esperanzas más desesperantes; pero Jesús nunca dejaba pasar la ocasión. No rehusaba una invitación ni de un enemigo. Está claro que nunca conseguiremos hacer amigos de nuestros enemigos si no nos prestamos a verlos y hablar con ellos.

(iii) Lo que más nos sorprende de los escribas y fariseos es la falta de sentido de proporción. Estaban dispuestos a todo para cumplir sus reglitas y preceptillos, y consideraban un pecado aliviar el dolor de una persona en sábado.

Si se nos diera la posibilidad de pedir nada más que una cosa, valdría la pena pedir el sentido de proporción. A menudo no son más que pequeñeces las cosas. que alteran la paz de una congregación. Lo que muchas veces separa a la gente y destruye amistades suelen ser cosas a las que no daríamos importancia en nuestros momentos normales. Esas minucias se hacen tan grandes que llenan todo el horizonte. Cuando tenemos las prioridades en orden, todo está en su lugar -y el amor es lo primero.

LA NECESIDAD DE LA HUMILDAD

Lucas 14:7-11

Jesús no pudo por menos de ver que los invitados se disputaban los puestos de honor a la mesa, y les contó una parábola:

-Cuando alguien te convide a un banquete de boda, no te apresures a ocupar el sitio más distinguido, no sea que esté también invitado otro que sea más honorable que tú, y venga el que os convidó a los dos a decirte: «Déjale el sitio a este»; y tengas que ponerte colorado buscando un sitio al final de todo. Más bien, cuando te convide alguien, ocupa el último asiento; y cuando llegue el anfitrión te dirá: «No, amigo mío; ahí no. Sube más cerca de la presidencia.» Y entonces recibirás mayor honor entre todos los demás invitados. Y es que todos acaban por despreciar al que se da importancia; y a todos les cae bien el que actúa con sencillez.

Jesús puso un ejemplo casero para ilustrar una verdad eterna. Cuando llega temprano a la fiesta un invitado sin importancia y se coloca en la mesa presidencial, lo más probable es que luego llegue otro más distinguido, y se le diga al primero que le deje el sitio al otro y él se busque otro sitio, que lo más seguro es que tendrá que ser al final de todos; con lo cual le saldrá el tiro por la culata, porque lo que él quería era cubrirse de gloria. Y por otra parte, si un invitado empieza por colocarse ,en el último asiento, y el anfitrión le dice que se acerque más a la presidencia, ese sí queda bien ante la concurrencia.

Esa es la actitud que, cuando es sincera, llamamos humildad, y que es una característica de las personas verdaderamente grandes. Cuando Thomas Hardy ya era tan famoso que cualquier periódico habría pagado bien el honor de publicar algo suyo, algunas veces mandaba un poema acompañado de un sobre franqueado para que se lo devolvieran si no les interesaba. Aun cuando se encontraba en la cumbre de la fama, era lo suficientemente humilde como para considerar que sus obras se podían rechazar.

La humildad del rector Cairns se hizo legendaria. Nunca entraba el primero en ningún sitio. Siempre decía: « Usted primero, por favor.» Una vez, al subir ala plataforma, resonó un imponente aplauso de bienvenida. El se puso a un lado, cedió el paso al que venía detrás de él y se puso a aplaudirle. Nunca pensaba que el aplauso fuera para él; sería para otro. Para creerse importante, uno tiene que ser bastante mezquino.

¿Cómo se puede conservar la humildad?

(i) Dándonos cuenta de las cosas. Por mucho que sepamos, sabemos muy poco en comparación con lo que se puede saber. Aunque hayamos logrado mucho, no es gran cosa a fin de cuentas. Por muy insustituibles que nos creamos, cuando nos quitemos de en medio o nos aparque la muerte la vida seguirá lo mismo sin nosotros.

(ii) Podemos conservar la humildad por comparación con los mejores. Cuando vemos u oímos a los expertos nos damos cuenta de lo pobre que es nuestra actuación. Muchos jugadores de lo que sea han decidido retirarse después de presenciar un campeonato, y muchos intérpretes han decidido no aparecer más en público después de escuchar a un maestro. Y muchos predicadores se han sentido empequeñecer hasta casi desaparecer cuando han escuchado a un verdadero hombre de Dios. Pero, sobre todo: si nos ponemos al lado del Maestro y Señor veremos nuestra indignidad en comparación con su radiante pureza y será la muerte de nuestro orgullo.

CARIDAD DESINTERESADA

Lucas 14:12-14

-Mira: cuando quieras organizar una comida o una cena -le dijo también Jesús al que le había invitado-, no invites a tus amigos, o a tus hermanos o parientes, ni tampoco a tus vecinos ricos; porque ellos luego te invitan a ti, y así quedan todos en paz contigo. Cuando quieras hacer un banquete, invita a los mendigos, a los mancos, los cojos y los ciegos; entonces sí que saldrás ganando: porque ellos no te pueden devolver lo que haces por ellos, así es que queda en tu cuenta para el tiempo de la resurrección de los justos.

Aquí tenemos un pasaje inquietante, porque nos invita a examinar los motivos que hay tras nuestra generosidad.

(i) Puede que uno dé por sentimiento del deber. Algo así como cuando pagamos los impuestos: para cumplir con una obligación que no podemos evitar.

(ii) Puede que uno dé sencillamente por interés, considerándolo consciente o inconscientemente como una inversión: Dios queda en deuda con él. Eso no es dar por generosidad, sino por calculado egoísmo.

(iii) Puede que uno dé para mostrar su superioridad. Ese dar puede ser hasta cruel. Humilla al que lo recibe más que una negativa. Es mirar por encima del hombro. Es mejor no dar, que dar para satisfacer la propia vanidad y el deseo de quedar por encima. Los rabinos decían que la mejor forma de dar es cuando el que da no sabe quién lo va a recibir, ni el que recibe sabe quién se lo ha dado.

(iv) Puede que uno dé porque no puede por menos. Ese es el único motivo aceptable. El que piense que Jesús nos enseña a dar para recibir la recompensa en el Cielo en vez de en la Tierra no lo ha comprendido. El principio del Reino de Dios es que, cuando se da para recibir una recompensa, no se recibe ‹ ninguna recompensa; y cuando se da sin pensar en recibir una recompensa, y eso es lo difícil, se recibe. La única manera de dar es cuando sale de dentro porque hay amor. Dios dio-porque amó de tal manera al mundo: así debemos dar nosotros.

EL BANQUETE DEL REY Y SUS HUÉSPEDES

Lucas 14:15-24

Cuando uno de los comensales oyó lo que había dicho Jesús, exclamó:

-¡Felices los que estén invitados al banquete del Reino de Dios!

Entonces Jesús les contó otra parábola:

-Una vez un hombre organizó un gran banquete e invitó a mucha gente. Y cuando llegó el momento, mandó a su siervo a decirles a los convidados: «¡Venid, porque ya está todo preparado!» Pero los convidados empezaron a disculparse como si se hubieran puesto de acuerdo. Uno dijo: «Acabo de comprar una propiedad y no tengo más remedio que ir a verla. Discúlpame, por favor.» Y otro dijo: «Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y ahora mismo iba a probarlos; así que haz el favor de excusarme.» Y otro dijo: «Acabo de casarme. Comprenderás que no puedo ir.» Cuando volvió el siervo, se lo hizo saber todo a su señor, que se puso furioso y le dijo: «¡Sal a toda prisa por las plazas y por las calles de la ciudad, y tráete para acá a todos los pordioseros, mancos, cojos y ciegos que te encuentres!» Al cabo de un rato el siervo volvió y le dijo a su señor: «Señor, ya se ha hecho como mandaste; pero todavía queda sitio.» Y el señor le dijo al siervo: «¡Pues salte por los caminos y los senderos, y obliga a entrar a todos los que encuentres, hasta que se me llene la casa! Porque os aseguro que ninguno de los que estaban convidados va a probar mi banquete!»

Los judíos tenían una serie de historias acerca de lo que iba a suceder cuando llegara la nueva era. Una de estas era la del banquete mesiánico, en el que leviatán, el monstruo marino (Job_41:1 ), sería el plato de pescado y behemot (Job_40:15 ) el de carne. En este banquete estaba pensando el que dijo: «¡Felices los que estén invitados al banquete del Reino de Dios!» Naturalmente, estaba pensando sólo en los buenos judíos, porque los gentiles y los pecadores no tendrían parte en la fiesta de Dios. Y por eso contó Jesús esta parábola.

En Palestina, cuando se hacía una fiesta, se fijaba la fecha con mucha antelación y se mandaban las invitaciones para que se dijera si se aceptaban. Pero no se decía la hora; así es que, cuando llegaba el día y todo estaba preparado, iban los siervos a avisar a los invitados. Era un grave insulto el haber aceptado la invitación y luego no asistir.

El dueño de la casa de la parábola representa a Dios. Los convidados originales eran los judíos. A lo largo de toda su historia habían estado esperando el día en que Dios interviniera; ese día había llegado, y ellos rechazaron la invitación. Los pordioseros y minusválidos de la calle representan a los publicanos y pecadores que recibieron a Jesús, mientras que los religiosos le rechazaron. Los de los caminos y las sendas del campo eran los gentiles, para los que había sitio en la fiesta de Dios. Belgel, el gran comentarista de tiempos de la Reforma, dice: «Tanto la naturaleza como la gracia aborrecen los vacíos.» Así que, cuando los judíos no acudieron a la invitación de Dios, la recibieron los gentiles.

Hay una frase de esta parábola que desgraciadamente se usa mal: «¡Pues salte por los caminos y los senderos, y obliga a entrar a todos los que encuentres!» Hace mucho, Agustín de Hipona usaba este texto para justificar la persecución religiosa. Se tomaba como una orden para hacer cristianos a la fuerza, y como la razón para la Inquisición, las torturas, los autos de fe, las campañas contra los herejes, el bautismo o la muerte para los vencidos en supuestas guerras santas, etcétera, etcétera, cosas que son la vergüenza de la llamada civilización ,cristiana. Debemos entender esa frase de acuerdo con otra: «El amor de Cristo nos constriñe» (2Co_5:14 ). En el Reino de Dios no existe más que una obligatoriedad: la del amor.

Pero, aunque esta parábola presenta una amenaza a los judíos que rechazan la invitación de Dios y una gloriosa oportunidad para los pecadores y los gentiles que nunca habían soñado con recibirla, también contiene verdades de carácter permanente que son tan actuales hoy como entonces. Los convidados presentan excusas nada diferentes de las que se ponen hoy.

(i) El primer invitado dijo que había comprado un terreno, y que iba a verlo. Esto sucede cuando dejamos que los negocios usurpen los derechos de Dios. Es posible estar tan inmerso en las cosas de este mundo que no se tiene tiempo para dar culto. a Dios ni aun para orar.

(ii) El segundo invitado dijo que había comprado cinco yuntas de bueyes y que iba a probarlos. Esto es dejar que las novedades usurpen los derechos de Cristo. Sucede a menudo que, cuando se entra en una nueva situación se está tan absorto que no se tiene tiempo para ir al culto ni para orar. Se da el caso de personas que se compran un coche, o un chalé, y dicen: «Antes íbamos al culto los domingos; pero ahora salimos al campo, que buena falta nos hace a todos, y especialmente a los chicos.» Es peligrosamente fácil que algo nuevo, como un juego, o un hobby, o un amigo, desalojen de nuestro horario los deberes espirituales.

(iii) El tercer invitado dijo, más enfáticamente que los otros: «Acabo de casarme. Comprenderás que no puedo ir.» Una de las leyes maravillosamente humanitarias del Antiguo Testamento establecía: «Cuando alguno fuere recién casado, no saldrá a la guerra, ni en ninguna cosa se le ocupará; libre estará en su casa por un año, para hacer feliz a la mujer que tomó» (Deu_24:5 ). Sin duda esa ley era la que se aplicaba este hombre. Una de las tragedias de la vida es que las cosas buenas hacen que nos olvidemos de Dios. No hay nada más maravilloso que el hogar; pero no se pretende que se use de una manera egoísta. Los que viven juntos, viven todavía mejor con Dios; se sirven mejor mutuamente si sirven también a otros; el ambiente del hogar es aún más maravilloso cuando los que viven en él se acuerdan de que también son miembros de la familia y de la casa de Dios.

EL BANQUETE DEL REINO

Antes de salir de este pasaje, conviene que nos fijemos en que los versículos 1 a 24 tratan de fiestas y banquetes. Jesús comparaba su Reino y su servicio con una fiesta. El Reino se parecía a la ocasión más feliz que se conocía en la vida. No cabe duda de que no hay que pensar que el Evangelio prohíbe pasarlo bien.

Siempre ha habido un tipo de cristianismo que le quita toda la gracia a la vida. Juliano hablaba de esos cristianos paliduchos y con pecho de tabla que nunca veían que el sol brillaba también para ellos. Swinburne apostrofaba contra Cristo:

«Tú has ganado, pálido Galileo; El mundo se ha puesto gris con tu aliento.»

