ULTIMA SEMANA EN JERUSALEN
Al acercarse a Jerusalén viniendo de Jericó (Zec_19:1), Jesús y sus discípulos visitaron las aldeas de Betania y Betfagé, situadas al este del Monte de los Olivos, solo a pocos kilómetros de Jerusalén. Durante las noches de esa última semana, Jesús se quedó en Betania y entraba a Jerusalén durante el día.
19.38 La multitud que alababa a Dios por darles un Rey tenía un concepto erróneo de Jesús. Estaban seguros de que sería un líder nacional que restauraría la nación a su gloria inicial y esto demostraba que eran sordos a las palabras de los profetas y ciegos a la verdadera misión de Jesús. Cuando llegó a ser evidente que Jesús no cumpliría con sus esperanzas, se volvieron en su contra.
19.39, 40 Los fariseos consideraron que las palabras de la multitud eran sacrílegas y blasfemas. No querían a alguien que trastornara su poder y autoridad, y a la vez no querían una sublevación que sofocara el ejército romano. De ahí que pidieron a Jesús que calmara a su gente. Pero Jesús dijo que si la gente callaba, aun las piedras clamarían. ¿Por qué? No porque Jesús instituía un reino político poderoso, sino porque establecía el Reino eterno de Dios, una razón más que suficiente para la gran celebración de todos.
19.41-44 Los líderes judíos rechazaban a su Rey (19.47). Iban demasiado lejos. Rechazaban la oferta de salvación de Dios en Jesucristo cuando Dios mismo los visitaba («el tiempo de tu visitación») y muy pronto su nación sufriría. De todos modos, Dios no le dio las espaldas a los judíos que le obedecieron. Continúa ofreciendo salvación a la gente que ama, sean judíos o gentiles. La paz eterna está a su alcance, acéptela antes que sea demasiado tarde.
19.43, 44 Estas palabras se hicieron realidad cuarenta años después que Jesús las pronunciara. En 66 d.C. los judíos se levantaron en contra de Roma. Tres años más tarde enviaron a Tito, hijo del emperador Vespasiano, para sofocar la rebelión, los soldados romanos atacaron Jerusalén y se abrieron paso a través de los muros del norte, pero aun así no pudieron tomar la ciudad. Finalmente la sitiaron y en 70 d.C. entraron en la ciudad que estaba demasiado debilitada y la incendiaron. Seiscientos mil judíos murieron durante el ataque de Tito.
19.47 ¿Quiénes eran los «principales del pueblo»? Este grupo quizás incluía prósperos líderes en política, comercio y leyes. Tenían muchas razones para deshacerse de Jesús. Les causó daño en el negocio que desarrollaban en el templo al echar fuera a los mercaderes. Además, predicó en contra de la injusticia y muchas veces sus enseñanzas favorecían a los pobres antes que a los ricos. Aún más, su gran popularidad podía atraer la atención de Roma y los líderes de Israel querían relacionarse lo menos posible con esta ciudad, por lo que representaba.
Lucas 19:1-10
Estos versículos describen la salvación de un alma. La historia de Zaqueo, lo mismo que la de Nicodemo y de la mujer Samaritana, debiera ser frecuente asunto de estudio para todo cristiano.
En primer lugar se nos enseña que ninguno es tan malo que no pueda ser salvo, o que esté fuera del alcance de la gracia de Cristo. Un acontecimiento más inesperado no puede concebirse. He aquí «el camello pasando por el ojo de una aguja,» y el rico «entrando en el reino de Dios.» ¡He aquí al avaro recaudador de diezmos transformado en cristiano bondadoso! Prueba de que para Dios nada es imposible.
La puerta de salvación que el Evangelio señala a los pecadores está abierta de par en par. No pretendamos cerrarla en nuestra ignorancia y fanatismo. Cristo puede salvar de una manera ilimitada, y aun el pecador más vil puede obtener perdón si viene a él. Ofrezcamos sin recelo el Evangelio aun a los hombres más bajos y malvados, y digámosles: «Esperanza hay para vosotros si os arrepentís.» «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, serán tornados como la lana.» Isa_1:18.
Estos versículos nos enseñan, en segundo lugar, que las cosas más pequeñas e insignificantes son ocasión muchas veces de la salvación de un alma. Se nos dice que Zaqueo quería ver a Jesús para saber quien era; pero que no podía por ser pequeño de estatura. La curiosidad, y nada más que la curiosidad, parece haber sido lo que lo movió, y una vez que experimentó el deseo, se resolvió a satisfacerlo. Con ese fin corrió hacia el camino y se subió en un árbol. En cuanto sobre semejantes acontecimientos le es dado penetrar al hombre, ese acto fue el que inició su nueva vida. Nuestro Señor se detuvo debajo del árbol y le dijo: «Desciende; porque hoy es menester que pose en tu casa.» Desde ese momento Zaqueo experimentó un cambio radical. Por la mañana se había levantado incrédulo, por la noche se acostó cristiano.
