Aun los hombres más buenos y más piadosos son débiles y están expuestos a errar. Cuando leemos acerca de la caída de Noé, de Lot, y de Pedro, solo leemos lo que nos pudiera acontecer a nosotros mismos. No seamos presuntuosos. No nos formemos ideas demasiado elevadas de nuestra fuerza de carácter; antes bien que nuestra oración sea que «nos humillemos para andar con Dios..
La historia de la caída de Pedro nos enseña, en tercer lugar, que la misericordia de Jesucristo es infinita.
Un hecho que solo se registra en el Evangelio de S. Lucas nos lo enseña de una manera la más completa. Cuéntasenos que, cuando Pedro negó a Cristo por tercera vez, y el gallo cantó, «vuelto el Señor, miró a Pedro.» Esas palabras son muy conmovedoras. Rodeado de crueles enemigos que lo escarnecían, esperando como esperaba ser víctima de ultrajes sin cuento, de una sentencia injusta y de una muerte dolorosa, el misericordioso Jesús pensó en su pobre y extraviado discípulo. Esa mirada tuvo una significación profunda: fue un sermón que Pedro no pudo olvidar jamás.
El amor de Jesucristo hacia su pueblo es inagotable. No puede comparársele con el amor del hombre o de la mujer.
Excede a cualquiera otro amor como el brillante resplandor del sol a la pálida luz de un cirio. Ningún mortal, por mucho que se haya sumergido en el pecado, debe perder las esperanzas, si está pronto a arrepentirse y a acudir a Cristo. Si Jesús tuvo un corazón tan misericordioso cuando se hallaba en el pretorio, no hay razón alguna para temer que no tenga el mismo corazón ahora que se halla a la diestra de Dios Padre.
La historia de la caída de Pedro nos enseña, en tercer lugar, cuánto pesar causa el pecado a los creyentes tan luego como descubren su error.
Cuando Pedro se acordó de las palabras de nuestro Señor y percibió cuan mal había obrado, «salió y lloró amargamente.» Por experiencia aprendió cuan ciertas son aquellas palabras de Jeremías: «Cuan malo y amargo es dejar a tu Jehová, tu Dios.» Jer_2:13. Y aquellas de Salomón: «De sus caminos será harto el apartado de razón.» Pro_14:14. Y a semejanza de Job pudo haber dicho: «Yo me condeno a mí mismo y me arrepiento en polvo y ceniza..
Un pesar de esta naturaleza acompaña siempre el verdadero arrepentimiento. En esto consiste la diferencia que existe entre el «arrepentimiento que salva» y el vano remordimiento. Este hace al hombre desgraciado como sucedió con Judas Iscariote; mas eso es todo: no lo encamina hacia Dios. El arrepentimiento ablanda el corazón, despierta la conciencia, mueve al hombre a allegarse al trono de su Padre celestial. Cuando el que no se ha convertido de todo corazón cae, no se vuelve a levantar; mas, cuando el creyente peca, siempre concluye por sentirse contrito y humillado y por hacer enmienda de vida.
Aleccionados por lo acontecido a Pedro, velemos y oremos para que no caigamos en tentación. Más, si por desgracia caemos, estemos seguros de que hay esperanza para nosotros como la había para él. No olvidemos, sin embargo, que en tal caso es necesario que nos arrepintamos como él se arrepintió, pues de otra manera no obtendremos la salvación.
Lucas 22:63-70
Notemos, en primer lugar, en estos versículos, qué tratamiento tan ignominioso recibió nuestro Señor de manos de sus enemigos. Se nos refiere que los hombres que lo custodiaban «se burlaron de El,» «le cubrieron los ojos» y «le hirieron el rostro.» No se contentaron con reducir a prisión a un hombre inocente y caritativo. Hicieron más: a la tropelía añadieron el baldón.
Una conducta como esta pone de manifiesto que la naturaleza humana adolece de una corrupción extrema. Los excesos de barbarie a que llegan algunas veces los hombres no convertidos y la cruel satisfacción con que hollan bajo sus plantas lo más santo y más puro, justifican aquella aguda expresión de un teólogo, a saber: que el hombre que no posee la gracia de Dios es mitad fiera y mitad demonio. No ama a Dios ni a persona alguna que lleve impresa en su corazón la imagen de Dios. «El ánimo carnal es enemistad contra Dios.» No podemos formarnos ni la más remota idea de lo que vendría a ser del mundo si Dios no pusiese un dique al mal. No es exageración decir que si los hombres no convertidos pudieran hacer lo que quisieran, el mundo se encontraría muy luego en un infierno.
La resignación imperturbable de nuestro Señor a los insultos que quedan descritos, manifiesta cuan profundo era su amor hacia los pecadores. Si hubiera querido, en un instante habría podido poner fin a la insolencia de sus enemigos. El que con una palabra podía expeler los espíritus inmundos, pudo haber convocado legiones de ángeles y aniquilado a sus adversarios. Pero El había resuelto llevar a cabo la obra que vino a ejecutar sobre la tierra. Se había propuesto libar el amargo cáliz del sufrimiento expiatorio, a fin de salvar a los pecadores, y «habiéndole sido propuesto gozo, menospreció la vergüenza,» y apuró el cáliz hasta las heces. Heb.12:2.