Ruskin, que se crió en un hogar rígido y estrecho, cuenta que le regalaron una vez un caballito de juguete, y que una tía suya muy «piadosa» se lo quitó, diciendo que los juguetes no eran para los niños cristianos. Hasta un pensador tan sanote como A. B. Bruce dice que uno no se puede figurar al niño Jesús jugando con los otros chicos cuando era pequeño, o sonriendo cuando era hombre. W. M. Macgregor, en sus Conferencias Warrack, habla con su magistral ironía de uno de los pocos errores de John Wesley, que fundó un colegio en Kingswood, cerca de Bristol, y dispuso que no se debían permitir juegos ni en el colegio ni en sus terrenos, porque «el que juega de niño sigue jugando de mayor.» No se tenían vacaciones. Los chicos se levantaban a las 4 de la mañana, y pasaban la primera hora del día de oración y meditación, y los viernes ayunaban hasta las 3 de la tarde. W. M. Macgregor califica todo el sistema de «estúpido desafío a la naturaleza.»

Tenemos que tener presente que Jesús pensaba en el Reino como una fiesta. Un cristiano lúgubre es un monstruo de la naturaleza. El gran filósofo Locke definía la risa como «una gloria repentina.» Al cristiano no se le prohíbe ningún placer sano, porque para él la vida es una fiesta de bodas.

CALCULANDO EL COSTO

Lucas 14:25-33

Muchísima gente iba de camino con Jesús; y ÉL se volvió y les dijo:

-El que quiera venir conmigo y ser discípulo mío, tiene que aborrecer a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo. El que no cargue con su cruz y siga mi ejemplo, no puede ser discípulo mío. ¿A que cualquiera de vosotros, si quiere construir una torre, lo primero que hace es sentarse a calcular lo que le va a costar, para ver si tiene bastante para acabarla? Porque si no, cuando ya ha echado el cimiento, si no tiene lo necesario para terminar, todos los que lo vean se van a reír de él y a decir: «¡Mira este, que empezó a construir y no pudo acabar!» ¿Es que un rey que va a librar batalla contra otro, lo primero que hace no es sentarse a considerar si puede hacer frente con diez mil soldados al que le va a atacar con veinte mil? Porque, si se da cuenta de que no puede, lo que hace es mandarle una embajada al otro cuando todavía está lejos para negociar la paz. Pues lo mismo pasa con vosotros: el que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío.

Cuando Jesús dijo esto iba camino de Jerusalén. Sabía que le esperaba la cruz; pero la gente es posible que creyera que iba a ocupar el trono. Por eso les habló así. De la manera más clara posible les dijo que el que le siguiera no iba camino de la gloria y el poder terrenales, sino que tenía que estar dispuesto a sacrificar lo que más quisiera en la vida, y a abrazar un sufrimiento que sólo se podía comparar con la agonía de un crucificado.

No debemos tomar sus palabras con un literalismo frío. El lenguaje oriental es siempre tan pictórico y vivo como la mentalidad oriental. Cuando Jesús nos dice que tenemos que aborrecer a nuestros seres más queridos, quiere decir que ningún amor de este mundo puede compararse con el amor que le debemos tener a Él.

Hay dos verdades impresionantes en este pasaje.

(i) Es posible ser seguidor de Jesús sin ser discípulo suyo, ser del partido del Rey sin ser su soldado, estar a favor de algo sin sacrificar nada. Una vez le dijo alguien a un gran profesor: «Fulano de tal dice que fue alumno suyo.» «Puede que asistiera a mis clases -le contestó-; pero no era uno de mis estudiantes.» Uno de los problemas más graves de la iglesia es que en ella hay muchos que siguen a Jesús de lejos, pero muy pocos verdaderos discípulos de Jesús.

(ii) El cristiano tiene la obligación de calcular lo que le va a costar seguir a Jesús. La torre de la que se habla aquí era la que se tenía en las viñas, desde la que se podía vigilar para que no entraran los ladrones a robar la cosecha. Un edificio a medio hacer es algo que da vergüenza. Hay ejemplos de esto en las ciudades principales de España y de otros países.

En todas las esferas de la vida hay que calcular el costo. En la liturgia de la boda de la Iglesia de Escocia, el pastor dice: «El matrimonió es un estado en el que no se ha de entrar a la ligera y descuidadamente; sino después de pensarlo, con respeto y en el temor del Señor.» El hombre y la mujer deben calcular el costo.

Y lo mismo sucede con el Evangelio. Pero si bien las exigencias de Cristo imponen respeto, debemos recordar que Él no nos deja solos a la hora de cumplirlas. El que nos invita a subir la cuesta estará todo el tiempo con nosotros, y -esperándonos en la cima.

LA SAL INSÍPIDA

Lucas 14:34, 35

-La sal es una cosa buena; pero, si pierde su sabor característico, no hay manera, de hacerla salada otra vez. No sirve absolutamente para nada; ni para la tierra ni para el estercolero. No se puede hacer más que tirarla. ¡El que tenga entendederas, que se dé por enterado!

Algunas veces hay una seria advertencia en las palabras de Jesús. Cuando una persona es criticona y quejica, no se la toma muy en serio cuando murmura de algo; pero, cuando Alguien que siempre habla en un tono de amor, nos dirige una advertencia, no tenemos más remedio que escucharle. Lo que Jesús nos quiere decir es que, cuando algo pierde su cualidad esencial y deja de cumplir su misión esencial, ya no sirve para nada, y se tira.

Jesús cita la sal como símbolo de la vida cristiana. ¿Cuáles eran sus características esenciales? En Palestina tenía tres:

(i) La sal se usaba como condimento. Los alimentos sin sal pueden ser hasta repugnantes. Por tanto, el cristiano debe ser alguien que le da sabor a la vida. El «evangelio» que no es más que un aguafiestas no es el Evangelio. El cristiano le presta sabor a la vida con su valor, esperanza, optimismo y amabilidad.

(ii) La sal se usaba como conservante. Es el más antiguo de los conservantes. Los griegos decían que la sal le devuelve el alma a las cosas muertas.. Sin sal, las cosas se pudren y se echan a perder; con sal, conservan su frescor. Eso quiere decir que el Evangelio actúa como protección contra la corrupción del mundo. Todo cristiano tiene que ser la conciencia de su entorno; y la iglesia, la conciencia de la nación. El cristiano debe ser tal que, en su presencia no se puede usar lenguaje sucio, ni contar historias cuestionables, ni sugerir acciones deshonrosas. Debe ser un antiséptico en el círculo en que se mueve. La iglesia debe hablar sin miedo contra todo lo malo, y apoyar todas las causas nobles. No debe guardar silencio por miedo de nadie, ni para lograr su favor.

(iii) La sal se usaba en la tierra. Su usaba para que crecieran más fácilmente las buenas plantas. El cristiano debe hacerle más fácil a la gente el ser buena, y más difícil ser mala. Todos conocemos a personas en cuya compañía no se harían ni se hacen ciertas cosas, y personas en cuya compañía uno se rebaja a hacer lo que no nos atreveríamos a hacer solos. Hay almas nobles en cuya compañía es más fácil ser valiente, y animoso, y bueno. El cristiano debe llevar el grato olor de Cristo, que hace florecer las buenas plantas, y que agosta las malas hierbas.

