Lucas 14:1-6
Notemos en este pasaje de qué manera nuestro Señor aceptaba la hospitalidad de los que no eran discípulos suyos. Se nos dice que «entró en casa de un príncipe de los fariseos a comer pan.» No .tenemos motivo para creer que este fariseo fuera prosélito de Jesús. Es más probable que lo invitara por seguir la costumbre da los hombres de su rango. Vio a un extranjero a quien algunos imputaban como profeta, y lo convidó a comer a su mesa. Pero la invitación fue aceptada, y este es el punto más interesante.
Si deseamos saber cómo se conducía nuestro Señor en la mesa de un fariseo, solo tenemos que leer con atención los primeros veinticuatro versículos de este capítulo. Así veremos que allí, como en cualquiera otro lugar, siempre atendía a los asuntos que le había encomendado su Padre. Veremos que primeramente defiende la observancia del domingo; que en seguida explica a los concurrentes la naturaleza de la verdadera humildad, y al huésped la de la hospitalidad; y que, finalmente, pronuncia esa notable y bien adecuada parábola, la de la gran cena; y todo esto con la mayor calma, prudencia y dignidad. Todas sus palabras eran oportunas, «con gracia, sazonadas con sal.» Col_4:6, La perfección de la conducta de nuestro Señor brilla en esta, así como en otras ocasiones. Nunca olvidó ni por un momento con quiénes y en qué lugar se hallaba.
El ejemplo que Cristo nos presenta en este pasaje merece la atención de todos los cristianos, y en especial de los ministros del Evangelio; pues aclara algunos puntos muy difíciles, tales como las relaciones con los no convertidos, el grado de confianza con que hemos de tratar a estos, y la manera como debemos conducirnos cuando estemos en sociedad con ellos.
Nuestro Señor nos dejó un modelo en este capítulo, y a nosotros nos incumbe hacer lo posible por imitarlo.
No debemos vivir completamente, incomunicados con los que no se hayan convertido, aunque fuera posible hacerlo, pues seria cobardía e indolencia. Así nos privaríamos de muchas oportunidades de hacer bien. Pero al tratarnos con ellos debemos proceder con cautela y circunspección, implorando la ayuda divina y haciendo la resolución de promover la gloria de Dios. En una cana donde se rechace el Evangelio deliberadamente no debemos admitir hospitalidad ni hacernos amigos íntimos. Hasta que punto hemos de cultivar relaciones con los no-convertidos, es cosa que cada creyente ha de determinar por sí mismo. Algunos pueden adquirir relaciones más estrechas que otros sin recibir perjuicio ninguno y hasta con provecho de las personas con quienes se traten. «Cada uno tiene su propio don de Dios.» 1Co_7:7. Hay dos preguntas, que todo cristiano debiera hacerse con referencia a este asunto: «¿Paso las horas en sociedad en conversaciones frívolas y mundanas? o ¿procuro, aunque débilmente, imitar a Jesucristo?» no podemos contestar estas preguntas satisfactoriamente, es mejor que no frecuentemos la sociedad. Más siempre que lo hagamos de la manera con que Cristo se presentó en casa del fariseo, no hay riesgo de que suframos ningún daño.
Notemos en segundo lugar, cómo acechaban a nuestro Señor sus enemigos, cuando fue a comer pan un sábado a casa del fariseo.
Este incidente no es sino un ejemplo de lo mucho que nuestro Señor tuvo que sufrir durante su misión terrena. Los ojos de sus enemigos seguían todos sus pasos; y lo espiaban cuando se detenía, y aguardaban ansiosamente que pronunciara una palabra sobre la cual pudieran basar una acusación. Sin embargo, aguardaron en vano. Nuestro bendito Salvador fue siempre santo, inocente, inmaculado y libre de todo mal. Perfecta en verdad debe haber sido esa vida en la que ni los más encarnizados enemigos pudieron hallar falta ni lunar de ninguna clase.
El que desee servir a Cristo debe resignarse a que lo acechen y lo espíen como a su Maestro. No ha de olvidar nunca que el mundo lo mira y que los malvados observan atentamente todas sus acciones. Especialmente ha de tener esto presente en el trato con los no convertidos. Si entonces cometiere algún desliz de palabra o hecho, u obrare de una manera inconsecuente, puede estar bien seguro de que no lo pasarán por alto.
Procuremos vivir todos los días como en presencia de un Dios tanto. Si así viviéremos importa poco cuanto nos espía un mundo malévolo y ruin. Hagamos todo lo posible por tener una conciencia libre de ofensa hacia Dios y hacia el hombre, y por evitar todo lo que pueda dar margen a los enemigos del Señor para que blasfemen. Ni es imposible poner esto en práctica. Mediante la grada de Dios podemos hacerlo. Los enemigos de Daniel se vieron obligados a confesar: «Nunca hallaremos contra este Daniel alguna ocasión, si no la hallamos contra él en la ley de su Dios.»› Dan_9:5.
Notemos, por último, en este pasaje, que nuestro Señor afirma que es lícito hacer obras de misericordia el sábado. Se nos refiere que sanó a un hidrópico en sábado, y que entonces dijo a los doctores de la ley y a los fariseos: « ¿El asno o el buey de cuál de vosotros caerá en un pozo, y él no le sacará luego en día de sábado?» Este fue un golpe que no pudieron evadir. Escrito está: « Y no le podían replicar a estas cosas..
La limitación que señaló así nuestro Señor a los requisitos del cuarto mandamiento está fundada evidentemente en las Escrituras, la razón natural y el sentido común. El sábado fue hecho para el hombre, para su provecho, no para su daño.
No fue la voluntad del Supremo Legislador que se interpretase la ley con relación al sábado, de manera que excluyese las obras de caridad, los actos do bondad, y la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Tales interpretaciones son contraproducentes. Imponen lo que el hombre caído no puede hacer y así desconceptúan todo el mandamiento.
