Notemos, por otra parte, cuan pública fue la entrada de nuestro Señor en Jerusalén. Se nos dice que entró montado en un pollino, como un rey cuando regresa a la capital de su reino o un vencedor que vuelve en triunfo a su patria. En el pasaje se refiere, además, que al acercarse a la ciudad lo rodeó una multitud de sus discípulos que regocijándose comenzó a alabar a Dios a gran voz. Este episodio es de una naturaleza bien distinta del resto de la vida de nuestra Señor. él, por lo general, procuraba evadirse de la observación pública, se retiraba al desierto y encargaba a los que sanaba que no contasen a nadie lo acontecido. En la ocasión de que tratamos, deja a un lado la reserva y parece deseoso de que todos perciban y noten con cuidado todo lo que hace.
Á primera vista no es fácil descubrir las razones que tuviera nuestro Señor para adoptar semejante línea de conducta; pero, después de que se haya reflexionado un poco sobre el asunto, la dificultad desaparecerá. El sabía que ya se acercaba el día en que había de morir en la cruz por los pecadores. Su obra como Profeta, en lo que tenia relación a su misión terrenal, había terminado. Mas todavía le faltaba llevar a cabo la obra de ofrecerse a sí mismo como sacrificio expiatorio y como sustituto de los pecadores. Antes de que esa obra fuese cumplida quería llamar hacia sí la atención de los judíos. El Cordero de Dios iba a ser inmolado: bueno era, por tanto, que todos los Israelitas dirigiesen los ojos hacia él. No era posible que un acontecimiento de tan alta significación tuviese lugar en lo oculto.
Démosle gracias al Todopoderoso de que la muerte de nuestro Señor Jesucristo fuese un acontecimiento tan público y notorio. Si hubiera sido apedreado de repente en un motín, o degollado secretamente en una prisión, como Juan el Bautista, no habrían faltado judíos y gentiles incrédulos que hubieran negado del todo la muerte del Hijo de Dios. Dios en su sabiduría dirigió los acontecimientos de tal manera que no hubiese lugar a tal negación. Por diversos que sean los dictámenes de los hombres acerca de los efectos expiatorios de la muerte del Redentor, sobre su muerte misma, como acontecimiento histórico, no hay duda alguna. a vista de todos entró Jesús en Jerusalén pocos días antes de su muerte; a vista de todos anduvo por las calles de la ciudad y pronunció palabras edificantes hasta el día en que fue traicionado.
Públicamente fue conducido ante los sumos sacerdotes y ante Pilatos, y fue condenado; en público también lo llevaron al Calvario y lo clavaron en la cruz. Su muerte fue el acontecimiento más público de su historia acá en la tierra; y esa muerte fue la vida del mundo. Joh_6:51.
Terminemos este pasaje con la consoladora reflexión de que el gozo que sintieron los discípulos de Jesucristo a su entrada en Jerusalén es nada comparado con el que todos los creyentes experimentarán cuando él aparezca otra vez revestido de gloria y majestad. El primero tuvo pronto fin y se tornó en lágrimas de amargura: el segundo será sempiterno. El primer gozo fue a menudo interrumpido por la irrisión de encarnizados enemigos: el segundo no estará expuesto a tales interrupciones. Ni una palabra se dirá contra el Rey cuando se presente otra vez en el trono de su gloria. «Ante El se hincará toda rodilla y toda lengua confesará que El es el Señor..
Lucas 19:41-48
En estos versículos se revela, en primer lugar, cuan grande es la ternura y compasión de Cristo para con los pecadores. Se nos dice que cuando el Salvador se acercó a Jerusalén por última vez, contempló la ciudad y lloró sobre ella. él sabía bien cual era el carácter de los habitantes de Jerusalén. Su crueldad, su hipocresía, su obstinación, su preocupación en contra de la verdad no le eran desconocidas. También sabía cual seria su conducta para con él. La sentencia injusta, el acto de ponerlo en manos de los gentiles, sus sufrimientos, su crucifixión, todo estaba ante su mente. Y, sin embargo de todo esto se compadeció de Jerusalén. «Viendo la ciudad lloró sobre ella..
Estamos gravemente equivocados si creemos que Jesús vela solo sobre los creyentes. él se interesa en la suerte de todos.
Tiene un corazón tan tierno que puede bien apiadarse de la humanidad entera. Se compadece del hombre que continúa en su maldad así como tiene afecto especial hacer las ovejas que oyen su voz y le siguen; no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan.
Se nos da a entender en este pasaje, en segundo lugar, que hay una ignorancia en materias religiosos que es pecaminosa y reprensible. Nuestro Señor anunció desgracias a Jerusalén «por cuanto no conoció el tiempo de su visitación.» Habiendo podido conocer que ya se habían llegado los días del Mesías y que Jesús Nazareno era ese Mesías, prefirió ignorarlo todo.
Su pueblo cerró los ojos ante los presagios de la época. Por eso, un juicio terrible vendría sobre ella.
El principio que así sentó nuestro Señor es de suma importancia, pues enseña claramente que no toda ignorancia es disculpable, y que, ante los ojos de Dios, es una falta muy grave no percibir la verdad cuando ha habido oportunidad para ello. Hasta cierto punto somos responsables por nuestros conocimientos, y si por indolencia, o a causa de nuestras preocupaciones, permanecemos en la ignorancia, esa falta nos acarreará la miseria eterna.