Esa es la misión del cristiano. Si fracasa, no hay razón que justifique su existencia; ya hemos visto que, en la economía de Dios, la inutilidad invita al desastre. « ¡El que tenga entendederas, que se dé por enterado!»

Lucas 14:1-35

14.1-6 En otra ocasión, invitaron a Jesús a la casa de un fariseo para discutir (7.36). Esta vez, uno de los más prominentes lo invitó con el propósito específico de atraparlo en algo que dijera o hiciera para arrestarlo. Quizás sorprenda ver a Jesús en los medios de los fariseos después que los denunciara muchas veces, pero El no temía enfrentarlos, aun sabiendo que tenían como propósito sorprenderlo en el quebrantamiento de las leyes.

14.2 Lucas, el médico, identifica la enfermedad de este hombre: sufría hidropesía. Esta enfermedad se debe a una acumulación anormal de líquido en tejidos y cavidades.

14.7-11 Jesús aconsejó a las personas que no se apresuraran a escoger asientos en las fiestas. La gente hoy actúa con igual ansiedad para mejorar su nivel social, ya sea por relacionarse con cierta clase de personas, usar un tipo de ropa que le dé nivel o por manejar un automóvil costoso. ¿A quién quiere impresionar? Antes que buscar prestigio, busque un lugar en el que pueda servir. Si Dios quiere que sirva en altas esferas, El lo invitará a ocupar un lugar de importancia.

14.7-14 Jesús enseñó dos lecciones aquí. Primera, habló a los invitados diciéndoles que no ocuparan los lugares de honor. El servicio es más importante en el Reino de Dios que el nivel social. Segunda, se dirigió al anfitrión indicándole que no fuera elitista al invitar. Dios brinda su Reino a todos.

14.11 ¿Cómo podemos humillarnos? Algunas personas procuran aparentar humildad a fin de manipular a los demás. Otros piensan que la humildad significa dejarse aplastar. Pero la gente humilde de verdad se compara solo con Cristo, reconoce su pecado, comprende sus limitaciones en habilidades, moral, logros y conocimientos. La humildad no es una autodegradación, es una afirmación realista y enfocada al servicio.

14.15-24 El hombre que estaba con Jesús vio la gloria del Reino de Dios, pero falló en su visión para ser parte de él. La parábola de Jesús muestra cómo a menudo rechazamos la invitación de Dios a su banquete poniendo excusas. Los negocios, el matrimonio, la riqueza u otra cosa, pueden ser la causa para resistir o postergar la respuesta a la invitación de Dios. La invitación de Dios es lo más importante, no importa qué inconveniente tengamos. ¿Se excusa para evitar responder al llamado de Dios? Jesús nos recuerda que el día vendrá en que Dios dejará de invitarlo y lo hará a otros, entonces será demasiado tarde para entrar al banquete.

14.16ss Para una fiesta, se acostumbraba enviar dos invitaciones: la primera la anunciaba, la segunda indicaba que todo estaba listo. Los invitados en la parábola de Jesús ofendieron al anfitrión al excusarse cuando se les envió la segunda invitación. En la historia de Israel, la primera invitación de Dios vino a través de Moisés y los profetas; la segunda vino mediante su Hijo. Los líderes religiosos aceptaron la primera invitación. Creyeron en los profetas, pero desecharon a Dios al no creer en su Hijo. De la manera en que el amo de la historia envió su siervo a las calles para que invitara a los necesitados a participar en el banquete, asimismo Dios envió a su Hijo al mundo de gente necesitada para anunciar que el Reino de Dios había llegado y estaba a su disposición.

14.16ss En este capítulo leemos palabras de Jesús en contra de los que buscan rango social y favor del trabajo arduo y aun sufrido. No perdamos de vista el propósito de nuestra humildad y auto sacrificio, ¡un banquete lleno de gozo con nuestro Señor! Dios nunca nos pide padecer por amor al sufrimiento. Nunca nos pide dejar algo bueno a menos que planee reemplazarlo con algo mucho mejor. No nos llama a unirnos a El para trabajar en el campo, sino para una fiesta, una fiesta de bodas, la cena del Cordero (Rev_19:6-9), cuando Dios y su amada Iglesia se unirán para siempre.

14.27 La audiencia de Jesús estaba bien enterada de lo que significaba llevar la cruz. Cuando los romanos iban a ejecutar a un criminal, este tenía la obligación de llevar la cruz en que iban a colgarlo. Esto mostraba sumisión a Roma y además advertía a los observadores de que les era mejor someterse. Jesús enseñó para que las multitudes evaluaran su entusiasmo por El. Instó a convertir lo superficial en algo profundo, de lo contrario retroceder. Seguir a Cristo significa sumisión total a El, quizás hasta morir por El.

14.28-30 Cuando un constructor no considera el costo o no hace un presupuesto en detalles de su obra, tal vez la abandone sin terminar. ¿Edificará su vida cristiana solo en parte y luego la abandonará por no tener en cuenta el costo de lo que es una entrega a Jesús? ¿Cuáles son esos costos? Un cristiano puede enfrentar la pérdida de jerarquía social o riqueza. Puede perder el control sobre dinero, tiempo o profesión. Pueden odiarlo, separarlo de su familia o aun sentenciarlo a muerte. Seguir a Cristo no significa una vida exenta de problemas. Con verdadero interés debemos considerar el costo de ser un discípulo de Cristo, al grado de saber a qué nos comprometimos y que más tarde no sintamos la tentación de volvernos atrás.

14.34 La sal puede perder su sabor. Cuando se humedece y luego se seca, no queda sino un residuo insípido. Muchos cristianos se mezclan con el mundo y evaden el costo de ponerse a favor de Cristo, pero El ha dicho que si los cristianos pierden su distintivo sabor a sal, dejan de tener valor. Así como la sal da sabor y preserva los alimentos, debemos preservar lo bueno en el mundo, ayudar a que no se eche a perder y que más bien traiga un nuevo sabor a la vida. Esto requiere planificación, disposición para el sacrificio y entrega tenaz al Reino de Dios. No es fácil llegar a ser «sal», pero si la fe cristiana falla en esta función, falla al representar a Cristo en el mundo. ¿Cuánta sabor cristiano puede dar usted?

Lucas 14:1-6

Notemos en este pasaje de qué manera nuestro Señor aceptaba la hospitalidad de los que no eran discípulos suyos. Se nos dice que «entró en casa de un príncipe de los fariseos a comer pan.» No .tenemos motivo para creer que este fariseo fuera prosélito de Jesús. Es más probable que lo invitara por seguir la costumbre da los hombres de su rango. Vio a un extranjero a quien algunos imputaban como profeta, y lo convidó a comer a su mesa. Pero la invitación fue aceptada, y este es el punto más interesante.

