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Lucas 19: El huésped del que todos necesitaban

(iv) La parábola concluye con una de las leyes inexorables de la vida: «Al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará lo poco que tenga.» Si practicamos algún deporte, y seguimos entrenándonos, iremos dominándolo cada vez más; pero, si dejamos de practicarlo, perderemos las habilidades que tuviéramos. Si disciplinamos y entrenamos nuestros cuerpos, los tendremos más capaces y fuertes; si hacemos lo contrario, perderemos la agilidad y la fuerza que tuviéramos. Si se nos da bien una asignatura o un arte y nos aplicamos a su estudio, se nos abrirán sus secretos y cada vez disfrutaremos y podremos utilizar más de sus riquezas; pero, si no nos aplicamos, perderemos hasta la habilidad que teníamos al principio.

No hay tal cosa como plantarse en la vida cristiana: o avanzamos, o vamos para atrás; o recibimos más, o perdemos lo que teníamos.

LA ENTRADA DEL REY

Lucas 19:28-40

Después de decir estas cosas, Jesús se adelantó en el camino de subida a Jerusalén. Y sucedió cuando llegaron al monte que se llama de los Olivos cerca de Betfagé y de Betania, que Jesús mandó por delante a dos discípulos suyos con estas instrucciones:

-Dirigíos a la aldea de enfrente y, a la entrada, encontraréis citado un borriquillo que todavía no ha montado nadie. Lo desatáis, y os lo traéis. Y si os pregunta alguien que por qué lo estáis haciendo, le decís: «Porque el Señor lo necesita.»

Los que mandó Jesús fueron y lo encontraron todo como les había dicho Jesús. Cuando estaban desatando el borriquillo, les preguntaron los dueños:

-¿Por qué estáis desatando el borriquillo?

-Porque el Señor lo necesita -contestaron.

Y se lo trajeron a Jesús, y pusieron sus mantos encima del borriquillo, y ayudaron a Jesús a montar. Y cuando echó a andar alfombraron con sus mantos el camino por donde había de pasar.

Cuando llegaron cerca del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos no pudieron ya contener la alegría, y se pusieron a dar voces alabando a Dios por todos los acontecimientos maravillosos que habían presenciado; y gritaban:

-¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y gloria en las Alturas!

Algunos fariseos que iban entre la gente le dijeron a Jesús:

-¡Maestro, diles a tus discípulos que se contengan!

-¡Os aseguro -les contestó Jesús—, que si ellos se callan gritarán las piedras!

De Jerusalén a Jericó no hay más que 28 kilómetros, así es que Jesús ya estaba llegando a la meta. Jerusalén, el final del viaje, estaba ahí delante. Los profetas, cuando las palabras no producían efecto, cuando la gente se resistía a recibir o a aceptar el mensaje, recurrían a algún gesto dramático para que nadie dejara de enterarse. Tenemos ejemplos de tales acciones dramáticas en 1Ki_11:29-31 ; Jer_11:1-11 ; Jer_27:1-11 ; Eze_4:1-3 ; S:1-4. Algo así era lo que Jesús se proponía hacer entonces: entrar en Jerusalén cabalgando de una manera que le hiciera comprender a todo el mundo que Él era el Mesías, el Rey Ungido por Dios. Tenemos que fijarnos en algunos detalles de la entrada de Jesús en Jerusalén.

Nos da la impresión de que aquella no fue una acción improvisada, sino algo cuidadosamente preparado. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Lo más seguro es que ya hubiera llegado a un acuerdo con los dueños del borriquillo. «Porque el Señor lo necesita» era la consigna convenida de antemano.

(ii) Fue un gesto de glorioso desafío y de valor superlativo. Ya entonces los líderes judíos le habían puesto precio a su cabeza (Joh_11:57 ). Habría sido natural que, si Jesús tenía que ir a Jerusalén, entrara de incógnito y secretamente; pero lo hizo de una manera que le colocó en el centro de atención de toda la ciudad. Es algo sobrecogedor el pensar en un hombre a cuya cabeza se había puesto precio, un proscrito, cabalgando a cara descubierta en la capital de forma que todos pudieran verle y saber que estaba allí. Es imposible exagerar el valor de Jesús.

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