La lección que tenemos a la vista es sumamente instructiva. Sufrir resignadamente por amor de Cristo es mucho más difícil que trabajar activamente en su causa. Los cruzados serán siempre más numerosos que los mártires. El que trabaja en la causa de Cristo puede ser impulsado por incentivos ilícitos; mas el que sufre rara vez es animado por otro móvil que la gracia de Dios. Cuando Pedro desnudó la espada e hirió al soldado, no hizo tanto por la causa de su divino Maestro como cuando, habiendo sido llevado cautivo ante el concilio, dijo con calma: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído.» Actos 4: 20.
Finalmente, estos versículos nos hacen comprender que el tiempo durante el cual se permite que triunfe el mal ha sido fijado y limitado por Dios. Nuestro Señor dijo a sus enemigos: «Esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas..
La soberanía que Dios ejerce sobre todo lo que se hace en la tierra es absoluta y perfecta. Los malos tienen las manos atadas hasta tanto que les permite obrar: nada pueden hacer sin su permiso. Mas esto no es todo: no pueden mover las manos, ni por un instante, después que Dios les mande permanecer quietos. Los judíos no pudieron matar a nuestro Señor sino cuando hubo llegado la hora; y tampoco pudieron impedir su vivificación cuando fue declarado Hijo de Dios, con poder, por la resurrección de los muertos. Rom. 1-4.
Y según nos lo refiere la historia, así ha sucedido con los creyentes en todos los siglos. Han sido cruelmente oprimidos y perseguidos; pero Dios no ha permitido que el poder de sus enemigos prevaleciese por siempre. El triunfo de estos jamás ha sido completo: han tenido su hora; pero nada más. Después de la persecución de Esteban tuvo lugar la conversión de S.
Pablo; después del martirio de Juan Huss, se verificó la reforma en Alemania; después de la persecución dirigida por María se estableció el protestantismo en Inglaterra. A la noche más larga sucede siempre el día; al invierno más riguroso sigue la primavera; y después de las más prolongadas borrascas, el cielo se despeja y ostenta su bello azul.
Consolémonos, pues, con las palabras de nuestro Señor en lo que dicen relación a nuestro porvenir y al de la iglesia. La hora de prueba, por penosa que sea, tendrá su término. Aun en medio de las mayores angustias podemos decir: «La noche ya pasa, y el día va llegando.» Rom_13:12.
Lucas 22:54-62
Los versículos arriba trascritos describen la caída de Pedro. Pasaje es este que hiere profundamente el corazón del hombre; pero que al mismo tiempo es para el verdadero cristiano sumamente instructivo. La caída de Pedro ha servido de escarmiento a la iglesia, y tal vez ha evitado la perdición de millares de almas. Por otra parte, este pasaje suministra una prueba bastante convincente de que la Biblia ha sido inspirada, y de que el Cristianismo ha emanado de Dios. Si la religión cristiana hubiera sido una mera invención de hombres no inspirados, sus primeros historiadores no nos hubieran referido que uno de los apóstoles había negado tres veces a su Maestro.
La historia de la caída de Pedro nos enseña, en primer lugar, que el descenso que termina en el pecado es a veces muy gradual.
Los evangelistas han marcado con cuidado los varios pasos que Pedro dio hacia el abismo en el que se precipitó. El primero fue la confianza inconsiderada en sus propios méritos. ¡El había dicho que aunque todos los demás hombres negaran a Jesucristo, él nunca lo haría; y que estaba pronto a seguir a su Maestro hasta la prisión y la muerte misma! El segundo paso consistió en que dejó de hacer sus oraciones. Cuando su Maestro le dijo que orase no fuese que cayera en tentación, se dejó vencer del cansancio y se durmió. El tercer paso fue su vacilación. Cuando la cohorte vino a aprehender a Cristo, el peleó primero, luego huyó, después regresó y mas tarde siguió a su Maestro de lejos. El cuarto consistió en asociarse con mala compañía. Habiendo ido a la casa del sumo sacerdote se sentó con los criados junto al fuego, e hizo esfuerzos por ocultar a estos su religión, y vio y oyó cosas malas. El quinto y último paso fue el resultado natural de los otros cuatro. Cuando se le acusó de ser discípulo de Jesús se sobrecogió de terror, y se sumergió en el error mucho más que antes, negando a su Maestro tres veces.
Guardémonos de cualquiera cosa, por pequeña que sea, que pueda resultar en un desliz. No sabemos a donde vendremos a parar, si dejamos el camino real señalado por Dios.
El cristiano que, en disculpa de algún vicio o mal hábito a que es adicto, dice que dicho vicio o hábito es insignificante, se halla en peligro inminente, pues está sembrando en su pecho semillas que brotarán algún día y producirán acerbos frutos.
La historia de la caída de Pedro nos enseña, en segundo lugar, hasta qué punto puede llegar el desliz de un cristiano.
Para percibir esto con claridad es preciso hacer un examen detenido de las circunstancias en que Pedro cayó. Había gozado de grandes privilegios espirituales: había acabado de recibir la cena del Señor; había acabado de oír ese admirable discurso que se registra en los capítulos 14, 15 y 16 de S. Juan; había sido avisado del peligro que lo amenazaba; había protestado enérgicamente que estaba listo para cualquier cosa que le sucediese; y sin embargo de todo esto negó a su Maestro, y varias veces, aunque mediaron intervalos en que pudo reflexionar.