Si deseamos saber cómo se conducía nuestro Señor en la mesa de un fariseo, solo tenemos que leer con atención los primeros veinticuatro versículos de este capítulo. Así veremos que allí, como en cualquiera otro lugar, siempre atendía a los asuntos que le había encomendado su Padre. Veremos que primeramente defiende la observancia del domingo; que en seguida explica a los concurrentes la naturaleza de la verdadera humildad, y al huésped la de la hospitalidad; y que, finalmente, pronuncia esa notable y bien adecuada parábola, la de la gran cena; y todo esto con la mayor calma, prudencia y dignidad. Todas sus palabras eran oportunas, «con gracia, sazonadas con sal.» Col_4:6, La perfección de la conducta de nuestro Señor brilla en esta, así como en otras ocasiones. Nunca olvidó ni por un momento con quiénes y en qué lugar se hallaba.

El ejemplo que Cristo nos presenta en este pasaje merece la atención de todos los cristianos, y en especial de los ministros del Evangelio; pues aclara algunos puntos muy difíciles, tales como las relaciones con los no convertidos, el grado de confianza con que hemos de tratar a estos, y la manera como debemos conducirnos cuando estemos en sociedad con ellos.

Nuestro Señor nos dejó un modelo en este capítulo, y a nosotros nos incumbe hacer lo posible por imitarlo.

No debemos vivir completamente, incomunicados con los que no se hayan convertido, aunque fuera posible hacerlo, pues seria cobardía e indolencia. Así nos privaríamos de muchas oportunidades de hacer bien. Pero al tratarnos con ellos debemos proceder con cautela y circunspección, implorando la ayuda divina y haciendo la resolución de promover la gloria de Dios. En una cana donde se rechace el Evangelio deliberadamente no debemos admitir hospitalidad ni hacernos amigos íntimos. Hasta que punto hemos de cultivar relaciones con los no-convertidos, es cosa que cada creyente ha de determinar por sí mismo. Algunos pueden adquirir relaciones más estrechas que otros sin recibir perjuicio ninguno y hasta con provecho de las personas con quienes se traten. «Cada uno tiene su propio don de Dios.» 1Co_7:7. Hay dos preguntas, que todo cristiano debiera hacerse con referencia a este asunto: «¿Paso las horas en sociedad en conversaciones frívolas y mundanas? o ¿procuro, aunque débilmente, imitar a Jesucristo?» no podemos contestar estas preguntas satisfactoriamente, es mejor que no frecuentemos la sociedad. Más siempre que lo hagamos de la manera con que Cristo se presentó en casa del fariseo, no hay riesgo de que suframos ningún daño.

Notemos en segundo lugar, cómo acechaban a nuestro Señor sus enemigos, cuando fue a comer pan un sábado a casa del fariseo.

Este incidente no es sino un ejemplo de lo mucho que nuestro Señor tuvo que sufrir durante su misión terrena. Los ojos de sus enemigos seguían todos sus pasos; y lo espiaban cuando se detenía, y aguardaban ansiosamente que pronunciara una palabra sobre la cual pudieran basar una acusación. Sin embargo, aguardaron en vano. Nuestro bendito Salvador fue siempre santo, inocente, inmaculado y libre de todo mal. Perfecta en verdad debe haber sido esa vida en la que ni los más encarnizados enemigos pudieron hallar falta ni lunar de ninguna clase.

El que desee servir a Cristo debe resignarse a que lo acechen y lo espíen como a su Maestro. No ha de olvidar nunca que el mundo lo mira y que los malvados observan atentamente todas sus acciones. Especialmente ha de tener esto presente en el trato con los no convertidos. Si entonces cometiere algún desliz de palabra o hecho, u obrare de una manera inconsecuente, puede estar bien seguro de que no lo pasarán por alto.

Procuremos vivir todos los días como en presencia de un Dios tanto. Si así viviéremos importa poco cuanto nos espía un mundo malévolo y ruin. Hagamos todo lo posible por tener una conciencia libre de ofensa hacia Dios y hacia el hombre, y por evitar todo lo que pueda dar margen a los enemigos del Señor para que blasfemen. Ni es imposible poner esto en práctica. Mediante la grada de Dios podemos hacerlo. Los enemigos de Daniel se vieron obligados a confesar: «Nunca hallaremos contra este Daniel alguna ocasión, si no la hallamos contra él en la ley de su Dios.»› Dan_9:5.

Notemos, por último, en este pasaje, que nuestro Señor afirma que es lícito hacer obras de misericordia el sábado. Se nos refiere que sanó a un hidrópico en sábado, y que entonces dijo a los doctores de la ley y a los fariseos: « ¿El asno o el buey de cuál de vosotros caerá en un pozo, y él no le sacará luego en día de sábado?» Este fue un golpe que no pudieron evadir. Escrito está: « Y no le podían replicar a estas cosas..

La limitación que señaló así nuestro Señor a los requisitos del cuarto mandamiento está fundada evidentemente en las Escrituras, la razón natural y el sentido común. El sábado fue hecho para el hombre, para su provecho, no para su daño.

No fue la voluntad del Supremo Legislador que se interpretase la ley con relación al sábado, de manera que excluyese las obras de caridad, los actos do bondad, y la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Tales interpretaciones son contraproducentes. Imponen lo que el hombre caído no puede hacer y así desconceptúan todo el mandamiento.

Nuestro Señor percibió bien esto, y trabajó durante el período de su misión por elevar esta valiosa parte de la ley de Dios a su verdadera posición.

El principio que nuestro Señor establece respecto a la observancia del sábado necesita rodearse de restricciones. Del derecho de hacer en el domingo obras de necesidad y de misericordia se ha abusado terriblemente en nuestros días.

Millares de cristianos parecen haber traspasado todo límite con .respecto a la guarda de este santo día. Parecen haber olvidado que si bien nuestro Señor explicó repetidamente lo que de nosotros exige el cuarto mandamiento, jamás lo borró o anuló, ni dijo que no era obligatorio para los cristianos.

¿Puede persona alguna decir, que viajar en domingo, salvo en casos muy raros, sea obra de misericordia? ¿Puede alguien afirmar que traficar en ese día, y dar convites, y pasear, y distribuir cartas y periódicos son obras de misericordia? ¿Es que los criados y tenderos, los maquinistas y cocheros, los escribientes y porteros no tienen alma? ¿No necesitan como los demás hombres descanso para el cuerpo y tiempo para atender a las necesidades del alma? Estas son cuestiones serias que deben hacer pensar a mucha gente.

