En estos versículos se nos enseña, en tercer lugar, que Dios se digna, de cuando en cuando, hacer a los hombres especiales llamamientos y ofrecerles oportunidades también especiales. Nuestro Señor dijo que Jerusalén no conocía el tiempo de su visitación. Jerusalén tuvo una época en que se le ofrecieron señaladas mercedes y prerrogativas : el mismo Hijo de Dios habitó en su seno ; los milagros más portentosos que jamás hombre alguno había contemplado, fueron obrados en su recinto ; dentro de sus murallas se oyeron los sermones más admirables que los hombres tuvieron jamás la dicha de oír. Jamás ciudad alguna, fue exhortada con tanto encarecimiento como lo fue Jerusalén en los días que nuestro Señor habitó sobre la tierra. Las exhortaciones fueron, a la verdad, tan notables, tan enérgicas, tan diferentes de las que la ciudad había recibido en otros tiempos, que parece imposible que hubieran sido desoídas. Sin embargo, consta que fueron desdeñadas; y nuestro Señor dijo que ese desprecio era uno de los pecados más graves de la ciudad. La materia de que tratamos es de suyo harto profunda y misteriosa. Preciso es que procedamos con mesura y precaución para que no vayamos a caer en contradicciones. Según parece, no cabe duda que las iglesias, las naciones, y aun los individuos reciben a veces de la Divinidad manifestaciones especiales, y que el menosprecio de tales manifestaciones ha dado principio a su decadencia espiritual. Por qué razón ha de tener esto lugar en algunos casos y no en otros, es cosa que no podemos explicar. Hechos históricos de claridad bien reconocida parecen demostrarlo. Tal vez en el postrer día se manifieste al mundo entero que hubo épocas en la vida de muchos que murieron sin arrepentirse, en que Dios parecía allegarse a ellos, en que tenían la conciencia despierta y en que parecían distar de la salvación solo un paso. Esas épocas resultarán ser sin duda, lo que Cristo denominó «tiempos de visitación..
Aunque el asunto es profundo, la importantísima lección que nos enseña es práctica. Esa lección es, que debemos cuidar de no extinguir las convicciones que ardan en el pecho ni acallar la voz de la conciencia. Muchas veces con el acto de desoír este admonitor secreto cerramos para siempre la puerta de nuestra salvación. Esa voz es una visitación de Dios.
Estos versículos nos enseñan, últimamente, cuánto reprueba Cristo la profanación de las cosas santas. Se nos refiere que arrojó del templo a los que vendían y compraban, y les dijo que habían hecho la casa de Dios «cueva de ladrones.» El sabía bien cuan ignorantes y ceremoniosos eran los ministros del templo; y tampoco ignoraba que pronto el templo y su culto llegarían a su fin, que el velo seria rasgado, y que no habría más sacerdotes. Mas quería darnos a entender que hemos de mirar con reverencia todo lugar en donde se rinda adoración al Altísimo.
Siempre que concurramos a alguna iglesia o casa de oración, recordemos la conducta de nuestro Señor en la ocasión referida. Cierto es que las iglesias evangélicas no son como los templos judaicos: no tienen ni altares, ni sacerdotes, ni sacrificios, ni paramentos emblemáticos; mas en ellas se lee la palabra de Dios, en ellas está Cristo presente y el Espíritu Santo obra en las almas da los concurrentes.
