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Lucas 19: El huésped del que todos necesitaban

(iii) Fue una declaración deliberada de su derecho al trono, en cumplimiento de la profecía de Zec_9:9 . Pero, hasta en este acto, Jesús subrayó el carácter del Rey que pretendía ser. El asno no era en Palestina la acémila humilde de otros países, sino un animal noble. Los reyes iban a caballo a la guerra; cuando iban en son de paz usaban el asno. Al escoger su montura, Jesús se ofrecía como rey de amor y de paz, y no como el héroe militar y conquistador que la gente esperaba.

(iv) Fue la última invitación. Jesús vino, como si dijéramos, con los brazos abiertos, como diciendo: «¿Me queréis ahora aceptar como vuestro Rey?» Antes de que el odio de los hombres le tragara totalmente, una vez más los confrontó con la invitación del amor.

Lucas 19:41-48

LA PIEDAD Y LA IRA DE JESÚS

Lucas 19:41-48

Cuando Jesús llegó cerca de Jerusalén y empezó a verla, rompió en sollozos por ella, clamando:

-¡Ah, si por lo menos este día tan especial para ti reconocieras lo que se te ofrece para tu paz! Pero ahora te está oculto su significado. Te sobrevendrán días en los que tus enemigos te rodearán con sus máquinas de guerra, y te sitiarán, y te apretarán por todas partes hasta derribarte a tierra con tus hijos en tu interior hasta no dejar en ti piedra sobre piedra; y todo esto porque no te diste cuenta cuando Dios vino a visitarte.

Después entró en el templo, y se puso a echar a todos los que estaban allí vendiendo y comprando, y les dijo:

-¡Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en «una guarida de bandidos»!

A partir de entonces Jesús estaba enseñando en el templo todos los días. Los jefes de los sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo hacían todo lo posible para matarle; pero no encontraban motivo, porque toda la gente estaba pendiente de sus palabras.

En este pasaje hay tres incidentes diferentes:

(i) Está el llanto de Jesús por Jerusalén. Al descender el monte de los Olivos se tiene una magnífica vista panorámica de Jerusalén. Cuando Jesús llegó a un recodo del camino, se detuvo, y lloró por Jerusalén. Sabía lo que le iba a suceder a Él y a la ciudad. Los judíos se estaban embarcando en la carrera de maniobras e intrigas políticas que acabó en la destrucción de Jerusalén el año 70 d C., cuando la ciudad quedó tan devastada que se pasó un arado de lado a lado. La tragedia consistió en que, si hubieran renunciado a sus sueños de grandeza política y hubieran aceptado el yugo manso y humilde de Cristo, aquella desgracia nacional no había sucedido.

Las lágrimas de Jesús son las de Dios cuando ve el dolor y el sufrimiento innecesario que los hombres se echan encima cuando se rebelan estúpidamente contra su voluntad.

(ii) Está la limpieza del templo. El relato de Lucas está muy resumido; el de Mateo es más extenso (21:12-13). ¿Por qué Jesús, que era la misma encarnación del amor, actuó con tal violencia con los cambistas y los que vendían animales en los atrios del templo?

Primero, vamos a considerar a los cambistas. Todo judío varón tenía que pagar un tributo anual de medio siclo al templo, lo que equivalía al salario de dos días de un obrero. Un mes antes de la Pascua se instalaban puestos en todas las ciudades y aldeas donde se podía pagar; pero la mayor parte la pagaban los peregrinos en Jerusalén cuando venían a la fiesta. En Palestina circulaban varios tipos de moneda -griego, romano, tirio, sirio, egipcio-, y todos eran válidos para los usos ordinarios; pero el tributo del templo se tenía que pagar, o en los medios siclos del santuario, o en los siclos galileos ordinarios. Y ahí es donde entraban los cambistas: para cambiar otras monedas del mismo valor exactamente cobraban una ma›á, digamos que una peseta; pero, si había que dar cambio, se cobraba otra ma›á más. Se ha calculado que estos cambistas sacaban una ganancia de unos dos millones al año, lo que era un robo y un abuso para los pobres fieles, que eran los que siempre salían perdiendo.

Segundo, los que vendían animales. Casi todas las visitas al templo se hacían para ofrecer un sacrificio. Las víctimas se podían comprar fuera a precios razonables; pero las autoridades del templo habían puesto inspectores que comprobaran que las víctimas no tenían mancha ni defecto. Por tanto, ¡era más seguro comprar los animales en los puestos oficiales del templo! Pero había veces en que un par de palomas costaba quince veces más que en la calle. Aquí también se abusaba de los pobres peregrinos de una forma que era realmente un robo legal. Además, estos puestos se conocían como «las tiendas de Anás», y eran propiedad de la familia del sumo sacerdote. Por eso, cuando detuvieron a Jesús le llevaron primeramente a Anás Joh_18:13 ), que estaría encantado de vengarse del que había desafiado y atentado contra su malvado monopolio. Jesús desplegó aquella violencia porque aquel tráfico se estaba usando para explotar a los pobres indefensos. No es que el comprar y vender manchaba la dignidad y la solemnidad del culto; sino que, además, la casa de Dios se usaba para explotar a los adoradores. Jesús también se inflamaba al contemplar aquellos flagrantes atentados a la justicia social.

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