Más, cualquiera que sea la línea de conducta que adopten los demás, santifiquemos nosotros el domingo. Dios hará cargo a las iglesias de la profanación del domingo. Este es un pecado por el cual el clamor asciende al cielo, y de él se pedirá cuenta en el último día. Abstengámonos de cometerlo. Si otros quieren apropiarse el día del Señor para satisfacer deseos y aspiraciones egoístas, no nos hagamos cómplices suyos.

Lucas 14:7-14

En estos versículos se nos da a conocer de cuanta importancia es la humildad. Nuestro Señor lo enseña de dos modos: primero aconsejando a los que fuesen convidados a alguna boda que «se sienten en el postrer lugar;» y segundo, apoyando su consejo en ese gran principio que tantas veces se desprendió de sus labios.

«Cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado..

La humildad merece bien ser denominada la reina de las virtudes cristianas. Reconocer nuestra culpabilidad y flaqueza, y experimentar la necesidad de un Salvador, es el principio mismo de la religión que salva. Esa virtud ha distinguido a los hombres más rectos y piadosos de todas las edades. Abrahán y Moisés, Job y David, Daniel y Pablo fueron todos hombres señaladamente humildes. Pero, aun más, la práctica de dicha virtud está al alcance de todos los cristianos. No todos tienen dinero que ofrecer; no todos tienen tiempo y oportunidad de trabajar directamente en la causa de Cristo; no todos tienen el don de la palabra, ni talento o erudición para instruir a los demás hombres; pero todo cristiano está obligado a exornar con la humildad las doctrinas que profesa. Si no puede hacer nada más, puede por lo menos ser humilde.

¿Queremos saber cuál es la fuente de donde dimana la humildad? Dos palabras la indican: el recto conocimiento. El hombre que se conoce a sí mismo, que conoce a Dios, que conoce a Cristo y sabe a que precio lo redimió, no puede jamás ser orgulloso. El se reputará, como Jacob, indigno de la más pequeña misericordia del Altísimo; y se dirá como Job: «Yo soy vil;» y exclamará como Pablo: «Yo soy el primero de los pecadores.» Gen_32:10; Job_40:4; 1Ti_1:15. La falta de conocimiento de nosotros mismos, de Dios, y de Cristo es la causa verdadera del orgullo.

Estos versículos tratan, en segundo lugar, del deber de socorrer a los pobres. Nuestro Señor inculca este deber de una manera singular. Le dice al fariseo que lo invitó a su casa, que cuando diere una comida o una cena no debe llamar a sus amigos, o parientes, o vecinos ricos; sino, antes bien, a los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos.

Este precepto tiene, sin duda, ciertos límites, pues es evidente que nuestro Señor no se propuso prohibirnos que ejerciéramos la hospitalidad con nuestros parientes y amigos ; y mucho menos excitarnos a que gastásemos en los pobres más dinero del necesario. Explicado así el pasaje, contradiría otros textos claros de la Escritura; por lo tanto, tal interpretación no puede ser correcta. Mas no porque se haya hecho esta advertencia ha de olvidarse que el pasaje en cuestión contiene tiene lección profunda e importante. Tengamos cuidado así mismo de no limitar y modificar él precepto hasta reducirlo a la nada. Las palabras en que está concebido son sencillas y terminantes. Es la voluntad de nuestro Señor Jesucristo que, en proporción con nuestras facultades, socorramos a los que sean más pobres que nosotros. Quiere que sepamos que es un deber sagrado auxiliar a los necesitados.

No perdamos de vista la importancia del precepto citado «No faltarán menesterosos de en medio de la tierra.» Un pequeño auxilio prestado a los pobres, oportuna y acertadamente, contribuye en gran manera a su bienestar, mitiga sus dolores, y promueve la concordia entre las diferentes clases sociales. Ese ánimo ruin y calculador que mueve a algunas gentes a oponerse a toda obra de caridad es contrario a los preceptos de Jesucristo. No en balde anuncia nuestro Señor lo que dirá a los malos el día del juicio: «Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber.» Y tampoco fue en balde que S. Pablo escribió a los Gálatas las siguientes palabras: « Solamente querían que nos acordásemos de los pobres; lo cual yo también hacía con solicitud.» Mat_25:42; Gal_2:10.

En estos versículos se nos enseña, por último, cuan importante es que meditemos en la resurrección de los muertos. Esto se infiere claramente de las palabras que nuestro Señor pronunció sobre el tema de la caridad para con los pobres. Al fariseo que lo estaba obsequiando le dijo: « Ellos (los pobres) no te pueden pagar; mas te será pagado en la resurrección de los justos..

Después de la muerte viene la resurrección. A la vida presente no se limita nuestra existencia. El mundo visible que contemplamos en torno nuestro no es el único que hemos de habitar. No todo ha terminado cuando el hombre exhala el último suspiro, y su cadáver es llevado al sepulcro. Alguno día sonará la trompeta y los muertos resucitarán revestidos de incorruptibilidad. Todos los que estén en el sepulcro oirán la voz de Cristo, y se levantarán: los que han hecho bien a la resurrección de la vida, y los que han hecho mal a la resurrección de la condenación eterna. He aquí una de las verdades fundamentales de la religión cristiana. Recibámosla con entusiasmo y no la despreciemos.

Procuremos manifestar con nuestra conducta diaria que sí creemos en la resurrección y en la vida futura, y que deseamos estar listos para el otro mundo. Si así nos conducimos, podemos aguardar la muerte con calma, pues sabemos que habremos de obtener un galardón de gran precio allende el sepulcro; y sobrellevaremos con paciencia todo lo que tengamos que sufrir en este mundo. Las desgracias, las pérdidas, los chascos, la ingratitud no podrán afectarnos mucho; puesto que no esperaremos recibir recompensa alguna en este mundo; sino aguardaremos que el Juez de toda la tierra «haga derecho.» Gen_18:25.

Pero ¿cómo podremos meditar en la resurrección, y aguardar la vida futura sin alarmarnos? Solo por medio de la fe en Jesucristo. Si creemos en El no tendremos nada que temer. Nuestros pecados no nos serán imputados. Los requisitos de la ley de Dios quedarán cumplidos. El día del juicio permaneceremos firmes, y nadie nos acusará. Rom_8:33. Los mundanos, como Félix, pueden temblar con razón cuando piensan en la resurrección; mas los creyentes, como Pablo, se regocijan.

Lucas 14:15-24

Los versículos arriba trascritos contienen una da las parábolas instructivas que se encuentran en el Evangelio. A olla dio lugar la siguiente observación que hizo un hambre que estaba sentado con js la masa, en casa de un fariseo: «Bienaventurado el que comerá pan en el reino de los cielos.» No se nos dice que objeti tenían esas-palabras Tal vez el que las pronunció era de aquella clase de personas que desean ir al cielo y gustan de oír hablar sobre asuntos religiosos, pero nunca dan un poso más adelante. Nuestro Señor aprovechó la oportunidad para recordarle a él y a todos los que estaban presentes, que hay muchos que han invitados a entrar en el reino de los cielos; pero que sin embargo nunca llegan allí porque desatienden la invitación.

La parábola nos enseña en primer lugar, que Dios .ha provisto abundantes los medios por los el hombre puede ser salvo.

Esto es lo que significan las siguientes palabras: «Un hombre hizo una gran cena, y llamó a muchos. He aquí el Evangelio.

E Evangelio contiene todo lo que los pecadores han menester para ser salvos. Por naturaleza todos nos hallamos desamparados y prontos a perecer; mas el Eterno concede para la salvación de nuestras almas la paz con él y el perdón de los pecados; la justificación y la santificación; la gracia en esta vida y la gloria en la otra. No hay nada que un corazón culpable o una conciencia alarmada pueda desear, que Cristo no pueda otorgar. Cristo, en una palabra, es la figura que descuella en la gran cena. «Yo soy el pan de la vida,» dice El, «el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás.» «Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida.» «El que come mi carne y bebe mi sangre en mí mora, y yo en él.» Joh_6:35, Joh_6:55-56.

En esta parábola se nos enseña, en segundo lugar, que las invitaciones y los ofrecimientos contenidos en el Evangelio son muy latos y comprensivos. El señor honrado que dio la cena envió a sus siervos a decir a los convidados: « Venid, que ya todo está aparejado..

De parte de Dios nada falta para la salvación del hombre. El Padre está pronto a recibir a los que, por medio de Cristo, se alleguen a El. El Hijo está pronto a limpiar de sus pecados a los que acudan a él. El Espíritu Santo está pronto a descender sobre todos los que imploren su auxilio. Si el hombre quiere obtener la vida eterna Dios tiene una voluntad sin límites de que se salve.

Con Jesucristo como Mediador, los pecadores pueden acercarse a Dios sin temor. La palabra «venid « se dirige a todos sin excepción. ¿Estamos agobiados y cargados? «Venid a mí,» dice Jesús, «que yo os haré descansar.» Mat_11:28. ¿Tenemos sed? «Si alguno tiene sed,» dice el Señor, « venga a mí y beba.» Joh_7:37. ¿Estamos necesitados y sufriendo de hambre? «Venid,» dice el mismo Salvador, « comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.» Ninguno podrá decir que no se le alentó para que solicitara la vida eterna. Las siguientes palabras de nuestro Señor acallarían sus quejas: «Al que a mí viene no le echo fuera.» Joh_6:37.

Se nos enseña, en tercer lugar, en esta parábola, que muchos de los que reciben las invitaciones que el Evangelio contiene rehúsan aceptarlas. Cuando el siervo anunció que todo estaba preparado, comenzaron todos a una a excusarse. Uno tenia una frívola disculpa y otro, otra. Solo en una cosa estaban acordes: en que no querían venir. la parábola se nos presenta un vivido bosquejo de la manera como es recibido el Evangelio donde quiera que se le proclama. Millares de pecadores hacen todos los días lo mismo que queda descrito en la parábola. Se les exhorta a que acudan a Cristo, y rehúsan hacerlo.

No es por ignorancia de las doctrinas evangélicas que tantas almas se pierden: es por amor al mundo y por la falta de voluntad de hacer uso de los conocimientos que se poseen. No es de hombres notoriamente corrompidos que el infierno está lleno, sino de los que dan atención excesiva a asuntos que en sí mismos son lícitos. No es el odio franco al Evangelio lo que hemos de temer, sino el espíritu de esos hombres que por todo se disculpan, que todo lo difieren y retardan, y que están prontos a aducir cualquiera razón para no servir a Cristo siempre que se les exhorte a ello. La infidelidad y la falta de moral causan la ruina de millares de almas; pero las disculpas comedidas y corteses causan mayores pérdidas. Ninguna disculpa puede justificar al hombre que rehusé los llamamientos de Dios y no acuda a Cristo.

En esta parábola se nos enseña, por último, que Dios quiere la salvación de las almas, y ha ordenado que se empleen todos los medios posibles para persuadir a los hombres a que acepten el Evangelio. Se nos dice que, cuando los que fueron invitados primero a la cena rehusaron aceptar la invitación, el padre de familias dijo a su criado: «Ve presto por las plazas y por las calles de la ciudad, y mete acá los pobres, los mancos, y cojos, y ciegos.» Y cuando el siervo hubo hecho esto, y todavía había espacio, el señor le dijo: « Ve por los caminos, y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa..

No puede haber mucha controversia respecto del significado de estas palabras. Nos justifican al afirmar de la manera más explícita que Dios tiene grande amor y compasión para con el pecador. Su clemencia es inagotable. Si algunos no quieren recibir la verdad, hace que se invite a otros en su lugar. Su piedad para con los infieles no es fingida o imaginaria.

Pero, sobre todo, las palabras citadas justifican a todo predicador y a todo maestro del Evangelio en el empleo de todos los medios que estén a su alcance, a fin de conmover a los pecadores y persuadirlos a que se arrepientan de sus pecados.

Si no quieren presentarse delante de nosotros en público, preciso es que los visitemos privadamente. Si no concurren a la iglesia a oír los sermones, es preciso predicarles de casa en casa. Y no debemos tener embarazo en usar de medios que pudieran parecer poco suaves; pues es necesario que instemos a tiempo y fuera de tiempo. 1Ti_4:2. a muchos de los no convertidos es preciso que los tratemos como si estuvieran aletargados o en estado de demencia, que no se aperciben de las circunstancias en que se encuentran. Es preciso llamarles la atención al Evangelio repetidas veces. Ni hemos de ahorrar palabras ni esfuerzos. Debemos tratarlos como si fueran a cometer suicidio, y decirles: Ni podemos, ni queremos dejaros que continuéis por la senda en que habéis entrado. Los hombres irreligiosos tal vez no nos comprendan, tal vez hagan burla de todo celo y fervor religioso y lo apelliden fanatismo. Pero el hombre piadoso, animado como está del deseo de anunciar el Evangelio, no se cuidará de lo que diga el mundo, y traerá a la memoria las palabras de la parábola.

Examinemos nuestras conciencias al terminar esta parábola. Las verdades que contiene deben tener elocuencia para nosotros. La exhortación ha sido hecha a nosotros de la misma manera que a los judíos. a nosotros nos dice el Señor constantemente: «Venid a la cena,» y « Venid hacia mí..

Lucas 14:25-35

Este pasaje nos enseña, en primer lugar, que los verdaderos cristianos deben estar prontos a abandonarlo todo, si fuere necesario por amor de Cristo. Las palabras que expresan esta gran verdad son muy notables. Nuestro Señor dice: «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo..

