Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Lucas 22: Y satanás entró en Judas

Si queremos consuelo en la aflicción procuremos emplear ese remedio. Que el primer amigo a quien acudamos sea Dios; que la primera súplica que llagamos sea dirigida al trono de la gracia. Ningún pesar debe estorbárnoslo; ninguna desgracia debe enmudecernos. Si más no podemos decir, exclamemos a lo menos: «Violencia padezco, confórtame.» Isa_38:14.

En estos versículos percibimos, en segundo lugar, qué especie de oraciones debe el creyente hacer a Dios en tiempo de angustia. En este caso también nuestro Señor presenta un modelo a su pueblo. Se nos refiere que dijo: «Padre, si quieres, pasa esta copa de mí; empero no se haga mi voluntad, mas la tuya.» Y tengamos presente que el que así se expresó reunía en una sola persona dos naturalezas distintas: una divina y otra humana. Cuando pidió que no se hiciera su voluntad, se refirió a su voluntad como hombre.

Las palabras que, en el caso a que aludimos, usó nuestro Señor, nos dan a conocer con exactitud el giro que han de tomar las oraciones del creyente cuando esté atribulado. a semejanza de Jesús, debe sin reserva expresar a su Padre celestial sus deseos y sus necesidades; pero también como El, en todo lo que haga, debe someterse completamente a la voluntad de su celestial. Necesario es que recuerde que puede haber sabías, aunque ocultas, razones para que sea afligido.

La resignación es una de las más bellas virtudes que enaltecen el carácter del cristiano. El hijo de Dios debe practicarla en todo tiempo si desea ser como Jesús; pero jamás es tan necesaria como en las horas de duelo, y nunca es tan bella como cuando el creyente, postrado de rodillas, implora a Dios le conceda alivio en su dolor. Aquel ha dado grandes pasos hacia adelante en el camino de la religión que puede decir antes de apurar el cáliz de la amargura: «No se haga mi voluntad, mas la tuya..

Estos versículos nos presentan, en tercer lugar, una prueba de la gravedad extraordinaria del pecado. Se percibe esto en las agonías de Cristo, en el sudor de sangre, en todos sus misteriosos sufrimientos de cuerpo y alma que se nos describen en el pasaje citado. Acaso el que lea la Biblia superficialmente no comprenda esto; sin embargo, no por eso es menos cierto.

¿Cómo se explican las agonías profundas que nuestro Señor experimentó en el jardín? ¿Como esa angustia y esos sufrimientos intensos? ¿Cómo, sino que fueron causados por los pecados que iba a expiar, por los pecados de un mundo infiel? Sí, fue el enorme peso de la maldad del género humano lo que hizo al Hijo de Dios sudar gotas de sangre, y fue eso lo que le hizo dar gemidos y derramar lágrimas. La causa de la agonía de Cristo fue, pues, el pecado del hombre. Heb_5:7.

¿Queremos percibir tal como es en sí la gravedad de nuestras culpas? ¿Queremos odiar el pecado implacablemente? ¿Queremos formarnos una ligera idea de las penas eternas? ¿Queremos saber hasta que punto Cristo puede compadecerse de los que se encuentren en angustias? Traigamos a la memoria la sublime escena de Getsemaní.

Estos versículos nos presentan, por último, un ejemplo que demuestra cuan débiles son los hombres, aun los más justos.

Se nos dice que mientras el Señor estaba en su agonía, sus discípulos dormían. A pesar de que Jesús les había mandado expresamente que orasen y los había prevenido contra la tentación, la carne venció al espíritu.

Pasajes como estos son sumamente instructivos, y nos persuaden a ser humildes. Cuando aun los apóstoles se condujeron de esta manera, el cristiano debe estar alerta, no sea que de repente caiga en tentación. También nos hacen conformar con la muerte, y desear la glorificación del cuerpo, pues solo será cuando eso suceda que podremos servir á› Dios día y noche sin sentir cansancio.

Lucas 22:47-53

Advirtamos, en primer lugar, que hechos los más atroces suelen cometerse bajo el disfraz de amor hacia Cristo. Cuando el traidor Judas guió a los adversarios de nuestro Señor para que lo aprehendiesen, lo traicionó con «un beso.» Fingió afecto y veneración en el instante mismo en que iba a entregar a su Maestro en manos de sus enemigos más encarnizados.

Desgraciadamente, Judas ha tenido muchos imitadores. Las páginas de la historia registran crímenes horribles cometidos bajo el manto de la religión. Muy a menudo se ha invocado el nombre de Dios para justificar persecuciones, actos de traición y delitos de todo género. Jezabel, estando para dar muerte a Naboth, ordenó que se proclamase un ayuno, y que testigos falsos lo acusasen de haber blasfemado contra Dios y contra el rey. El Conde de Montfort, hallándose a la cabeza de una cruzada contra los albigenses, mandó que estos fuesen asesinados y saqueados en nombre y obsequio de la iglesia de Cristo. La inquisición española, que martirizaba a los herejes y los despojaba de sus bienes, justificaba esos hechos de barbarie con protestas de celo por la verdad divina.

Tal conducta es odiosa a los ojos del Eterno. Obrar en perjuicio de la causa de la religión bajo cualesquiera circunstancias es un gran pecado, más hacerlo en tanto que fingimos buenas intenciones, es uno de los crímenes más negros.

Estos versículos nos dejan comprender, además, que pelear por Jesucristo por unos momentos es mucho mas hacedero que someterse a pasar trabajos y a ser aprisionado por amor suyo. Cuéntasenos que cuando los enemigos de nuestro Señor se acercaron a él, uno de los discípulos «hirió al criado del sumo sacerdote, y le quitó la oreja derecha.» Y sin embargo, el celo de ese discípulo fue solo pasajero. Bien pronto le faltó el valor: el temor a los hombres se apoderó de él, y cuando nuestro Señor fue aprendido y conducido a la ciudad, ninguno de sus adeptos lo acompañaba. El discípulo que poco había desenvainado la espada con tanto entusiasmo, abandonó a su Maestro y huyó.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar