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Lucas 22: Y satanás entró en Judas

Si profesamos servir a Jesucristo, precavámonos de semejante pecado. Los males que ha causado a la iglesia son incalculables. Tengamos presente constantemente la regla dada a los Filipenses «En humildad de espíritu, estimándoos inferiores los unos a loa otros.» Juan Bautista nos ha ofrecido un ejemplo que debiéramos imitar, cuando dijo respecto de nuestro Señor: «A el conviene crecer; mas a mí decrecer.» Phi_2:3; Joh_3:30.

Notemos, en segundo lugar, lo que el Señor dijo acerca de la verdadera grandeza cristiana. El manifestó a sus discípulos que lo que el mundo llamaba grandeza era el señorío y la potestad. «Mas vosotros,» dijo, «no así: antes el que es mayor entre vosotros, sea como el más mozo; y el que precede, como el que sirve.» Y con firmó este principio de una manera enérgica con su propio ejemplo. «Yo soy entre vosotros como el que sirve..

Prestar algún servicio en la iglesia de Dios; estar listo para hacer con humildad cualquiera cosa y ayudar en cualquiera obra buena; tener voluntad para cumplir cualquiera deber, por bajo que sea, y llenar cualquier destino, aun el más desagradable, si de este modo se puede promover la felicidad y pureza de los hombres–he aquí lo que constituye la grandeza cristiana. En la falange de Cristo el héroe no es el hombre de alto rango, el que posee títulos, dignidades y carruajes, y sale seguido do un magnífico séquito. Lo es el que se afana por el bien ajeno más que por el suyo propio; el que es bondadoso, afable y atento con todos; el que siempre está pronto a socorrer a los demás, y a alegrarse cuando ellos se alegran, y llorar cuando ellos lloran; el que se esfuerza y se desvela por disminuir el vicio y la desdicha humana, por consolar a los afligidos, por proteger a los desamparados, instruir a los que no saben y auxiliar a los necesitados. He ahí el hombre que es verdaderamente grande a los ojos de Dios. Bien puede el mundo hacer burla de sus esfuerzos, y dudar de la sinceridad de sus motivos; mas mientras el mundo ríe, Dios aprueba.

Aspiremos a la grandeza de esta especie si deseamos ser siervos de Cristo. Cuidemos de atender a las necesidades de un mundo pecador. Loado sea Dios que la grandeza que Jesucristo nos ha recomendado está al alcance de todo el mundo. No todos los hombres poseen erudición, talentos o dinero; mas todos pueden prestar su contingente, ya de un modo, ya de otro, para aliviar las necesidades de los demás.

Notemos, en tercer lugar, el encomio que nuestro Señor hizo de sus discípulos. El les dijo a estos: « Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones.» Hay algo muy notable en estas palabras. No ignoramos las debilidades y flaquezas de que fueron frecuentemente culpables los discípulos. Jesús los había amonestado muchas veces por su ignorancia y falta de f é; y en la época a que nos referimos El sabía bien que dentro de pocas horas lo iban a abandonar.

Sin embargo, el misericordioso Salvador se detuvo a tomar en consideración uno de sus buenos rasgos de conducta, y llamó hacia él la atención de toda la iglesia. Los discípulos, a despecho de todas sus faltas, habían sido fieles a su Maestro. Aunque habían incurrido en errores, su lealtad había permanecido firme.

Si somos verdaderos creyentes estemos seguros de que Cristo considera más bien nuestras buenas cualidades que nuestras faltas, que se compadece de nosotros por nuestras debilidades, y que no nos juzgará como merezcan nuestros pecados. No podemos amarlo con demasiado ardor. Puede suceder que cometamos muchos errores; que nos falten conocimientos, valor y fe; que caigamos muchas veces en tentación; empero hay una acción laudable que no está jamás fuera de nuestro alcance, es a saber: amar a nuestro Señor Jesucristo de todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. Feliz el que puede decir como Pedro: «Señor, tú sabes que te amo..

Notemos, por último, la gloriosa promesa que Cristo hace a sus discípulos. El les dice: «Yo pues ordeno un reino como mi Padre me lo ordenó a mí; para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino; y os sentéis sobre tronos juzgando a las doce tribus de Israel..

Estas que fueron las palabras de despedida que nuestro Señor pronunció ante su pequeño rebaño, contienen valiosas promesas. El sabía bien que después de trascurridas algunas horas, la misión que había venido a cumplir sobre la tierra llegaría a su término. Tal vez nosotros no comprendamos de un todo el significado de esas promesas; bástanos saber que nuestro Señor prometió a los once fieles discípulos honor, gloria y recompensas que serian en gran manera superiores a todo lo que ellos habían hecho por él meditemos sobre esta última y consoladora idea al terminar la consideración de este pasaje.

Lucas 22:31-38

Estos versículos nos enseñan qué enemigo tan encarnizado de los creyentes es el demonio. El Señor dijo: «Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.» Ese enemigo estaba cerca del rebaño de Cristo aunque los apóstoles no lo vieran. Estaba ansiando labrar su eterna ruina aunque ellos no lo sabían. Así como el lobo anhela la sangre del cordero, el demonio desea la destrucción de las almas.

La personalidad, la actividad y el poder del demonio son asuetos sobre los cuales los cristianos no meditan tanto como debieran. Satanás fue quien trajo el pecado al mundo tentando a Eva. El es el ser que dice en un pasaje del libro de Job que viene «de rodear la tierra, y de andar por ella.» Es a él a quien el Señor llama «príncipe de este mundo,»homicida y mentiroso. A él es a quien Pedro compara a «un león rugiente que busca a alguno para devorarlo.» A él es a quien Juan llama «el acusador de los hermanos.» Es él quien está siempre causando males en la iglesia do Cristo, arrebatando la buena semilla del corazón de los que oyen la palabra, sembrando cizaña en medio del trigo, sugiriendo falsas doctrinas, y fomentando contiendas. El mundo sirve de lazo al creyente, y la carne le es onerosa; pero ningún enemigo tiene tan peligroso como ese adversario infatigable, mañoso e invisible que se llama Satanás.

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