Es preciso, sin duda, interpretar estas palabras con algunas limitaciones. Como ya lo dejamos dicho en otro lugar, nunca debemos explicar un texto de la Escritura de manera que contradiga otro. Nuestro Señor no quiso decirnos que es deber del cristiano aborrecer a sus padres y parientes. Esto estaría en contradicción con el quinto mandamiento. Lo que quiso decir fue, que los que deseen seguirlo deben amarlo con un amor más profundo del que abrigan hacia sus parientes más cercanos y queridos, y hacia ellos mismos; y que si sus deberes para con Dios y sus deberes para con los hombres fueren incompatibles en un caso dado, estos deben ceder el lugar a los primeros. Debemos preferir ofender a los que amamos más sobre la tierra a desagradar al que murió por nosotros en la cruz. La obligación que así nos impone nuestro Señor es severa y pone a prueba nuestra lealtad. Sin embargo, es necesaria, y ha sido dictada por la sabiduría. La experiencia ha demostrado, tanto en la iglesia y en las misiones establecidas en el extranjero, como en el hogar doméstico, que muchas veces los mayores enemigos del alma de un hombre son los de su misma familia. Suele suceder que el mayor obstáculo en la vida del pecador que empieza a sentir arrepentimiento, es la oposición de sus parientes y amigos. Los padres irreligiosos no pueden, sufrir que sus hijos empiecen a pensar seriamente en las cosas eternas. Las madres irreligiosas se disgustan que sus hijas no quieran participar en los deleites del mundo. Las opiniones difieren y están encontradas tan pronto como la gracia divina desciende sobre un miembro de alguna familia, y entonces es cuando el verdadero cristiano ha de recordar el espíritu de las palabras de nuestro Señor.

Muy difícil es, ciertamente, cumplir nuestro deber en tales casos. Es muy penoso tener que disentir de aquellos a quienes amamos, especialmente en asuntos espirituales; mas, si es preciso que así suceda, debemos tener presente que la firmeza y la decisión muchas veces son actos de verdadera bondad. El que ama sinceramente a sus parientes nunca hará mal por agradarlos. Y sobre todo, la firmeza acompañada de la amabilidad y de la lealtad, trae consigo su propio galardón.

Millares de cristianos darán gracias a Dios en el último día porque tuvieron parientes que prefirieren desagradarlos a ellos más bien que a Cristo, pues tal conducta acaso fue lo que los hizo pensar en las cosas eternas y lo que contribuyó eficazmente a la salvación de sus almas.

Este pasaje nos enseña también, que se debe aconsejar a los que estén pensando seguir a Cristo, que tomen en cuenta los sufrimientos y sacrificios que tal acto pueda acarrearles. Aunque esas palabras fueron dirigidas especialmente a la multitud que seguía a Jesús, sin pensar en lo que hacia, tienen también referencia a otras gentes y a otros siglos de la iglesia.

Es preciso no olvidar que es solo a costa de algunos sacrificios que se puede ser cristiano verdadero. Ser cristiano solo en el nombre y concurrir a la iglesia es fácil y no requiere sacrificios ningunos ; pero para obedecer a Cristo, para seguirlo, para creer en él, para confesarlo, se necesita de mucha abnegación. No podemos hacerlo sino al precio de nuestros pecados, de la confianza en nuestros propios méritos, de nuestra comodidad y de nuestros goces mundanos. Todo esto hemos de abandonarlo y tenemos que aprestarnos para lidiar contra un enemigo formidable y seguido de una numerosa falange. Tenemos que edificar una torre en una época de revueltas. Nuestro Señor Jesucristo quiere que comprendamos bien esto, y que «contemos los gastos..

Ahora bien ¿por qué se expresó así nuestro Señor? ¿Fue por ventura que quiso desanimar al pueblo para que no se afiliara en sus huestes? ¿O se propuso hacer parecer la puerta de la vida más angosta de lo que es? No es difícil contestar estas preguntas. Nuestro Señor hizo las advertencias citadas con el objeto de impedir que le siguiesen irreflexivamente, por motivos frívolos, o en un acaloramiento del momento que se entibiara a la hora de la tentación. «Sabia que nada es tan perjudicial a la causa de la religión como las reincidencias, y que nada las causa tanto como hacer prosélitos que ignoran las consecuencias que su profesión de fe pueda acarrearles. No quiso engrosar sus filas con soldados que saqueasen a la hora de la prueba. He aquí porqué mandó a los que pensaban hacerse sus discípulos que «contaran los gastos..

Seria un bien para la iglesia y para el mundo si los ministros del Evangelio tuvieran presente lo que nuestro Señor hizo en el caso arriba referido. A menudo, muy a menudo sucede que los guías espirituales dejan que sus feligreses se hagan ilusiones, y que crean que están convertidos cuando en realidad no lo están. Las emociones se apellidan fe, y las convicciones gracia. Esto no debiera suceder. Alentemos, en hora buena, a todo el que empiece a sentir en el alma los primeros rayos de fe, mas nunca exhortemos a nadie a seguir adelante sin hacerle presente la responsabilidad y las penalidades que trae consigo la religión cristiana. Digámosles que nos sigan, más tengamos cuidado de agregar: « Contad los gastos..

Este pasaje nos enseña, finalmente, cuan triste es la condición de los reincidentes y de los apóstatas. Esta lección íntimamente relacionada con la que le precede. La necesidad de contar los gastos se ve confirmada con el cuadro de las consecuencias que acarrea la falta de cumplimiento de ese deber. El hombre que ha hecho profesión de fe, y que después falta a sus promesas, es como la sal que ha perdido su sabor, y que, por consiguiente es inútil. «Ni para la tierra, ni aun para el muladar es buena: fuera echan.» Y, no obstante, esa sal es adecuado emblema del reincidente. Qué mucho que nuestro Señor dijera: « Quien tiene oídos para oír oiga..

La verdad que nuestro Señor presenta así es muy triste; pero es bueno que sea bien conocida, porque es muy útil.

Ninguno se encuentra en una situación tan peligrosa como el que, habiendo conocido la verdad y profesado amarla, quebranta sus votos y vuelva al mundo. No se le puede decir nada que ya no sepa. No se le puede mostrar una doctrina que ya no haya oído. No ha pecado por ignorancia: a sabiendas se ha, separado de Cristo. Ha pecado contra un Dios que le es conocido, y por consiguiente, su estado es casi irremediable. Para Dios todas las cosas son posibles, y sin embargo escrito está:» Porque es imposible que los que una vez recibieron la luz. y han caído en apostasía, sean renovados de nuevo por el arrepentimiento..

Meditemos bien estos puntos. No temamos empezar a servir a Cristo mas hagámoslo con seriedad y deliberación, y considerando bien el paso que vamos a dar. Y cuando hayamos empezado, imploremos a Dios nos dé gracia para perseverar y no dar un paso hacia atrás.

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